Algunas personas dicen que desearían poder conocer su futuro. Son sinceras; de verdad quisieran. Pero esto no sería una bendición. Es mejor que no sepamos. Oscurecería y entristecería nuestras vidas si desde el principio supiéramos todas las pruebas y dolores que habremos de tener. Este fue uno de los elementos peculiares de la vida de Cristo: él sabía lo que tenía por delante. La cruz proyectó su sombra sobre el pesebre donde durmió su primer sueño. Este conocimiento previo hizo su vida más triste de lo que habría sido si hubiera seguido sin darse cuenta de lo que le aguardaba.
Es una de las misericordias de nuestra vida que no sepamos lo que nos ha de llegar. En los años por abrirse puede estar aguardándonos pruebas, decepciones y pérdidas. Ninguno de nosotros sabe qué capítulos de dolor serán aún escritos antes de que termine la historia de nuestra vida. ¿Sería una bendición si hoy se levantara el velo, mostrándonoslo todo, hasta el final, lo que será doloroso o triste?
Hay personas ancianas ya muy avanzadas en el viaje de la vida. Han tenido muchos cuidados y pruebas. Los amigos les han fallado. Se les han llevado hijos. Han tenido luchas y dificultades. Han soportado enfermedades y pérdidas. No han encontrado lo que esperaban encontrar en la vida. ¿Y si hubieran sabido todo esto, si lo hubieran visto todo desde algún lugar elevado cuando partieron en su juventud soleada; habría sido para ellos una bendición? ¿Habría hecho su vida más feliz, más rica, mejor? No; habría echado sobre ella un tinte de tristeza. Habría quitado de ella mucho de aquel entusiasmo e interés que les han servido de inspiración a lo largo de todos sus años.
Si un hombre hubiera sabido, por ejemplo, que después de toda su fatiga, dolor, lucha y abnegación, una cierta gran empresa habría de fracasar, no la habría comenzado. Sin embargo, quizá ese mismo trabajo de años, aunque al final resultara en vano, ha sido la más rica bendición de su vida. Despertó las energías de su alma. Desarrolló su fuerza. Le enseñó lecciones de diligencia, paciencia, valor y esperanza. Edificó en él una virilidad espléndida. El mero resultado terrenal de nuestro trabajo en este mundo no es sino medio para un fin más alto y más noble, y es de poca importancia en comparación con lo que nuestro trabajo hace en nosotros. Pero si un hombre hubiera sabido de antemano que nada permanente saldría de toda su fatiga, economía y abnegación, habría dicho: "Bien puedo tomar un camino fácil. ¿De qué sirve trabajar como un esclavo durante cuarenta o cincuenta años, para tener al final solo cansancio y las manos vacías?" Sin saber, sin embargo, que sus esfuerzos fracasarían al fin, esperando que tuvieran éxito, vivió con earnestad, laboriosamente, entregando toda su alma a ellos. Su trabajo fracasó, pero él no fracasó. No hay resultado material que mostrar a otros de ningún logro, pero hay resultados imperecederos en el hombre mismo: en la vida, en el carácter, en la virilidad; resultados mucho más nobles que los más nobles que podría haber alcanzado en meras formas materiales. Fue mejor que no supiera que todo habría de fracasar, pues si lo hubiera sabido, habría perdido todo este bien.
Las personas dicen a veces, en horas de gran dolor, que desean no haber conocido nunca al amigo que acaban de perder. La amistad fue profunda, rica y tierna. Absorbía toda la vida. Traía el más dulce gozo. Llenaba el corazón durante años preciosos. Fue fiel hasta el fin. No hubo mancha en su memoria. Ninguna falsedad empañó jamás su nobleza. Pero precisamente porque la amistad había sido tan pura, tan rica, tan tierna, tan desinteresada, tan satisfactoria, su pérdida al fin fue un dolor tan abrumador que pareció como si hubiera sido mejor no haberla tenido jamás.
