La Transfiguración fue uno de los acontecimientos más extraordinarios en la vida de nuestro Señor. El objeto, en cuanto a los discípulos se refiere, probablemente fue restaurar su confianza en el mesianismo de Cristo, después del golpe devastador que había sufrido su fe al escuchar de Su propia boca el anuncio de que Él debía sufrir y ser muerto. En cuanto a Jesús mismo, el objeto de la Transfiguración parece haber sido fortalecerlo y animarlo al emprender Su último viaje hacia la cruz.
Para acompañarlo y ser testigos en esta ocasión, Jesús tuvo a Pedro, Jacobo y Juan. Estos eran Sus amigos especiales, admitidos por Él a Su amistad más íntima. En varias ocasiones lo encontramos escogiendo a los mismos tres para una comunión especial. Debió haber algo en estos tres hombres que los hacía aptos para el lugar de honor al que fueron admitidos. Sabemos que las personas más santas se acercan más a Cristo. Sabemos, también, que la fe siempre nos acerca, mientras que la duda y la incredulidad nos separan de Él. La pureza de corazón nos acerca: los puros de corazón verán a Dios. La semejanza con Cristo nos hace aptos para Su amistad personal. Jesús dijo que quienes sirven con mayor olvido de sí mismos son los primeros en Su reino. El egoísmo nos mantiene lejos de Jesús. Sin duda, el ojo de Cristo vio en los tres discípulos favorecidos las razones por las cuales estaban mejor capacitados para ser testigos de Su gloria aquella noche. No fue un accidente que estos, y no otros tres hombres, estuvieran con su Señor en aquella ocasión. Es un consuelo especial descubrir que Pedro, aun siendo un discípulo tan defectuoso, fue uno de los admitidos a la comunión más íntima con su Maestro aquella noche.
Lucas nos dice que Jesús estaba ocupado en oración cuando se produjo el maravilloso cambio en Su apariencia. De esto aprendemos que la oración tiene un poder transformador. La comunión con Dios hace bajar el cielo a nuestra vida. Tennyson dijo: "La oración es para mí el levantamiento de la compuerta entre mí y el Infinito". La oración deja entrar la propia vida de Dios en nuestras almas. Mientras oramos, ¡estamos en la misma presencia de Dios! Cuando Moisés pasó cuarenta días en el monte a solas con Dios, y luego regresó a la llanura, el pueblo vio el resplandor deslumbrante del cielo en su rostro. Cuando Esteban miraba al cielo, hacia la gloria de Dios revelada ahora en santa visión, hasta sus enemigos vieron su rostro como si hubiera sido el rostro de un ángel. Solo la mirada hacia arriba puede dar belleza celestial. Nuestra comunión forma nuestro carácter. Si pensamos en cosas terrenales, nos haremos terrenales. Si nos entregamos al oro, nuestra vida se endurecerá en la bajeza. Si miramos hacia Dios, llegaremos a parecermos a Dios. Una vida de oración nos transformará en espiritualidad y hará descender sobre nosotros la hermosura del Señor.
Otra cosa extraña ocurrió aquella noche. Se aparecieron a Jesús y a Sus discípulos dos hombres venidos del cielo, no meras apariciones, sino hombres reales, y no hombres de la tierra, sino del cielo: Moisés y Elías. Hubo algo muy maravilloso en esto. Durante más de novecientos años Elías había estado en el cielo, y durante más de mil cuatrocientos años Moisés había estado ausente de este mundo; y ahora ambos reaparecen, todavía vivos, hablando y obrando. Hay muchas pruebas de la inmortalidad, pero aquí hay una ilustración de la verdad. Aquí vemos a dos hombres, muchos siglos después de haber dejado la tierra, todavía vivos y activos en el servicio de Dios. Lo mismo será con nosotros y con nuestros seres queridos. Miles de años después de haber desaparecido de la tierra, seguiremos vivos y activos en algún lugar. ¡Si lográramos grabar esta gran verdad en nuestro corazón, cuánto más grandiosa haría toda nuestra vida!
Se nos dice que estos hombres conversaron con Jesús. Uno de los Evangelios nos da el tema de la conversación: se trataba de la partida de Cristo, de Su éxodo de este mundo. Estos hombres fueron enviados desde el cielo para consolar y fortalecer a Jesús en Su camino hacia la cruz. Él tendría amargas tristezas y grandes sufrimientos, y ellos vinieron a animarlo. No se nos dice que Él tuviera miedo o que corriera el peligro de desmayar antes de llegar a su cruz, pero aun los más valientes y fuertes se benefician del ánimo y el consuelo. Así que los mensajeros celestiales fueron enviados a la tierra para hablar con Jesús acerca de Su muerte, para mostrarle lo que significaría para el mundo, a fin de fortalecerlo para ella. Sin duda, todo el camino hasta el fin de Su vida, Jesús fue más valiente y fuerte gracias a esta visitación celestial. Sin duda tuvo tal visión de la redención al ir a Su cruz que se alegró de sufrir, y vio el fruto del trabajo de su alma y quedó satisfecho.
