Todos quieren ser felices. Sin embargo, hay una diversidad casi infinita de opiniones acerca de qué es la felicidad, y también acerca de la manera en que puede hallarse. Lo que a una persona le da la satisfacción más completa y plena, no tiene ningún atractivo para otra. Un hombre piadoso contaba a sus amigos que nunca había sido más feliz en su vida que en cierta noche reciente, y luego describía un servicio religioso en el que un pequeño grupo de cristianos devotos se reunió para pasar una hora en oración, lectura de la Biblia, canto de himnos y conversación espiritual. Hay muchos otros para quienes ese servicio habría sido también motivo de gran gozo y profunda alegría. Pero hay quienes no encontrarían ningún placer en una reunión así.
Con frecuencia se oye a la gente hablar con entusiasmo del disfrute de cierto entretenimiento: «Nunca fui tan feliz en mi vida», dice uno con fervor, refiriéndose a una hora de placer entretenido. Y, sin embargo, hay muchas personas excelentes que no habrían hallado el menor grado de gozo en aquel entretenimiento que satisfizo tan plenamente a esa persona. La idea de felicidad de uno es completamente sensible, mientras que otro encuentra placer únicamente en el gozo intelectual. Una niña está dichosamente contenta con su muñeca, y un niño con sus soldaditos de hojalata o con su tren de juguete. La música tiene encantos que cautivan a una persona, mientras que otra, sentada a su lado, no experimenta ni un solo escalofrío de placer.
Platón dice: «La virtud se basta a sí misma para la felicidad.» Pero hay quienes consideran la virtud sumamente aburrida y carente de poder para dar felicidad. Algunos hallan placer en una vida sencilla, mientras que otros exigen continua excitación.
Así, aunque la búsqueda de la felicidad es universal, se emprende por mil caminos diferentes.
Conviene que tengamos un concepto verdadero de la felicidad que deseamos encontrar antes de salir en su busca. Hay varias cosas que pueden darse por sentadas respecto a toda felicidad que sea verdadera y duradera.
Una es que su secreto está en el alma misma, y no en las circunstancias externas. La fuente de la felicidad está dentro, no fuera. No depende de lo que tenemos, sino de lo que somos. No podemos, por tanto, alcanzarla mejorando simplemente nuestras condiciones terrenales. Un hombre puede prosperar en sus negocios, y su humilde morada convertirse en una mansión señorial; su mesa sencilla puede transformarse en un banquete suntuoso, y sus sillas de madera y alfombras raídas pueden dar paso al mobiliario más fino y lujoso. Pero puede no ser más feliz en todo el esplendor de su riqueza que cuando era un hombre pobre.
No podemos alcanzar la felicidad mejorando simplemente nuestra condición terrenal. Construir una casa nueva para una mujer descontenta, llenarla de todas las cosas hermosas y proveer todo lo que ella anhela no la hará contenta y feliz.
Cuando un hombre arde de fiebre pide que se enfríe el aire de su habitación. Quiere que abran las ventanas y suplica que lo abaniquen, pensando que así encontrará alivio. No se da cuenta de que la fiebre está en él mismo y no en la temperatura de su cuarto. Así es como ningún cambio de circunstancias curará nuestro mal; es en nosotros mismos donde existen las causas de la felicidad o de la infelicidad. Si somos desdichados, debemos buscar dentro las razones.
Una mujer ocupada fue a su oftalmólogo, diciéndole que necesitaba que le cambiaran los anteojos. Él la examinó y le dijo que lo que sus ojos necesitaban no eran anteojos nuevos, sino descanso. Muchas personas piensan que, si tan solo tuvieran un conjunto distinto de circunstancias, sus problemas y su infelicidad desaparecerían. Pero lo que realmente necesitan es descanso, quietud interior, la paz de Dios en sus corazones. Si los manantiales interiores de nuestra vida fluyen llenos de gozo, no importa cuáles sean nuestras circunstancias externas, nada podrá perturbar la alegría ni acallar el canto. Al buscar la felicidad, por tanto, debemos mirar nuestra propia condición de corazón y de vida, y no el ambiente en que vivimos.
Otra cosa acerca de la felicidad es que nunca podemos encontrarla buscándola directamente, por sí misma. Cuando sales por la mañana diciendo que vas a ser feliz ese día, haciendo de eso tu primer objetivo, perderás lo que buscas. Semejante búsqueda es completamente egoísta, y el egoísmo nunca produce nada hermoso ni bueno. El que piensa en sí mismo y vive para sí mismo nunca encontrará la felicidad. Solo cuando, en olvido de sí mismo, nos esforzamos por hacer el bien a otros, nuestros corazones hallan alegría. La felicidad debe buscarse únicamente como el fruto de una vida santa que la produce. Siempre se les escapa a quienes la persiguen solo por sí misma, mientras la encuentran quienes caminan por las sendas de la santa obediencia y el servicio.
Se promete recompensa a quienes guardan los mandamientos de Dios y viven una vida santa y útil; pero el que pone la recompensa en primer lugar en su vivir, pensando no en agradar a Dios y ayudar a sus semejantes, sino en ganar una corona, perderá lo que busca. Si queremos obtener la recompensa, no debemos vivir para obtenerla, sino para cumplir nuestro deber. Entonces la recompensa vendrá como resultado de nuestra fidelidad.
