CAPÍTULO 9
Vi entonces en mi sueño que el Camino Estrecho conducía en línea recta a través de la Ciudad de la Carnalidad; pues el Príncipe de las Tinieblas, quien, por la extensión de sus dominios, era llamado el Dios de este Mundo, había edificado muchas ciudades y aldeas en las cercanías, con el propósito, si le fuera posible, de seducir a los caminantes hacia Sión. Y esto, en la época del viaje de Peregrino, podía lograrlo con mayor facilidad, pues los muros que antaño se empleaban para separar a los hombres del Camino Ancho de los del Camino Estrecho habían sido en gran parte demolidos. Desde hacía mucho existía entre ellos una enemistad mortal. Pero el vicario del Príncipe de las Tinieblas, la Moda, se había interpuesto como mediador entre las partes contendientes. Ya no se consideraba deshonra, como en tiempos pasados, que un hombre del Camino Ancho figurara ostensiblemente enlistado en las filas de Emanuel. Pero los otros sufrían a causa de su culpable transigencia; pues su trato con los caminantes del Camino Ancho los había llevado a asimilar muchas máximas y principios carnales, y a conformarse a las prácticas de un 'mundo que yace en maldad'.
Vi entonces que el Príncipe de las Tinieblas había erigido su metrópolis cerca del extremo del Valle de Lágrimas; y muchos que habían dado buenas esperanzas de realizar el viaje a Sión, y eso también con el rostro vuelto hacia allá, quedaron enredados en los lazos tendidos para ellos en esta ciudad, y jamás avanzaron un paso más cerca de las Puertas Celestiales.
Las sombras del anochecer comenzaban a caer cuando Peregrino y su compañero se acercaron a sus muros. Aun por la vislumbre que obtuvieron en el crepúsculo, quedaron sobrecogidos por sus dimensiones y su magnificencia. En el centro, coronando las alturas, contemplaron un palacio, con un estandarte real ondeando desde sus torres, y muchas luces brillando en las ventanas de sus salones de banquete. Esta, como Peregrino supo después, era la residencia de Librepensador, un vasallo poderoso del Rey del Camino Ancho, que había sido recompensado con amplios honores por el servicio prestado a su señor. Era custodiado por un portero llamado Mammón, que tenía por oficio exigir la mayor recaudación que pudiera para el Príncipe de las Tinieblas, cuyo servidor era. Los dos caminantes temblaron al hallarse en presencia de este hombre, de rostro áspero y repulsivo. Al intentar pasar, este se les acercó con rudeza y, con voz bronca, exigió el pago del tributo por el Camino del Rey.
—Somos caminantes al Monte Sión —respondió Teófilo—; y el Señor Emanuel, para asegurarnos la entrada allí, ya ha pagado un tributo más costoso de lo que nosotros tenemos para ofrecer. No hemos sido redimidos, ni la Ciudad Celestial ha de comprarse 'con cosas corruptibles, como plata u oro'.
—Si no tenéis dinero de tributo —respondió el otro—, al menos será necesario que dejéis en prenda alguna parte de vuestra armadura, que durante vuestra permanencia en la ciudad solo os estorbará; y os será devuelta a vuestro regreso.
—Regresar no podemos, no nos atrevemos —dijo Peregrino—; tenemos el rostro vuelto hacia Sión; ¡ay de nosotros si volvemos atrás!
Ahora Teófilo parecía inclinado a proseguir una disputa inútil; pero vi que un mensajero manso y modesto hacía señas a Peregrino para que se apartara y la siguiera sin demora. Era evidente que estaban a punto de entrar en la ciudad por la avenida equivocada.
Peregrino, por tanto, retrocedió al punto algunos de sus pasos, y se dirigió, por un sendero estrecho, a una posada junto al muro de la ciudad. Fue conducido al interior por su guía (cuyo nombre era Piedad), quien allí residía con su hermana Devoción. Ellas le ayudaron a pulir su armadura, le limpiaron el polvo de las sandalias y le reabastecieron el saco con algo de comida sencilla. Después, habiéndole advertido de los peligros inminentes con que sería acosado, y exhortado a 'considerar a aquel' que, él mismo peregrino un tiempo en aquella misma ciudad, 'sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo', lo encaminaron por la calle llamada Velad y Orad, hacia la residencia de las Gracias Cristianas, en la puerta opuesta, donde sería de nuevo reanimado y recibiría nuevas instrucciones acerca de su viaje.
Vi entonces que Peregrino avanzaba con denuedo hacia el corazón de la ciudad; y había penetrado un trecho considerable antes de tropezar con seria molestia.
