LA DEIDAD DE CRISTO (parte 1)
«El Verbo era Dios». —Juan 1:1
«Que nadie se acerque a contemplar los pensamientos del gran misterio de la piedad sino con un corazón embelesado. Tú, que eres Espíritu, y por tanto inmaterial e invisible, exponerte a la mirada de ojos terrenos; Tú, que eres un Espíritu infinito, ser envuelto en carne; Tú, Espíritu eterno, todo glorioso, vestir los harapos de la mortalidad humana; Tú, el gran Creador de todas las cosas, llegar a ser criatura; Tú, el Dios Omnipotente, sujetarte a miserable fragilidad e invalidez; ¡oh misterio que supera la plena comprensión incluso de las almas glorificadas! Cesa, cesa, oh curiosidad humana, y donde no puedas comprender, admírate y adora». —Obispo Hall, 1574.
Así habló uno que había plegado sus alas, como ningún otro jamás lo hizo, en «Las hendiduras de la Roca»; quien, como ningún otro antes ni después, había obtenido respuesta a la invocación del gran Himno: «¡Déjame esconderme en Ti!».
Reparado en estas sublimes hendiduras durante tres años privilegiados en la tierra, cubierto y al amparo, por así decirlo, de aquella poderosa Presencia, pudo pronunciar el testimonio, no como prueba de oídas, ni como un árido dogma teológico, sino como una verdad experimental y bienaventurada, recogida del divino labio, mirada y corazón, durante el goce del más estrecho contacto y comunión con su Señor vivo y amoroso: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos, acerca del Verbo de vida. Porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y damos testimonio, y os anunciamos aquella vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos».
La verdad fundamental, cardinal, de toda teología, así expuesta en el prólogo tanto del Evangelio como de las Epístolas del Discípulo Amado, es la suprema Divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Todo otro refugio sería inútil e insuficiente sin esta. En efecto, no es tanto una «hendidura de la Roca» como LA ROCA misma, sobre la que están edificadas la Iglesia del futuro y, con ella, las esperanzas y los anhelos de la humanidad entera. Es la clave del arco. Quítala, y todo el edificio se derrumba. Como dijo Lutero respecto de la justificación, más que nunca es «la doctrina de una iglesia que se sostiene o que cae». Quita la Deidad del árbol de la vida, y cada una de sus hojas se marchita. Quita la Deidad de la Roca, y sus majestuosos lugares de refugio se vuelven hendiduras de arena; deja de ser «Roca de los siglos».
Es apropiado que comencemos los temas que en las páginas siguientes han de ocupar nuestros pensamientos con aquello que da a esa Roca su título más glorioso y distintivo. Hay épocas especiales en la historia de la Iglesia en que verdades que hemos estado acostumbrados a recibir con confianza implícita e inquebrantable son atacadas abiertamente, o se procura despojarlas de sus proporciones y de su fuerza mediante las negaciones encubiertas de una crítica destructiva. Ciertamente, de todas las formas de apostasía y de error, aquella es incomparablemente la mayor que tiende de cualquier modo, ya sea por aserción audaz o por afirmación evasiva, a sacudir y socavar la fe del creyente en la Deidad de su adorable Señor. Temas doctrinales como este pueden no tener el interés de otros. Podemos preferir temas, como varios de los que siguen, que llegan a la conciencia y conmueven los afectos y el corazón. Pero es necesario, sin duda, y también provechoso, remover a veces los escombros, exponer a la vista el gran fundamento del templo cristiano y vindicar la dignidad sin igual de Aquel que para nosotros, como su pueblo, debiera ser, y confiamos que es, «más hermoso que los hijos de los hombres».
¿Qué cosa más sagrada hay en la tierra que defender el nombre y el honor de un amigo amado? Si el valor y la bondad de un padre fueran atacados, su honor puesto en entredicho, ¿quien tenga espíritu de hijo no se apresuraría a rechazar el vil golpe y a tender el escudo de la protección sobre la bondad y el valer injuriados? ¿Qué se dirá cuando se atropella la gloria de Aquel que es mejor que el mejor y el más querido de todos los parientes terrenales? ¿Quién se atreve a callar, cuando el arrianismo y el socinianismo procuran arrancar la corona real de la frente de Emanuel, haciendo que esta misma Biblia (el espejo de su gloria) refleje concepciones humanitarias indignas de su carácter oficial y de su Persona divina? «Si fueran destruidos los fundamentos, ¿qué hará el justo?».