Nuestros gozos más profundos y nuestros pesares más amargos crecen en el mismo tallo. Amar implica siempre sufrir, tarde o temprano, para uno u otro de los amigos, pues tiene que llegar alguna vez la separación. Uno debe ser tomado y el otro dejado. Uno debe seguir solo desde una tumba recién hecha, con la cabeza inclinada y el corazón entumecido de frío.
Si supiéramos que esta profunda angustia y soledad ha de ser nuestra en algún momento, podríamos sentir la tentación de decir: "Es mejor pasar los años sin la bendición del amor tierno que tomar en mi vida este gozo solo para perderlo allá, y luego seguir adelante sin él, más solo y más desolado por haberlo tenido tanto tiempo."
Pero hacer esto sería perder una rica bendición y un gran bien. Podría en cierto sentido ser más fácil para nosotros no tener nunca amigos. Podría ahorrarnos el dolor y la sensación de pérdida cuando nos son quitados. Pero mientras tanto nos perderíamos todo lo que las amistades ricas y puras traen a nuestra vida. El amor nos bendice con bendiciones indecibles. Nos salva de nosotros mismos. Nos inspira para una vida noble. Transforma nuestra naturaleza apagada y la transfigura. Ninguna profundidad de dolor que pueda seguir a la pérdida del compañerismo podría contrarrestar la bendición de una amistad santa dada a nosotros aun por unos pocos años. Tennyson dice con toda verdad:
"Es mejor haber amado y perdido
que no haber amado jamás."
Haber sabido del dolor y la soledad, y haber cerrado el corazón contra la amistad por temor a su pérdida, habría sido despojar a la vida de su mejor bendición. Ni siquiera el duelo es un precio demasiado alto a pagar por el amor. La bendición del amor perdura aun cuando el ser amado se ha ido. Su influencia es permanente. La obra que realiza se fijó en la propia sustancia del alma y permanece para siempre. Su impresión es imborrable. Tennyson dice de nuevo:
"Dios nos da el amor; algo que amar
nos conduce; pero cuando el amor ha crecido
hasta su madurez, aquello de que se nutrió
cae, y el amor queda solo."
Así que es mejor que no sepamos el final de las historias de amistad desde el principio, no sea que nos privemos de la bendición y el bien del amor.
Es mejor también que no sepamos el momento de nuestra muerte. Si lo supiéramos, quitaría de nuestra vida uno de los motivos más fuertes para una vida seria y noble.
Si un joven supiera, por ejemplo, que habría de vivir hasta los ochenta años, sentiría una fuerte tentación, siendo la naturaleza humana lo que es, de vivir con holgura, de no darse prisa en comenzar la obra de su vida, de posponer deberes importantes, e incluso de demorar su preparación para la muerte. El hecho de que no sabe cuánto vivirá, de que puede morir aun mañana, de que en realidad solo tiene hoy, y de que debe poner en las horas que velozmente pasan lo mejor que pueda hacer, actúa como una presión constante sobre él en todo deber. No se atreve a holgazanear, o algo quedará omitido que debió hacerse, y el fin puede hallarlo con sus tareas inconclusas.
Si, por el contrario, un joven muriera a los treinta, aunque lo haría sumamente serio si fuera un hombre de corazón verdadero y ansioso por llenar sus breves días de vida noble, tendería a excluir de su plan de vida todo aquello que no pudiera esperar terminar antes del fin. Sin saber, sin embargo, cuántos años pueda vivir, que posiblemente tenga hasta la vejez para trabajar, comienza muchas cosas que requerirán decenas de años para completarse. No las termina, pero las inicia. Planta árboles que darán fruto mucho después de que él haya ido a su tumba.
