Este escriba admiró la manera en que Jesús había respondido a las preguntas que Sus enemigos le planteaban. Jesús siempre respondía bien. Nunca se confundió en Sus respuestas, como les sucede con frecuencia a los maestros humanos. Nunca se equivocó en Sus respuestas a las preguntas de los hombres, porque Él conocía toda la verdad. Nosotros solo conocemos fragmentos del gran cuerpo de la verdad, y por ello a menudo nos enredamos cuando intentamos explicar asuntos difíciles o responder a las preguntas que nos formulan. Pero Jesús conocía la verdad en todas sus relaciones, y quienes buscaban sorprenderlo en Sus palabras nunca pudieron llevarlo a ninguna inconsistencia en Sus declaraciones.
Las lecciones prácticas que se desprenden de esto son importantes. Una es que el cristianismo no tiene nada que temer de los enemigos que intentan hacer que sus enseñanzas parezcan contradictorias. En medio de todos los ataques del escepticismo, el cristianismo se mantiene siempre indemne y seguro. Sus martillos se quiebran y se desgastan, pero el yunque de la verdad permanece intacto. La otra lección es que podemos llevar a Cristo todas nuestras preguntas, nuestros temores, nuestras dudas, nuestra ignorancia y nuestras perplejidades, y Él siempre tendrá para nosotros una respuesta sabia y satisfactoria.
En estos días es costumbre, en ciertos ambientes, menospreciar los credos. «Poco importa lo que creamos —dice uno—, con tal de que vivamos correctamente.» Pero si no creemos correctamente, tampoco será probable que vivamos correctamente. El deber de amar a Dios se funda en la verdad de que hay un solo Dios a quien amar. Si hubiera más de un dios, de poco serviría enseñarnos a amar a Dios con todo nuestro corazón. «¿A qué Dios?» podríamos preguntar. Así, la doctrina de un solo Dios es sumamente práctica. Solo hay un Dios, y este único Dios es nuestro Señor. ¡Qué consuelo es para nosotros saber que el Dios en quien confiamos es el gran Dios del universo!
Él es nuestro Dios. La pequeña palabra «nuestro» nos une a Él y a Él a nosotros en las relaciones más estrechas. Si Él es nuestro Dios, estamos obligados a obedecerlo y a hacer Su voluntad. Le pertenecemos. Entonces, si Él es nuestro Dios, Él nos pertenece, y tenemos derecho sobre Él. «El Señor es la porción de mi heredad» (Salmo 16:5). Todo hijo de un buen padre sabe con qué orgullo señala a su progenitor y dice: «¡Ese es mi padre!» Consuelo aún mayor para el creyente es poder señalar a Dios y decir: «¡Él es mi Dios!» Todo lo que Él es, es nuestro: Su amor, Su gracia, Su bondad, Su verdad, Su misericordia.
Si Dios es nuestro Dios, debemos amarlo. Él es el Dios a quien todo le debemos, de quien venimos, a quien acudimos con nuestras necesidades, quien cuida de nosotros, nos protege, nos provee y nos guarda. ¡Él es nuestro Padre, con todo el amor de un padre! Debemos amar a Dios por Sí mismo, por lo que Él es en Su carácter: misericordioso, bondadoso, santo, amoroso y bueno. Debemos amarlo también por lo que ha hecho por nosotros. Sin duda, el mandamiento es razonable.
Nótese que es AMOR lo que Dios pide. La obediencia no basta. Uno podría obedecer cada mandato divino y no tener amor por aquel a quien obedece. El homenaje no basta. Podríamos rendir homenaje a Dios y, sin embargo, no sentir afecto por Él. Dios debe tener nuestro amor. Y no bastará un amor mezquino. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.» Nuestro amor por Dios debe ser mayor que nuestro amor al padre, a la madre, a la hermana, al hermano, al esposo, a la esposa, al hijo o al amigo. Debe llenar no solo nuestro corazón, sino también nuestra alma, nuestra mente y nuestras fuerzas. Es decir, debe arrastrar consigo todas las potencias de nuestra vida. Debe llevarnos a la obediencia, al servicio, a la entera consagración. Si amamos a Dios supremamente, Él debe ser el Señor de nuestra vida. Debemos estar siempre dispuestos a cualquier deber o servicio que Él nos pida.
La religión de algunas personas parece obligada; hacen lo correcto porque deben, no porque quieran hacerlo. Todo su trabajo tiene el carácter de un servicio involuntario. Dios dice: «¡Quiero que me ames!» Y si verdaderamente lo amamos, volaremos a Su mandato hacia el deber o el sacrificio con diligencia gozosa. «¿Pero cómo puedo aprender a amar a Dios?» pregunta alguien. «Quiero amarlo, pero no puedo obligarme a hacerlo. Amo a mi padre, a mi madre, a mi hermana; pero no puedo ver a Dios, y cuando pienso en Él me parece grande y terrible. No apela a mi corazón como lo hace mi madre. Siento reverencia ante Él, pero no afecto.»
Es importante saber cómo podemos aprender a amar a Dios. La encarnación fue Dios acercándose a nosotros para que pudiéramos amarlo. El esplendor del Sinaí no atrajo los corazones de los hombres. Pero cuando Jesús andaba entre la gente, tocándola con Su compasión, siendo su amigo, consolando sus tristezas, no les resultaba difícil amarlo. Debemos llegar a conocer a Dios si queremos aprender a amarlo. Deberíamos leer acerca de Él en la Biblia hasta conocer Su carácter, Sus sentimientos hacia nosotros y lo que ha hecho por nosotros, especialmente al redimirnos. Otra manera de aprender a amar a Dios es comenzar a confiar en Él. «¿Cómo aprenderé a amar a Dios?» preguntó uno. «Confía en Él», fue la respuesta. «Creía que debía amarlo antes de poder confiar en Él.» «No; comienza a confiar en Él y pronto aprenderás a amarlo.»
