El interés de Jesús por los niños aparece a lo largo de todos los Evangelios.
Fue una pregunta extraña la que los discípulos llevaron a Jesús: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?» Estos hombres, aunque ocupaban un lugar tan sagrado en la familia de su Señor, seguían siendo muy humanos y tenían sus naturales ambiciones humanas. Parece que ni siquiera estaban libres de la pasión por los cargos oficiales o políticos que aflige a tantas personas, a veces incluso a personas muy buenas. Tenían solamente la idea terrenal del reino que Cristo iba a establecer. Probablemente habían estado discutiendo la cuestión de cuál de ellos ocuparía el lugar más alto en ese reino.
Una característica notable de la redacción biográfica en la Biblia es que no se toma ningún pains para ocultar las faltas de los santos. Hay aliento en esto para nosotros; demuestra que aun las personas más santas tienen sus defectos y con frecuencia hacen cosas indebidas. Por supuesto, esto no nos sirve de excusa, pues deberíamos ser mucho mejores incluso que los apóstoles, ya que tenemos más luz, mayores privilegios y mejores oportunidades que ellos; y por tanto deberíamos comprender mejor las enseñanzas de Cristo.
Hay, sin embargo, una manera propia de desear ser grande en el reino de Cristo. Es bueno que anhelemos ser grandes cristianos. Se dijo de cierto cristiano que su oración diaria era: «Señor, haz de mí un cristiano poco común.» Era una buena oración. Hay muchos cristianos comunes. Es recto orar siempre y esforzarse por alcanzar el nivel de nuestra oración: «Más cerca, oh Dios, de ti.»
La respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos fue hermosa y muy sugerente. «Llamó a un niño, lo puso en medio de ellos.» Respondió su pregunta con una ilustración. «Esto es la grandeza», decía su acto a ellos. Un niño pequeño puesto en medio es a menudo usado para enseñar grandes lecciones a los mayores. Cuando un bebé llega a un hogar, Dios lo coloca en medio de una familia como un maestro. Los padres suponen que están formando a su hijo, y así es en verdad, si son fieles; pero el niño también les enseña y les forma. Los padres reflexivos y reverentes aprenden más del significado de la paternidad de Dios y del modo en que Dios siente hacia sus hijos, en una semana después de la llegada de su primer bebé, de lo que habían aprendido de maestros y libros, quizá incluso de la Biblia, en todos los años anteriores de su vida.
La vida de cada niño es un libro, cuya nueva página se voltea cada día. Los niños no son ángeles, y sin embargo traen del cielo a la tierra muchos fragmentos de hermosura. Su influencia en un hogar es una bendición constante. Cambian el centro de la vida de sus padres: ya no es el yo; ahora comienzan a vivir para su hijo. Forman a sus padres en la paciencia, en la mansedumbre, en la consideración, en el amor. Mientras un niño pequeño está en un hogar, allí se establece una escuela del cielo.
Después de haber puesto al niño en medio, Jesús habló a los discípulos, expresando su lección en palabras, reprendiendo su ambición y sorprendiéndolos con palabras muy solemnes. Les dijo: «De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.» Sus palabras daban a entender que ellos no eran ahora como niños, y que su afán de alcanzar los altos puestos era cualquier cosa menos hermoso. Debían ser transformados en espíritu antes de poder siquiera entrar en el reino de los cielos.
Pero la lección no era solo para los primeros discípulos; es también para nosotros. ¿Qué nos dicen estas palabras? ¿Qué es hacerse como un niño?
Hay una leyenda de un hombre a quien los ángeles amaban y deseaban honrar. Pidieron a Dios que se le concediera algún don extraordinario. Pero él no quería elegir nada. Apremiado a nombrar algo que se le diera, dijo que le gustaría hacer mucho bien en el mundo sin saberlo siquiera. Y así sucedió que siempre que su sombra caía detrás de él, donde no podía verla, tenía poder sanador; pero cuando caía delante de su rostro no tenía ese poder.
Eso es la semejanza con un niño: bondad, humildad, poder para hacer el bien, disposición a ayudar, sin ser consciente de la posesión de estas cualidades. La ambición de ganar distinción, el anhelo de alabanza humana, la conciencia de ser bueno o inteligente o útil o grande, son todas marcas de un espíritu mundano que no es ni infantil ni cristiano. Moisés no sabía que su rostro resplandecía.
Jesús siguió hablando otras palabras acerca de los niños, mientras el pequeño permanecía aún en medio. Dijo: «Cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.» Se cometen muchos agravios contra los niños. Muy grave es, por tanto, la palabra de nuestro Señor a quienes hieren a un pequeño. «Pero cualquiera que haga pecar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar.» Hay muchas maneras de hacer pecar a los pequeños. Lo hace quien da a un niño un mal ejemplo, influyéndolo así para ir por el camino equivocado. Lo hace quien tienta a un niño a hacer algo que no es recto. Es cosa temible ofrecer a un muchacho el primer vaso de alcohol; o susurrar al oído de un niño una duda o una burla contra las cosas sagradas; o poner un mal libro o un mal periódico en las manos de un joven.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Child in the Midst
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.