Otra cosa acerca de la felicidad es que no la encuentra quien piensa recibirla solo para sí mismo. Debemos buscarla para otros tanto como para nosotros. El hombre que ora solamente: «¡Señor, bendíceme!», sin que su pensamiento y su deseo vayan más allá del estrecho círculo de su propia vida y de sus propios intereses y necesidades, no recibirá respuesta. Su oración es egoísta, y el egoísmo nunca llega a los oídos de Dios. La Oración del Señor nos enseña que en nuestras peticiones debemos incluir a los que nos rodean, a toda la familia de nuestro Padre. Se nos enseña a pedir pan, no solo para nosotros, sino para los demás. La petición no es: «Dame hoy el pan de cada día», sino: «Danos hoy nuestro pan de cada día.» No podemos orar solo por el perdón de nuestros propios pecados, sino que debemos pedir también el perdón de los pecados de otros en la misma súplica.
El que piensa únicamente en su propia felicidad viola la gran ley del amor. No podemos vivir como nos plazca sin tener en cuenta el bien o la comodidad de los demás. No tenemos derecho a ningún disfrute personal que cause daño, molestia o pérdida a otro que va atado con nosotros en el haz de la vida. «El amor no hace mal al prójimo.» Si el placer que disfrutamos causa dolor a los que nos rodean, no nos pertenece legítimamente. El amor siempre piensa en sus vecinos. No busca lo suyo. Es considerado y se olvida de sí mismo. Solo podemos encontrar la verdadera felicidad cuando pensamos en el bien de los demás, aun antes que en el nuestro. No es lo que tenemos nosotros solos lo que nos da gozo, sino lo que compartimos con otros y damos a otros.
Otra cosa acerca de la verdadera felicidad es que nunca podemos encontrarla si la buscamos solo en esta tierra. Hay una felicidad de este mundo que tiene sus manantiales aquí, y hay miles que no miran más alto en su búsqueda. Pero el placer que es solo de este mundo, que deja fuera a Dios, a Jesucristo, a su Palabra, a las Bienaventuranzas, a la ley del amor y al cielo, no es la felicidad que al fin satisfará a ningún alma inmortal. No llega lo bastante alto. No satisfaría a un ángel.
La razón nos dice entonces que la felicidad que un ser inmortal debe buscar ha de ser ella misma inmortal. De lo contrario, durará solo un breve tramo del camino, mientras permanezcamos en el mundo presente. No podremos llevarla con nosotros a la otra vida. No basta con un gozo que solo pueda alegrarnos por tan corto trecho del camino y que luego nos falle, dejándonos recorrer todas las demás largas e inmortales millas sin su luz ni su consuelo.
Podemos encontrar felicidad duradera solo dejando entrar a Dios en nuestras vidas, amándolo, confiando en Él y haciendo su voluntad en lugar de la nuestra, y tomando su camino en vez del nuestro en la vida. Estamos hechos para Dios y solo podemos hallar gozo verdadero en Dios y en su servicio. Si somos de Cristo, nuestro verdadero hogar está en el cielo, y no podemos encontrar en este mundo lo que satisfaga nuestros anhelos inmortales. ¡Debemos beber de los arroyos que tienen su fuente en el cielo si queremos hallar una felicidad plena y duradera!
Dios quiere que seamos felices. Nos ha puesto en un mundo lleno de belleza. Ha provisto para nosotros incontables fuentes de gozo, poniendo a nuestro alcance las alegrías de la amistad humana, las inspiraciones y los consuelos del hogar, y las bendiciones de la gracia divina. Aun en las circunstancias más dolorosas, Él nos hace posible el gozo. Si todo bien terrenal nos fuera quitado, Él nos trae la paz del cielo. Si tan solo aprendemos a hacer la voluntad de Dios día tras día, sin cuestionar, sin reservas, con alegría, hallaremos el gozo que buscamos. Entonces nuestras vidas serán cánticos y dejarán bendiciones inmortales en el mundo.
Vale la pena ser un pájaro que canta en este mundo en el que hay tantos sonidos ásperos y discordantes y tantos lamentos de dolor. Vale aún más la pena ser un cristiano que canta, lanzando notas de alegría en medio de las tristezas de la tierra. Para muchos de nosotros no es fácil estar siempre alegres. Pero debemos aprender tan bien nuestra lección que, ya sea en medio de circunstancias de tristeza o de gozo, el canto nunca se interrumpa. Como el petirrojo, debemos entrenarnos para cantar incluso bajo la lluvia. Tendremos nuestras tristezas, y pueden ser muy amargas. Tendremos que soportar el dolor una y otra vez, y puede ser muy difícil de soportar. Tendremos nuestros pesares y nuestras pérdidas, y a menudo nuestros corazones parecerán quebrarse. Pero a través de todas estas experiencias, la luz del gozo seguirá brillando en nosotros, y nuestra paz no será quebrantada. La felicidad que Dios da es parte de la vida del cielo, y en ese hogar la luz nunca se apaga, y allí no hay noche.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Quest for Happiness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.