Poco se relata acerca de los acontecimientos ocurridos mientras los apóstoles estuvieron ausentes de su Señor. Esto, sin embargo, sabemos: Jesús continuó predicando y realizando milagros. Su fama llegó a oídos de Herodes, el gobernante. Puede parecer sorprendente que Herodes no hubiera oído antes hablar de sus milagros; pero los grandes suelen ignorar lo que ocurre a su alrededor entre los pobres, y a veces ni siquiera conocen los nombres de los siervos más eminentes de Dios.
Cuando Herodes oyó hablar de los milagros del Señor, supuso que Juan el Bautista había resucitado; y aunque Juan en vida no había realizado milagros, imaginó que, resucitado de entre los muertos, podría hacer obras poderosas. En medio de todo su esplendor y poder, el impío monarca no podía olvidar a su fiel reprensor. Había silenciado al profeta tiempo atrás encerrándolo en la cárcel; pero no podía silenciar su propia conciencia, que lo acusaba por el asesinato del hombre santo. Si antes de cometerse un pecado se pudiera conocer el estado de ánimo que habría después, muchos temblarían al realizar la obra.
Herodes era un hombre desdichado, pues tenía una conciencia culpable y un corazón impenitente. Sus crímenes eran tan flagrantes y tan presuntuosos que lo atormentaban en su propio palacio. Pero no fueron seguidos de arrepentimiento. Si Herodíades hubiera lamentado de verdad su maldad, habría deseado reconocerla ante aquel a quien él suponía el profeta asesinado. Habría hallado en él al único ser capaz de quitar su culpa y dar paz a su conciencia. Pero cuando por fin vio a Jesús, fue para insultarlo y para vestirlo, justo antes de su crucifixión, con una ropa lujosa que mal sentaba a su cuerpo herido y sangrante.
¿Y por qué pasos descendió Herodes a esta profundidad de depravación? En otro tiempo había escuchado con gusto a Juan el Bautista, había atendido sus palabras y había reformado muchas partes de su conducta. Pero había consentido un pecado predilecto; se había negado a separarse de Herodías, la esposa de su hermano Felipe, y había encarcelado al que reprendía su maldad. Este acto endureció su corazón y lo preparó para crímenes mayores. Mientras el profeta languidecía en una lóbrega prisión, el tirano insensible se daba al placer en su palacio. La elegante danza de Salomé lo indujo a hacer una promesa imprudente. No tenía intención de matar al profeta; quizá pensaba liberarlo algún día de la prisión; en todo caso, era reacio a derramar su sangre. Pero habiendo hecho un juramento, temió que sus invitados lo despreciaran si lo rompía. Temía más su sonrisa burlona que el ceño airado de un Dios ofendido. Pero pronto experimentó que es cosa terrible provocar al Todopoderoso. Aprendemos de la historia que Herodes, con su idolatrada Herodías, fue al fin expulsado de su reino, y que murió en el destierro y el deshonor.
Por un momento pareció que los designios de una mujer maliciosa habían prevalecido contra el fiel siervo de Dios. Pero ¿no fue la muerte temprana un don bienvenido para el santo Bautista? ¿No fue el verdugo un visitante aceptable en su prisión? El mensajero que sacó a José de su mazmorra para llevarlo a la presencia de Faraón no fue tan bienvenido como el verdugo que trasladó a Juan de su prisión a la presencia de su Dios. Él había realizado la obra que le fue encomendada; había anunciado al Salvador venidero a los hombres rebeldes. Los siervos de Dios tienen diversos puestos asignados. Cada uno tiene alguna comisión que cumplir, y cuando se ha ejecutado, es llamado de vuelta. Puede parecer que ha muerto en medio de su obra; pero esto no puede ser realmente así. Dios levantará a otros para continuar sus labores, así como nombró a los apóstoles para seguir predicando aquel evangelio que Juan el Bautista había comenzado a proclamar.
A los discípulos del profeta mártir se les permitió disfrutar la melancólica satisfacción de enterrar su cuerpo decapitado; pues Herodes, que de buena gana habría salvado su vida, no les negó el cuerpo. Debieron de contemplar la muerte temprana, repentina y cruel de su venerado Maestro como un acontecimiento misterioso. Perder a un amigo por la violencia es mucho más amargo que perderlo por enfermedad o accidente, pues es más difícil ver la mano de Dios en la pérdida cuando la crueldad del hombre ha tenido parte en ella. Con el corazón destrozado, estos discípulos afligidos fueron y contaron a Jesús su aflicción.
Él habría podido explicar aquel acontecimiento oscuro y desconcertante. Sabía que Juan había sido quitado del mal venidero y ahorrado la vista de su propia muerte ignominiosa. Pero no sabemos qué dijo para consolar a estos enlutados. Nadie puede simpatizar con los afligidos como el Hijo de Dios. Él vino «para consolar a todos los que lloran». Su simpatía no es solo tierna; es poderosa. No solo se conmueve al sentir nuestras debilidades, sino que puede sostenernos cuando somos tentados. Él puede derramar consuelo en el corazón. Ninguna herida fue sanada jamás de verdad, excepto por su toque. Él declara: «Yo hiero, y yo sano». Aunque la muerte de Juan el Bautista fue su designio, solo Él pudo consolar a los discípulos afligidos. Israel en su angustia acudió a un rey extranjero. Pero ¿obtuvo alivio? Dios dijo: «Mas él no podía sanarte, ni curarte de tu llaga». En cambio, los santos pueden decir: «Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The death of John the Baptist
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.