La vida de Cristo para cada día

La compasión de Jesús por las multitudes que andan como ovejas sin pastor

Cristo enseña en todo lugar y se conmueve ante las multitudes cansadas y esparcidas. Su corazón nos mueve a orar para que Dios envíe obreros fieles a su mies.

El Señor Jesús fue permitido para enseñar en las sinagogas, pero no se limitó a ellas; tampoco predicó únicamente el día de reposo. Enseñaba en todos los lugares y en todo momento. Ha habido hombres fieles que han imitado de cerca su ejemplo y han proclamado el nombre de su Maestro con un celo incansable. Han sido muy despreciados, pero han convertido a muchos pecadores al Señor, porque la predicación del evangelio es el medio más eficaz para convertir las almas.

Grandes multitudes seguían a Jesús de lugar en lugar. Cuando los veía, se movía a compasión. ¡Qué constantes pruebas encontramos de la ternura de su corazón! No podía ver a la multitud desfalleciente de hambre y cansancio sin sentir compasión por sus cuerpos; tampoco podía considerar su condición espiritual desprovista sin sentir una compasión aún más profunda por sus almas. Le parecían como ovejas sin pastor. Es cierto que había maestros señalados en cada ciudad y aldea; pero esos maestros eran infieles y no apacentaban a las ovejas con el conocimiento de Dios, sino que les descarriaban la mente con falsas interpretaciones de las Escrituras. A tales maestros Jesús no los reconocía como verdaderos pastores, pues solo envenenaban al rebaño.

Luego hizo otra comparación. Comparó al pueblo con un campo de trigo listo para la siega, y declaró que había pocos segadores preparados para recogerlo. Había muchas personas dispuestas a entrar en el reino de Dios, y pocas capaces de guiarlas; por eso encargó a sus discípulos que rogaran al Señor de la mies que enviara obreros al campo. El mundo se halla aún en la misma situación: hay pocos obreros en comparación con el número de personas dispuestas a ser enseñadas. En algunos países, los pueblos han desechado sus ídolos y anhelan y oran por maestros.

Cuando Cristo ascendió a lo alto, dio dones a los hombres. ¿Y cuáles fueron esos dones? Apóstoles, maestros, pastores. No son solo los idólatras ciegos quienes necesitan su instrucción. El Israel de antaño necesitaba maestros que avivasen sus corazones para amar a Dios. Todos nosotros requerimos las exhortaciones de ministros fieles, no sea que nos endurezcamos con el engaño del pecado. Quienes intentan vivir sin la bendición de un buen ministro (cuando pueden obtener uno) sufren mucho a causa del intento: sus almas se enfrían, sus pasos se desvían y, aun en la vejez, a menudo se deslizan al error.

¿Qué dones para pecadores perecederos pueden ser tan grandes como el don de pastores fieles? Para los enfermos en un hospital, ningún beneficio sería tan grande como médicos hábiles. ¿Oramos alguna vez a Dios pidiéndole que levante ministros fieles que apacienten su iglesia? Si sintiéramos la compasión que Jesús sentía por las almas inmortales, oraríamos ferviente y constantemente para que fueran enviados ministros que les mostraran el camino de la salvación. Es Dios solo quien puede enviar obreros fieles; él solo puede hacer a los hombres capaces de enseñar a otros.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: to end. His compassion for the multitude

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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