Y, después de todo, ninguno de nosotros termina realmente nada en nuestra corta vida. Solo comenzamos cosas, y luego las dejamos para que otros las tomen y las continúen. Es mejor, por tanto, que trabajemos como para la vida más larga, aunque nuestros días sean pocos. De ahí que sea mejor que no sepamos el tiempo que hemos de vivir. Mantiene en nuestro corazón todo el tiempo el elemento de expectativa y esperanza, pues podemos llegar a vivir hasta los ochenta. Al mismo tiempo ejerce sobre nosotros de modo permanente la presión de la urgencia y la prisa, pues cualquier día puede ser el último.
No saber lo que tenemos por delante nos enseña a confiar en Dios. Si pudiéramos ver todos nuestros caminos abiertos de antemano y supiéramos con exactitud lo que viene, qué tentaciones, qué asperidades por recorrer, qué cargas pesadas por llevar, qué enemigos por enfrentar, qué deberes por cumplir, nos volveríamos autosuficientes, intentaríamos dirigir nuestra propia vida y no sentiríamos la necesidad de la guía, la ayuda, el refugio y la sabiduría de Dios. Una de las bendiciones de no saber es que debemos andar por fe; y nada podría ser mejor que esto. La autosuficiencia es la perdición de la vida cristiana. Es por fe que somos salvos, y por fe que debemos andar.
Una joven madre sostiene entre las suyas las manitas de su bebé. Sabe que en ellas plegado está el enredo del destino de la vida. Sabe que debe enseñar a esas manos a cumplir los deberes de la vida. Un profundo sentido de responsabilidad y temor llena su corazón mientras sostiene estas manitas entre las suyas y estampa apasionados besos sobre ellas.
"¿Cómo edificarán, estas manitas?
Sobre las arenas traicioneras y movedizas,
o donde la roca eterna se alza?
¿Y modelarán con fuerza y verdad
la obra que habrán de hacer?
¡Queridas manitas, si yo supiera!
¡Pudiera ver el velado destino
tras tu puerta cerrada y oculta!"
Así anhela y clama el corazón de la madre mientras sostiene las manitas de su hijo entre las suyas. Pero es mejor que ella no sepa lo que será la vida de su hijo. Es mejor que esto quede enteramente en las manos de Dios.
Su parte es solo ser fiel en la formación de su hijo. Debe guiar sus piececitos por caminos verdaderos y santos. Debe llenar su mente de pensamientos y deseos puros, y despertar en su alma todo anhelar hacia el cielo. Todo lo demás debe encomendárselo a Dios y dejarlo con él. Eso es mejor que si pudiera saberlo todo y ser ella misma la guía de su hijo. Dios es mejor aun que la mejor, la más sabia y la más amorosa de las madres humanas.
En la vida personal también, así como en la obra por otros, es mejor que confiemos en Dios. El andar por fe es siempre el más seguro y el mejor de todos los caminos de la tierra. Si supiéramos lo que el día nos traería, no podríamos orar por la mañana con tanta confianza como cuando solo sabemos que nuestros tiempos están en las manos de Dios, sin saber lo que serán. No solo hay seguridad en dejarlo todo así en las manos divinas; hay también un elemento de interés en movernos siempre entre sorpresas, escenas nuevas, experiencias nuevas y circunstancias nuevas. Podemos decir:
"Quizás él esté esperando
hasta que lleguen mis pies
algún don de tan rara bendición,
algún gozo tan extrañamente dulce
que mis labios solo pueden temblar
con el agradecimiento que no pueden hablar."
"Así sigo, sin saber;
no lo haría aunque pudiera;
prefiero andar en la oscuridad con Dios
que ir solo en la luz;
prefiero andar con él por fe
que andar solo por vista."
"Mi corazón retrocede ante las pruebas
que el futuro pueda revelar;
pero nunca tuve un dolor
que el querido Señor no eligiera;
así que devuelvo las lágrimas por venir
con la palabra susurrada: '¡Él sabe!'"