Ningún otro deber antecede a este deber de amar a Dios. «Este es el primer mandamiento.» Hasta que comencemos a amar a Dios, ninguna otra obediencia le es agradable. Podemos hacer muchísimas cosas que debemos hacer, y sin embargo, si no lo amamos, todo nuestro hacer no vale nada. Un hijo puede obedecer todas las órdenes de su padre, pero si no hay amor en su corazón, ¿qué le importa al padre la obediencia? Un hombre puede ser muy bueno en cuanto a sus actos, pero si no ama a Dios, todas sus buenas acciones no cuentan para nada. Cuando Jesús puso a prueba el amor del joven gobernante pidiéndole que renunciara a todo lo que tenía por Su causa, el joven se fue triste. Había guardado todos los mandamientos desde su juventud, pero no amaba a Dios; al menos amaba más sus posesiones, y renunció a Dios mientras se aferraba a sus bienes.
El amor a nuestros semejantes es un deber muy importante, pero no sirve de nada si el amor a Dios no está detrás de él y en él. El dos va después del uno. El segundo mandamiento solo puede venir después del primero. Muchas personas se jactan de su amor por los hombres, de su humanitarismo. Toman al Buen Samaritano como modelo. Son humanitarias, caritativas y filantrópicas. Pero esta es toda su religión. No aman a Dios, ni lo adoran, ni lo reconocen de manera alguna. Colocan el segundo mandamiento en lo más alto, pero no tienen primero. No conocen a Dios, no lo reconocen y no lo aman. Las cosas que hacen son muy hermosas, y si primero amaran a Dios y vivieran toda su vida inspiradas por el amor a Él, sus limosnas y obras humanitarias le serían agradables, y ni la más pequeña de ellas quedaría sin recompensa. Pero como no aman a Dios, no puede haber nada que le agrade en su amor por sus prójimos.
El segundo va después del primero. Después que hemos comenzado a obedecer el primer mandamiento, el segundo se presenta y debe también obedecerse. Quien ama a Dios también amará a su prójimo. Los dos amores están vinculados y son inseparables. Juan dice claramente que quien afirma amar a Dios mientras aborrece a su hermano es un mentiroso (1 Juan 4:20). El amor de Dios que no se desborda en amor por nuestro hermano no es verdadero amor cristiano.
Jesús se complació con la perspicacia del escriba. Le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Si tan solo practicara la verdad que conocía, entraría en el reino; aún estaba fuera, aunque tan cerca. Hay muchísimas personas que son casi, pero no del todo, cristianas. Hay quienes conocen el camino de la salvación, pero no aceptan a Cristo con el corazón. Hay aquellos cuyo carácter es bueno y hermoso. Practican muchas de las enseñanzas de Cristo. Procuran guardar el segundo mandamiento y buscan ser amables, bondadosos y amorosos en su temperamento, disposición y conducta. Solo les falta una cosa, pero esa una cosa es vital. No están lejos del reino de Dios.
Luego están aquellos que están bajo convicción de pecado y tienen un profundo sentido de necesidad espiritual. Se vuelven buscadores sinceros, como el escriba, preguntando qué deben hacer. Escuchan la respuesta de Cristo y aun así permanecen vacilantes, indecisos, a punto de someterse, pero sin rendirse a Él. No están lejos del reino de Dios, y sin embargo no están en él. Con la mano en el cerrojo de la puerta, ¡aún están afuera, y estar afuera es estar perdido! Hay miles ahora en perdición eterna que fueron casi cristianos, ¡y, sin embargo, perecieron para siempre!
Jesús se volvió entonces a la gente y les dijo con franqueza algunas cosas acerca de los escribas. «¡Cuidaos de los escribas! Les gusta andar con ropas ostentosas y ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes; devoran las casas de las viudas y, por apariencia, hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación.»
Los escribas eran los intérpretes oficiales de las Escrituras. Era su deber explicar al pueblo con claridad la Palabra y la voluntad de Dios. Pero Jesús dijo que no eran líderes dignos de confianza. Se presentaban como guías del pueblo, pero no eran guías seguros. Les gustaba vestir el atuendo y gozar del honor de los hombres santos. Querían que la gente los saludara como hombres piadosos; tomaban los asientos principales en la sinagoga y en los banquetes; pero en su vida privada eran hombres malos. En vez de ser los defensores de las viudas, se gastaban en sí mismos el dinero de las viudas que les había sido confiado. Luego, para compensar su malversación, hacían oraciones aún más largas en las calles. ¡Eran los más despreciables hipócritas!
La hermosa historia de una de estas viudas y de su sufrimiento muestra quiénes eran las personas verdaderamente piadosas en aquellos días: no los escribas y fariseos, que afectaban aire de santidad para encubrir vidas de vergonzosa bajeza, dureza y maldad, sino los pobres, que eran despreciados y robados. Esta pobre viuda tenía mayor honor delante de Dios que cualquiera de los gobernantes. Sus ofrendas, aunque demasiado pequeñas para ser contadas, pesaban mucho más ante Dios que todas las grandes monedas relucientes que ellos echaban en el tesoro.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Two Great Commandments
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.