La vida de Cristo para cada día

La casa que se sostiene cuando llega la tormenta

Cristo concluye su sermón con la parábola de los dos constructores, mostrando que la seguridad del alma depende del fundamento invisible del corazón humillado y santificado.

Cristo terminó su sermón del monte con advertencias sobre el peligro de una profesión vacía de religión. Primero dio la advertencia en lenguaje claro, diciendo: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos». Luego refirió una parábola sobre el tema. Es la primera de sus parábolas registradas, y se asemeja a la última en este punto: ambas transmiten una tremenda advertencia a los falsos profesantes de religión. En la parábola de los talentos se describe a un siervo inútil, que es echado en las tinieblas de afuera (Mt. 25:30); y en ésta se habla de un constructor insensato que, según podemos creer, fue aplastado bajo los escombros de su propia casa. ¿Por qué Jesús comenzó y terminó su serie de parábolas con advertencias contra el mismo pecado? ¿No fue porque conocía el gran peligro en que estamos de conformarnos con una mera forma de piedad?

No se dice nada sobre la clase de casa que el sabio edificó sobre la roca. Pudo haber sido grande o pequeña, espléndida o humilde, no lo sabemos; pero fue segura. El fundamento era bueno. El fundamento es la parte no vista de una casa, y sin embargo la más importante. Así es en la religión: la parte invisible es la más importante. ¿Cuál es el estado del corazón? Esa es la cuestión más importante. ¿Ha sido humillado delante de Dios? ¿Ha creído en Cristo y sido rociado con su sangre? ¿Ha sido santificado por el Espíritu Santo? Estos son los puntos importantes, y sin embargo son los invisibles. Sólo los verdaderamente convertidos hacen las palabras de Cristo; ellos solos le aman; y no hay obediencia donde no hay amor.

El hombre insensato pudo haber edificado, en algunos aspectos, una casa mejor que el sabio. Los transeúntes quizá la admiraron más; él mismo pudo haberse complacido mucho en ella. Pero tenía una falla dominante: el fundamento era malo. En vez de cavar hondo en la roca sólida, como hizo el sabio, se contentó con un fundamento en la arena. Su casa era insegura; cuanto más alta, mayor sería su caída en el día de la tormenta. Mientras el tiempo permaneció sereno, la casa se sostuvo; pero al fin se levantó la tempestad, y la casa cayó. ¡Qué espantoso estruendo! ¡Qué total ruina! Llega un día en que las aguas grandes probarán todo edificio y demostrarán su solidez. ¡Qué extraño que alguno se imagine seguro porque ha oído el evangelio! Este es uno de los ardides de Satanás: si no puede impedir que oigamos la verdad, trata de persuadirnos para que nos contentemos con oírla; cuando el oír debe siempre ir seguido del orar, y el orar del hacer. Mas, después de todo, no es nuestra propia obediencia la que nos ha de salvar, sino la obediencia de Aquel que llevó el castigo de nuestros pecados sobre la cruz. Si creemos en Jesús, estamos edificados sobre la Roca de los siglos, y podremos soportar la tormenta que destruirá al mundo y todo lo que en él hay.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: to end. The parable of the house on the rock and the house on the sand

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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