Así, a lo largo de toda nuestra vida terrenal, estamos encerrados con Dios, por así decirlo, en pequeños lugares. Debemos vivir un día a la vez. Las mañanas son pequeñas cumbres desde las cuales podemos mirar hacia el estrecho valle de un solo día. Lo que hay sobre la próxima colina no podemos saberlo. Quizás cuando lleguemos a ella nos revele un hermoso jardín por el cual nuestro camino siga. O quizás nos muestre un valle de sombras o un sendero entre espinas. No importa; solo tenemos a la vista el pequeño valle del día. La tarde es nuestro horizonte. Aquí, en el recinto de este solo día, podemos descansar como en un refugio. Las tempestades y los cuidados del mañana no pueden tocarnos.
Deberíamos estar agradecidos de que la vida nos llegue en estos pequeños fragmentos. Podemos vivir bien un día. Podemos cumplir los deberes de un día. Podemos soportar los dolores de un día. Es una bendición que esto sea todo lo que Dios nos da. Deberíamos agradecer las noches que cortan de nuestra vista nuestros mañanas, de modo que ni siquiera podemos verlos hasta el alba. Los pequeños días, anidados entre las noches como quietos valles entre las colinas, parecen tan seguros y apacibles.
"Te doy gracias, Señor, porque pones
estos horizontes cercanos en mi camino.
Si todo mi viaje pudiera ver,
no habría chances de misterio,
ni dolor velado, ni cambios dulces,
ni sentido reposado de tareas cumplidas.
Te doy gracias por las colinas, la noche,
por toda barrera a mi vista,
por todo giro que ciega mis ojos
al dolor que viene o a la dulce sorpresa;
por todo límite que pones cerca
para hacerme mirar más cerca, más arriba;
por misterios demasiado grandes para conocer,
por todo lo que no me muestras;
sobre mis límites reposa mi corazón;
su seguro horizonte, Señor, eres tú."
Me alegra no tener que conocer el futuro. Me alegra no tener que entender las cosas. Es una experiencia tan reposada poder dejarlo todo en las manos de Dios.
Puede haber tiempos en que nos parezca que si hubiéramos conocido un poco del futuro, eso nos habría ahorrado muchos problemas. Si hubiéramos sabido que este negocio resultaría tan mal, no nos habríamos metido en él. Pero la experiencia nos ha hecho bien, y no podríamos haber tenido la lección sin la experiencia. Si hubiéramos sabido que esta persona era tan deshonesta, no la habríamos tomado como amigo. Pero una de las lecciones de Cristo se aprendió mediante una traición, y esto nos trae a comunión con él en un punto nuevo. Si hubiéramos sabido que cierto viaje nos habría enfermado, no lo habríamos hecho. Pero nuestra enfermedad ha sido una bendición para nosotros. Si hubiéramos sabido que no volveríamos a ver a nuestro amigo, no nos habríamos despedido de él con ánimo airado o impaciente. Pero hemos aprendido la mansedumbre y la consideración a través de nuestro dolor, y nunca olvidaremos la lección. Sin duda, en todos estos casos, hay alguna razón por la que fue mejor que no supiéramos.
No tenemos responsabilidad por los resultados. Nuestro deber es solo ser fieles a nuestra tarea; los resultados pertenecen a Dios. El maquinista en el corazón del gran vapor no sabe adónde la fuerza que él libra impulsará la nave. No es su lugar saberlo. Lo suyo es solo obedecer cada señal, arrancar su máquina, acelerarla, o frenarla, o invertirla, según se le indique. No tiene nada que ver con el rumbo de la nave. No ve ni una pulgada del mar.
No es parte nuestra guiar nuestra vida en este mundo en medio de sus enmarañadas circunstancias. Lo nuestro es solo cumplir nuestro deber. La mano de nuestro Maestro está sobre el timón. Él lo sabe todo; él nos pilota.
Podemos dar gracias a Dios de que no podamos conocer el futuro, y de que no tengamos que conocerlo. Cristo lo sabe; y es mejor ir en la oscuridad con él que ir solos en la luz, eligiendo nuestro propio camino.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Blessedness of Not Knowing
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.