Esta es la segunda visita de Jesús a Nazaret de la que tenemos noticia después que comenzó su ministerio. En su primera visita había sido tratado vergonzosamente, pues sus compatriotas intentaron despeñarlo desde el cerro; aun así, fue tan perdonador que hizo una segunda visita a la ingrata ciudad. Jesús no renuncia con facilidad a los pecadores a quienes una vez ha favorecido. Aun cuando la primera oferta de misericordia ha sido rechazada, concede otra, y tal vez otra más, porque él es el Dios de la paciencia. Mientras predicaba, surgieron en el corazón del pueblo pensamientos muy despreciativos. Nadie podía negar que había hecho obras poderosas y que hablaba con sabiduría extraordinaria; pero, como recordaban que era el carpintero y como sabían que sus parientes eran gente pobre y conocida, no querían escuchar sus palabras. ¡Qué ejemplo de la grandeza de la necedad humana nos ofrece su conducta!
Como era entonces, así es ahora; la gente tiende a considerar no tanto lo que se dice, sino quién lo dice. Los siervos de Dios aún son despreciados cuando son pobres y sin letras, y su mensaje es a menudo rechazado por estas razones; pero quienes los desprecian pecan contra sus propias almas. ¡Qué tan necio juzgaríamos a quien, muriendo de sed, rechazara un trago de agua por estar servido en una vasija de barro común! Ningún sediento ha actuado jamás de manera tan absurda; pero muchas almas ignorantes han mostrado una necedad aún mayor. Cuando han sido advertidas con fidelidad por un verdadero creyente, no han hecho caso de sus palabras, porque él no poseía la erudición ni los honores de este mundo. Han dicho: «¿Cómo podría este hombre enseñarme?». Y quizá ese hombre había sido enseñado por Dios. Tales personas seguramente habrían despreciado a su Salvador cuando estuvo en la tierra.
Grande fue la pérdida que los hombres de Nazaret se acarrearon con su conducta. Ni siquiera querían acercarse a Cristo para ser sanados; esa fue la razón por la que Jesús no pudo hacer allí ninguna obra poderosa. Se maravilló de su incredulidad, como en cierta ocasión se había maravillado de la fe del centurión. Los nazarenos abusaron de privilegios singulares. Habían contemplado durante mucho tiempo el ejemplo inmaculado del Hijo de Dios. Habían presenciado las cualidades hermosas que adornaron su infancia y que brillaron cada vez más durante los años de su juventud y su primera edad adulta. ¿Podían abstenerse de amar a un ser de tan perfecta excelencia, cuya excelencia conocían tan bien? Sí. Su fidelidad al reprender el pecado los llevó a odiarlo. El odio produjo desprecio, y el desprecio los confirmó en la incredulidad.
Nunca podremos esperar hallar a un ser humano sin falta como el Señor Jesús; pero todos los cristianos se parecen en algo a su Maestro, y algunos se le parecen más que otros. Puede haber sido nuestro privilegio conocer a algunos santos eminentes. Quizá ya estén en sus tumbas; pero el solo recuerdo de ellos es bendito. Volveremos a encontrarlos en el tribunal de Cristo. Si rechazamos su consejo mientras vivían, atendámoslos ahora que han partido, para no incurrir en la culpa y la desdicha de los hombres de Nazaret.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ's second visit to Nazareth
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.