Obedezcamos, pues, el llamado del Profeta y, adoptando sus palabras, «entremos en las hendiduras de la Roca» para contemplar la gloria de la Majestad del Redentor.
«¿Qué pensáis del Cristo?». «¿Quién es este Hijo del hombre?». «Toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es este?». «¿Es Él acaso nada más que el primero de los reflejos del pasado, el primero de los recuerdos, el primero de las biografías, el más perfecto de los ideales humanos? ¿Es Él solamente un ideal, después de todo? ¿Reina tan solo en virtud de una poderosa tradición de pensamiento y sentimiento humano en su favor, que crea y sostiene su trono imaginario? ¿O es una Inteligencia superior a la de los ángeles, sin pecado, investida con poderes judiciales y creativos, pero todavía separada de la inaccesible vida de Dios por ese abismo insondable que separa a la primera de las criaturas del Creador Eterno? ¿Puede Él salvarnos de nuestros pecados? ¿Puede borrar sus manchas y quebrantar su poder? ¿Puede librarnos, en nuestra agonía de muerte, de los terrores de la disolución, y llamarnos a vivir con Él en un mundo más luminoso para siempre?». Así plantea el canónigo Liddon, un hábil escritor, el trascendental problema que ahora habrá de ocupar por un momento nuestra atención.
Sea nuestro empeño acercarnos, con espíritu reverente y sobrio, a los oráculos sagrados, como al gran y único tribunal de apelación, al único árbitro en esta como en todas las demás cuestiones doctrinales. Con el asentimiento, a la par, de un entendimiento ilustrado y de un corazón santificado, estemos dispuestos a suscribir el artículo exhaustivo promulgado primero por los Padres de Nicea, y ahora incorporado durante largos siglos en el credo de la cristiandad: «Creo en un Señor Jesucristo, el Unigénito Hijo de Dios, engendrado de su Padre antes de todos los mundos, Dios de Dios, Luz de Luz, ¡VERDADERO DIOS DE VERDADERO DIOS!».
Comencemos repasando algunas de las declaraciones de nuestro bendito Señor acerca de su divinidad, y veamos luego cómo estas son confirmadas y respaldadas por los escritores inspirados. En otras palabras (aunque usemos la comparación con toda reverencia), escuchemos su propia aseveración divina de pretensiones a la suprema dignidad, y convoquemos luego a testigo tras testigo para corroborarlas. Al hacerlo, hemos de recorrer un terreno ya muchas veces recorrido. Además, debido al tratamiento necesariamente breve e insuficiente que permite nuestro espacio, poco más podemos hacer que citar algunas de las principales pruebas en apoyo de la gran doctrina. ¡Pueda Aquel cuyo oficio divino especial es glorificar al Redentor, tomar de las cosas que son de Cristo y mostrárnoslas!
Escuchemos, primero, uno o dos de los testimonios que Cristo mismo da acerca de su Divinidad. Podemos advertir, sin embargo, que sus propios dichos no constituyen, de ninguna manera, la fuerza del argumento. Por el contrario, si bien por una parte no rehúye una declaración audaz, o una vindicación de sus prerrogativas divinas cuando la ocasión lo exige imperiosamente, hay al mismo tiempo una reticencia marcada y peculiar en la afirmación de sus pretensiones personales. Y esto mismo constituye un testimonio fuerte y directo de la fuerza de las mismas. Tan distinto de un impostor, que habría aprovechado toda ocasión para imponer a gritos sus pretensiones. «Yo no hablo de Mí mismo». «Creedme por las obras».
En el capítulo 8 del Evangelio de Juan, Jesús se dirigía a los judíos en el Tesoro del Templo, y respondía a sus malignas objeciones y a sus prejuicios carnales, mientras ellos se jactaban de su linaje y cuestionaban lo que consideraban su blasfema pretensión de superioridad sobre el gran Padre y fundador de su nación. Él hace el anuncio expreso, no solo de su preexistencia, sino de todo lo que entrañaba la posesión del nombre incommunicable de JEHOVÁ, el nombre divino. «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy». No «yo era», sino «yo soy»: el Grande Increado, cuya vida es la Eternidad, esa Eternidad que comprende un pasado sin fecha, un presente inmutable y un futuro sin límites, viviendo siempre en la sublime conciencia de su propio Ser. De eternidad a eternidad: ¡el mismo!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE DEITY OF CHRIST — Parte 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.