La formación de Moisés tomó ochenta años. Para una gran misión, la preparación debe ser amplia y profunda. Quizá muchos de nosotros haríamos una obra mayor y mejor, y dejaríamos una huella más duradera en el mundo, si dedicáramos más tiempo a prepararnos para la vida.
Moisés recibió la primera parte de su formación en un hogar de esclavos a orillas del Nilo, con su madre como nodriza y maestra. Las madres no saben la oportunidad que dejan pasar cuando permiten que otra persona tenga el cuidado principal de sus hijos. No importa cuán bien preparada sea la niñera o la institutriz, ni cuán fiel, cuán tierna, cuán devota: el niño necesita primero a su madre. Ella tiene algo que ninguna otra mujer puede dar a su hijo. «Dios no podía estar en todas partes, y por eso hizo a las madres», decían los rabinos judíos. Dios llega primero al niño a través de su madre. Ella es, por así decirlo, una nueva encarnación. Su amor es el amor de Dios interpretado de la única manera en que un niño puede entenderlo. Una nodriza puede hacer una obra bendita, pero aun así el niño necesita a su madre, y habrá algo que faltará en su formación si no está la influencia materna.
Sin duda fue una casa sencilla y humilde aquella en la que el niño Moisés fue amamantado y criado. Sus padres eran esclavos. Pero en aquel hogar había amor. Había fe. Había lealtad al Dios de Israel. Había oración. Por pobre que fuera la casa, y por desprovista que estuviera de adornos, era el mejor lugar del mundo para criar a aquel niño.
No sabemos nada de Jocabed, salvo que fue la mujer que Dios había elegido y preparado para ser la madre del hombre que habría de sacar al pueblo de Israel de la esclavitud, instruirlo para la vida nacional, ser su maestro, su legislador y conducirlo a la tierra prometida. Esta fue una de las tareas más colosales jamás confiadas a ser humano alguno. Dios no concede el privilegio de ser la madre de un hombre así a ninguna otra que no sea la mujer más verdadera, fuerte, noble y fiel.
La calidad de la formación que Moisés recibió de su madre se ve en el propio Moisés. Ella lo tuvo en su hogar sólo unos pocos años, y sin embargo grabó en su mente y en su corazón enseñanzas que moldearon toda su vida posterior. Si hubiera recibido tan poca instrucción religiosa en su niñez como la que dan muchas madres cristianas profesantes en nuestros días, ¿habría llegado a ser el hebreo leal que fue? Después de aquellos pocos años junto a su madre, Moisés, hasta los cuarenta, estuvo constantemente bajo influencias egipcias de la mayor fuerza. Fue criado en el palacio del rey como hijo de la hija del faraón. Tuvo maestros egipcios. Sus instructores religiosos eran sacerdotes egipcios. Asistió a las mejores escuelas de Egipto y fue instruido en toda la sabiduría egipcia. Sin duda Moisés, como hijo adoptivo de la princesa, recibió la mejor educación posible. En todos aquellos años, pues, estuvo constantemente bajo influencias egipcias.
Y, sin embargo, nunca llegó a ser un egipcio; nunca olvidó que era hebreo. Su madre había hecho tan bien su obra, que treinta y cinco años de enseñanza e influencia egipcias no pudieron deshacerla. Las madres pueden tomar aliento de este espléndido fruto del trabajo de Jocabed. Que llenen la mente y el corazón de sus hijos con las mejores enseñanzas e influencias, formándolos para amar a Dios sobre todas las cosas y serle fieles y verdaderos a cualquier costo, y entonces poco importarán las influencias posteriores: los hijos permanecerán fieles y verdaderos hasta el fin.
Pero la madre de Moisés no podía dar a su hijo toda la educación que necesitaría para la gran misión que era el plan de Dios para su vida. Ella era sólo una mujer sencilla, sin la cultura de las escuelas. No podía enseñarle a su hijo las artes y las ciencias, las filosofías y la sabiduría de la sociedad, todo lo cual debía conocer para estar listo para su obra como líder y profeta de su pueblo. Fue providencial que el niño quedara bajo el amparo y la influencia de la princesa, donde fue preparado, sin saberlo, de la manera más amplia posible para el gran papel que habría de desempeñar en la forja de la nación hebrea.