Al poco, sin embargo, los ciudadanos comenzaron a sentirse atraídos por lo singular de su atuendo de viaje. Una multitud lo seguía: unos burlándose, otros escarneciendo; algunos incluso tomando el lodo y la inmundicia de las calles y manchando con ello su armadura. Él intentó primero reconvenirlos; después reprenderlos y amenazarlos. Con la Espada del Espíritu empuñada firmemente en la mano logró parar muchos de los golpes dirigidos contra él; sus piedras y proyectiles rebotaban en el Escudo de la Fe, con el que cubría su cabeza; y sintió no poca consolación cuando su vista cayó en uno de los versos inscritos debajo: 'Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os escogí del mundo, por eso el mundo os aborrece.'
Vi en mi sueño que, antes de haber podido avanzar la mitad de la ciudad, la noche lo alcanzó. Comenzó a desesperar de poder llegar a la mansión a que le habían dirigido en la posada, y que tenía pensado hacer su lugar de descanso por la noche. Además, la calle ancha y abierta que venía siguiendo se veía ahora envuelta en tortuosos recovecos, y con frecuencia se volvía tan estrecha que le causaba en su ánimo serias aprehensiones de haberse extraviado. Cuando se aventuró a preguntar a los ciudadanos y a solicitar su ayuda para recuperar el camino, fue tratado con rudeza e incivilidad; pues las Gracias Cristianas y su residencia eran, para ellos, nombres aborrecidos, y a sus visitantes se les trataba invariablemente con descortesía.
Ahora observé que el Señor Emanuel había nombrado Centinelas espirituales, con la Lámpara de la Verdad en sus manos, para guiar los pies de su pueblo en el camino de la paz, y para dirigir a los caminantes errantes que se habían 'salido del camino'. Algunos de estos Centinelas, en efecto, resultaban infieles; algunos no tenían en sí mismos el aceite de la gracia; en consecuencia, sus lámparas ardían con un fulgor débil y enfermizo, y la trompeta que colgaba a su lado daba un sonido incierto. Otros (durante la época en que Peregrino pasó) habían cubierto sus faroles con vidrios pintados y oropel, hasta oscurecer en gran manera la luz pura de la verdad. Otros, sin embargo, se distinguían por su vigilante celo; siempre fieles en sus puestos, 'no callando ni de día ni de noche'. Sus lámparas, por ser propensas a opacarse con el humo de la ciudad, las frotaban constantemente con el betún de la Oración; y cuando alguno de los caminantes hacia Sión, por cansancio, agotamiento o sueño, caía en la calle, oíase a estos fieles embajadores del Señor Emanuel tocar su trompeta de alarma y exclamar: 'Ya es hora de despertar del sueño, pues ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.' Cuando encontraban a los hombres del Camino Estrecho, apresurándose por las calles, a veces los acompañaban un trecho, para susurrar palabras de aliento a sus oídos si los veían desmayados; otras veces los dejaban seguir, con la consigna de paso: '¡TODO ESTÁ BIEN!'
Vi entonces que Peregrino observó a un individuo de mirada macilenta que corría presurosamente hacia uno de estos, y preguntaba con gran angustia de ánimo: '¡Centinela! ¿qué hay de la noche? ¡Centinela! ¿qué hay de la noche?' Su nombre era Indagador Ansioso; había sido despertado de un sueño de seguridad propia por la Trompeta de la Ley, tocada por un centinela llamado Boanerges. Desde aquel momento había estado precipitándose, en estado de agitación, de calle en calle y de centinela en centinela, con la pregunta: '¿Qué debo hacer para ser salvo?'
—¿No has hallado a nadie, pobre hombre —preguntó el individuo a quien ahora tan importunamente se dirigía—; no has hallado a nadie que sosiegue tu pecho atribulado y te dirija al Camino Estrecho que conduce a la vida?
—¡Nadie! ¡nadie! —fue la respuesta—; los centinelas infieles que andan por la ciudad me hallaron; me hirieron, me llagaron. Trataron de sanar mi herida superficialmente, diciendo: '¡Paz! ¡paz! cuando no había paz.' Si tenéis alguna compasión por un alma perdida, decidme qué hora de la noche es; pues comienzo a temer que '¡la noche está ya muy avanzada!' Me pareció, al apresurarme, oír el doblar de la campana de medianoche, que parecía decir, como con voz viva: '¡Demasiado tarde! ¡demasiado tarde!' y los lúgubres guardas que me salieron al paso intercambiaron la misma sombría consigna. Decidme, ¡oh, decidme!, ¿tengo aún espacio para arrepentirme? ¡Centinela! ¿qué hay de la noche? ¡Centinela! ¿qué hay de la noche?
—¡La mañana llega! —fue la respuesta—. Aún no ha llegado, pero llega veloz. Aunque estás en la hora undécima, ¿ves aún cómo la estrella de la Esperanza titila en el cielo? Mas, apresúrate, y sígueme. En verdad la noche está muy avanzada. Aquella campana pronto dará su último repique, proclamando que 'el tiempo ya no será más', y que la hora del arrepentimiento ha huido!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: CHAPTER 9 — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.