¿Podría haber aquí una insinuación del tipo de actividad que ocupará a los redimidos en la vida venidera? Posiblemente seamos enviados a mundos lejanos en misiones de amor para llevar ayuda a los cansados. Al menos estamos seguros de que el cielo no es meramente un lugar de descanso inactivo. La alabanza no será la única ocupación de los glorificados. Tendrán oportunidad de servir.
El corazón de los discípulos se llenó de un éxtasis extraño aquella noche. Tan absortos estaban en la bienaventuranza de la visión, que Pedro propuso que se quedaran allí, ofreciendo construir tres tabernáculos, uno para Jesús y uno para cada uno de los visitantes celestiales. Pedro tenía razón: era bueno estar allí. Pero en ese mismo instante, la necesidad humana aguardaba al pie del monte la venida del Maestro. Luego, más adelante, estaban Getsemaní y el Calvario para Jesús; y para Pedro hubo Pentecostés, con años de servicio ferviente, y después el martirio. Es muy dulce comunir con Cristo en el aposento, en la Mesa del Señor; pero no debemos pasar todo nuestro tiempo en estos ejercicios santos. Mientras los arrebatos llenan nuestro corazón, las necesidades humanas claman a nosotros por ayuda y por simpatía, y debemos apresurarnos a salir de nuestro gozo apacible para llevar bendición y consuelo a quienes lo necesitan.
Otro elemento de la Transfiguración fue el testimonio desde el cielo. Fue el Padre quien habló y dijo: "Este es mi Hijo amado; escuchadle". Los discípulos habían quedado profundamente conmocionados por lo que Jesús les había dicho seis días antes: que Él debía sufrir y ser muerto. Ahora, desde el cielo, el Padre habla, asegurándoles que Jesús es en verdad el Mesías, y que debían escuchar Su voz, y solo Su voz. Aun cuando no pudieran entender, y las cosas que Él decía parecieran destruir todas sus esperanzas, debían contentarse con oír.
Hay momentos en que los caminos de Dios con nosotros parecen muy duros, cuando pensamos que el desastre se acerca a toda perspectiva hermosa de nuestra vida. En todas esas horas, deberíamos recordar que quien gobierna sobre todo es el Hijo de Dios, nuestro Amigo y Salvador, y nuestra confianza en Él nunca debería fallar. Siempre deberíamos escuchar de manera tranquila y sumisa lo que Él dice, y cuando todo parece extraño y oscuro, nunca deberíamos dudar ni temer. Lo que entonces dejó tan atónitos a los discípulos, ahora vemos que fue la sabiduría más gloriosa y amorosa. Por medio de la cruz llegó al mundo la bendición más maravillosa que el mundo jamás recibió. Así, en nuestras pruebas más extrañas, están la verdadera sabiduría y el amor más sublime.
Cuando Jesús y los discípulos bajaron del monte a la mañana siguiente, Él les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta después de Él haber resucitado de entre los muertos. Así también, hay muchas cosas que nos son difíciles o incluso imposibles de entender en el momento, pero que se vuelven claras cuando los demás acontecimientos siguen y proyectan su luz sobre ellas.
Quien cabalga por un camino se acerca a un edificio que no tiene belleza y que parece ser solo un montón confuso. Pero cuando ha pasado y lo mira hacia atrás, ve una estructura elegante, imponente y hermosa. Lo vio primero desde el lado equivocado.
Uno mira a un artista trabajar en su lienzo y solo ve burdas manchas. El cuadro aún no se ha terminado. Con el tiempo queda terminado y resulta una obra de arte singular. Debemos esperar la obra acabada antes de juzgar.
Un muchacho entra en la academia, y se le pone delante una página de griego, pero no tiene significado para él. No puede leerla. Pasa algunos años en el estudio de la lengua, y se le presenta de nuevo la misma página. Ahora la lee con facilidad, y cada palabra resplandece con algún pensamiento sublime. Estamos ahora en la escuela de Cristo, y hay muchas cosas que no podemos entender hasta que avancemos y aprendamos otras, y entonces las primeras nos serán hechas claras y evidentes.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Transfiguration
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.