Pero la formación de Moisés aún no estaba completa. Aún no estaba listo para su gran obra. Él creía que sí. No sabemos cómo llegó a su mente que habría de ser el libertador de su pueblo. El deseo quizá creció lentamente. En los escasos relatos, sin embargo, nos encontramos de pronto con el hecho de que su corazón ardía con el anhelo de ayudar a su pueblo. «Un día, después que Moisés creció, salió adonde estaba su gente y los observó en su duro trabajo. Vio a un egipcio golpeando a un hebreo, uno de los suyos. Mirando a un lado y otro, y al ver que no había nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena».
Al día siguiente salió de nuevo y procuró reconciliar a dos hebreos que reñían, y fue desafiado: «¿Quién te ha puesto por príncipe y juez sobre nosotros?» Probablemente Moisés esperaba que su pueblo lo aceptara como caudillo y se levantara contra sus crueles amos, pero ellos no estaban preparados. Entonces su intento demostró que él mismo no estaba preparado. Su acto fue valiente, patriótico y caballeroso, pero imprudente. Tuvo que huir de Egipto para escapar de la venganza del rey.
El error que Moisés había cometido al intentar vengar a su pueblo, Dios lo usó, como muchas veces usa nuestros errores, para el avance de su causa. Moisés fue conducido al desierto, donde emprendió la tercera parte de su educación. Durante cuarenta años Dios fue su maestro. Tenía lecciones que aprender que ni su madre ni las universidades podían enseñarle.
Moisés era pastor. Estaba mucho a solas y disponía de abundante tiempo para la reflexión y la meditación tranquilas. Todos necesitamos tiempos de silencio en nuestra vida. Algunas fotografías requieren una larga exposición para fijarse en la placa. Algunas impresiones divinas sólo se reciben a través de experiencias prolongadas. Necesitamos habitar en la presencia de Dios durante años para que la hermosura santa quede fijada en nosotros. Mientras cumplía sus humildes quehaceres, iba madurando para la gran obra que pronto haría. El orgullo, la confianza en sí mismo, la venganza y el carácter iracundo iban muriendo en él. Aprendía aquel dominio propio que le valió, en años posteriores, el honor de ser llamado el hombre más manso.
Un día Moisés tuvo una extraña experiencia. Mientras el viejo pastor conducía sus ovejas por el desierto, se topó de pronto con una zarza envuelta en llamas. Desde la zarza salió una voz divina que lo llamaba a ser el líder de su pueblo: «Ven ahora, pues, y te enviaré a Faraón, para que saques a mi pueblo... de Egipto». Este llamamiento lo sobresaltó. El fuego de su antigua valentía y heroísmo se había reducido a cenizas frías. En su prolongado retiro había perdido su espíritu, su entusiasmo, su confianza. Así que su respuesta al llamado fue: «¿Quién soy yo para ir a Faraón, y para sacar de Egipto a los hijos de Israel?»
Podemos contemplar la persistencia de Moisés en buscar excusarse de su misión. Primero alegó su falta de idoneidad: «¿Quién soy yo para hacer esto?» Conocía Egipto, su poder, la terquedad del rey y cómo éste apretaría su dominio sobre los hebreos y se negaría a dejarlos ir. ¿Qué podía él, el viejo pastor, sin un ejército, sin influencia, contra el rey altivo y soberbio? El Señor respondió a esta objeción con una sola frase: «¡Ciertamente yo estaré contigo!» Moisés no debía hacer esta tarea colosal él solo: Dios y Moisés la harían juntos. Moisés no podía hacerla por sí mismo; ningún hombre, ningún grupo o combinación de hombres podría. Sin embargo, Dios no la haría solo; necesitaba un hombre con quien y a través de quien obrar. Y cuando Dios dice a cualquier hombre, al más frágil y al más débil: «¡Ciertamente yo estaré contigo!», no hay nada que ese hombre no pueda hacer.
Cuando murió un gran conquistador, algunos hombres que habían oído de sus hazañas vinieron y pidieron ver la espada que había combatido tan maravillosamente. Se asombraron al verla, al notar cuán pequeña era. «¿Cómo pudo esta hoja común ganar tales victorias?», preguntaron. «Ah», fue la respuesta, «ustedes no han visto el brazo que la empuñó». Cuando leemos los logros de Moisés después de sus ochenta años, y sabemos que en toda su obra no tuvo nada en la mano sino un cayado de pastor, debemos recordar que el secreto del poder no estaba en el cayado, sino en la mano que lo sostenía.
Pero Moisés tenía otra dificultad que presentar. Su pueblo no aceptaría su liderazgo. Recordaba cómo, cuarenta años antes, cuando él quería ser su líder, le habían exigido: «¿Quién te ha puesto por príncipe y juez sobre nosotros?» Ahora le pedirían sus credenciales. ¿Qué les diría? «Diles», dijo el Señor, «YO SOY me ha enviado a vosotros». Diles: «Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Israel, me ha enviado a vosotros». Entonces le dio también ciertas señales que serían sus credenciales, demostrando al pueblo que había sido enviado divinamente para sacarlos de la esclavitud.
Aun así Moisés dudaba. Otro elemento de ineptitud se presentó a su mente: «¡Oh Señor! Yo nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes ni desde que tú hablas a tu siervo; soy tardo en el habla y torpe de lengua». Quizá tenía algún impedimento en el habla, o quizá sólo le faltaba fluidez. Cualquiera que fuera el defecto, le parecía que lo inhabilitaba para la misión a la que Dios lo llamaba. Sería necesario hablar bien para impresionar a Faraón. Pero el Señor respondió con prontitud a esta excusa, diciéndole: «¿Quién dio al hombre su boca? ¿Quién lo hace mudo o sordo? ¿Quién le da vista o lo hace ciego? ¿No soy yo, el Señor? Ahora ve; yo te ayudaré a hablar y te enseñaré lo que has de decir».
Dios es capaz de usar las cosas débiles de la vida, aun las faltas y las imperfecciones de los hombres. Cuando llama a alguien a una misión, conoce los dones y talentos necesarios para cumplirla, y siempre los concede. Si requiere elocuencia, la elocuencia será dada. Pero puede que un hombre honre mejor a Dios con un habla vacilante y torpe que si estuviera dotado de elocuencia humana. Al menos estamos seguros de que Dios no cometerá error alguno al capacitar a sus siervos para la misión a la que los llama.
Así fueron respondidas las dificultades que Moisés presentó, pero aun así se resistía a aceptar el llamamiento divino. Ya no tenía más excusas concretas, pero estalló desalentado, impacientemente, casi con despecho: «¡Oh Señor! ¡Envía, te ruego, a cualquier otro!» Esto fue poco menos que una negativa final y absoluta. «Envía a cualquier otro, a quien te plazca enviar. Pero yo no puedo ir».
Dios nunca se enoja como los hombres. Sin embargo, el relato dice que la ira de Jehová se encendió contra Moisés por su negativa continua y persistente a ir al encargo que se le había ordenado, a hacer aquello para lo cual había nacido y sido formado. La respuesta del Señor fue: «¿Qué hay de tu hermano Aarón? Yo sé que él puede hablar bien. Tú le hablarás y pondrás en su boca las palabras; yo os ayudaré a ambos a hablar y os enseñaré lo que habéis de hacer. Él hablará al pueblo por ti, y será como si él fuera tu boca y como si tú fueras Dios para él».
Hay dos interpretaciones del sentido de esta referencia a Aarón. Una es que muestra la paciencia y la bondad de Dios al atender el temor y la timidez de Moisés. Moisés era consciente de su falta de habilidad para hablar, y Aarón, su hermano elocuente, le fue prometido para suplir esa carencia. Esto fue un alivio grato para un hombre que se sentía incapaz de la tarea asignada.
La otra interpretación es que la venida de Aarón a la compañía de su hermano, para compartir su obra, fue una clara merma de parte de la misión y del honor de Moisés. Si hubiera aceptado con gusto el llamamiento de Dios, habría disfrutado de un honor no compartido con otro. Pero, tal como sucedió, perdió parte de la gloria de su misión.
Hay algo doloroso en esta parte de la historia de Moisés. Por grande que fue, uno de los más grandes que jamás haya vivido, en este punto de su carrera aparece bajo una luz triste. Su vacilación al aceptar su llamamiento es una mancha en su nombre. Cuando Dios nos llama a cualquier tarea o deber, pequeño o grande, debemos aceptarlo sin cuestionamientos, sin temor ni duda. Todo lo que debemos hacer, podemos hacerlo, con la ayuda de Dios. Dios sabe lo que hace cuando traza una misión para alguien. Nunca nos dará una tarea que no podamos realizar, ni nos enviará a una misión sin capacitarnos para ella.
Para cada uno de nosotros, Dios tiene un plan de vida, algo para lo cual nos hizo. Moisés casi no llega a ocupar su lugar en el propósito divino. Supongamos que hubiera seguido dando razones por las que no podía aceptar su llamamiento, y que Dios lo hubiera tomado por su palabra y elegido a otro hombre en su lugar: consideremos lo que habría significado para Moisés. Habría vuelto a su vida de pastor en el desierto por los años que le restaran, y nunca más se habría oído de él en la historia. Tal como son las cosas, ningún otro hombre en los anales del mundo tiene mayor honor ni influencia que Moisés.
¿No podemos temer que muchos cristianos repitan la triste historia de Moisés al negarse a hacer la obra para la cual nacieron? Cuando has sido llamado a algún servicio, alguna misión o alguna gran tarea, ¿nunca has dicho: «¿Quién soy yo para hacer esta obra?» Cuando te han convocado a una obra importante, ¿nunca has dicho: «¡No tengo capacidad para esto!» ¿No hay hombres que en su juventud oyeron un llamado al ministerio cristiano, pero que se excusaron por alguna razón? En vez de pasar su vida en la obra gloriosa de ganar almas, edificar a los hombres en el carácter cristiano y consolar al afligido, están entregando su vida, con todas sus buenas capacidades, a algún pequeño negocio secular: el cuidado de una finca, un empleo de oficinista, una agencia.
Estás llamado a hacer obra cristiana en alguna forma concreta: en la escuela dominical, en la iglesia. ¿Aceptas de inmediato el llamamiento? ¿O das razones o excusas de por qué no puedes hacerlo? ¿Sabes qué honor estás rechazando? No puede haber excusa alguna que nos libere de aquello que es nuestro deber. Podemos pensar sinceramente que no podemos hacerlo, pero si es nuestro deber, podemos hacerlo, con la ayuda de Dios.
Hay aquí otra sugerencia: hablar no es la única manera de hacer la obra de Dios. Moisés era un orador torpe; Aarón era un hablador fluido, el hombre que el pueblo escuchaba con gusto. Moisés quedaba a menudo a la sombra de la brillante elocuencia de su hermano. Pero Moisés era el hombre del poder.
Hay en toda comunidad hombres que hablan de modo admirable, pero cuyas palabras son sólo metal que resuena, sin dejar impresión alguna, porque les falta el carácter. Y hay otros hombres que carecen de elocuencia, pero cuyas palabras sencillas y llanas tienen un poder sin medida, por la vida verdadera y digna de quienes las pronuncian. Que no se desanimen los de lengua lenta y tartamuda. Ved a qué esplendor, poder y honor llegó Moisés a pesar de su habla defectuosa. Aarón podía hablar mejor, pero ¿no valía un Moisés por cien Aarones?
Al estudiar la historia de Moisés, debe impresionarnos hondamente el hecho de que su vida, con toda su grandeza y sus portentosos logros, estuvo peligrosamente cerca de ser un fracaso. Nos estremece pensar que con una sola palabra más de vacilación y de resistencia, habría podido quedarse con sus ovejas en el desierto, y el honor de la gran misión para la cual nació y fue formado habría sido dado a otro.
En Baalbek, en una cantera, yace un gran bloque, tallado y labrado, casi desprendido y listo para ser transportado, labrado y esculpido para su lugar en el Templo del Sol. Y en el templo hay un espacio vacío. La columna destinada a ese lugar vacío yace en la cantera, lista para su sitio, pero sin llenarlo nunca. Moisés estuvo a punto de ser un fracaso semejante.
¿Y no hay muchas vidas, hechas para lugares de gran influencia y honor, que yacen entre los desiertos y las ruinas del mundo? La única manera de hacer gloriosa la propia vida es aceptar el propósito divino y planear conforme a él, y sin vacilación, excusa ni retraimiento, obedecer el llamamiento de Dios y hacer la voluntad de Dios.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Call of Moses
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.