"El que hace injusticia, haga injusticia todavía; el que es inmundo, sea inmundo todavía; el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía." El carácter con el cual los hombres lleguen al juicio será su carácter permanente para siempre. El hombre que vive en pecado, rechazando la cruz de Cristo hasta el final, está forjando su propio destino. Los hábitos de pecado hacen pecaminosa toda la vida. Es esto lo que da tanta solemnidad a la vida. Las semillas de nuestro futuro yacen en nuestro presente. De nuestros pequeños actos nacen los hábitos; de nuestros hábitos brota el carácter; y el carácter fija nuestro destino, porque cada uno va a su propio lugar, es decir, al lugar para el cual ha sido preparado por su vida en la tierra. El que siempre ha pecado aquí en la tierra seguirá pecando para siempre. La muerte eterna es simplemente pecado eterno, con sus castigos y consecuencias. La condenación de los impíos no será entonces un castigo arbitrario, sino el resultado natural de sus propias decisiones y obras en esta vida.
Otra cosa que parece enseñarse con mucha claridad es que esta fijación definitiva del carácter tiene lugar al final de la vida en la tierra. Solo la gracia divina puede cambiar las tendencias de una vida pecaminosa, regenerándola y haciendo santo lo que era malvado; y cuando los pecadores salen de este mundo, salen del dominio de la gracia, y el que hace el mal continuará haciéndolo, y el que es inmundo continuará siéndolo para siempre.
Como cae el árbol, así habrá de quedar. Como vive el hombre, así habrá de morir. Como muere el hombre, así habrá de ser, a través de todas las edades de la eternidad.
En las palabras, "el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía", hay un indicio de la naturaleza del hogar celestial. Las mismas buenas obras que hemos aprendido a hacer aquí en la tierra las continuaremos haciendo allí en el cielo. La justicia es la práctica de lo recto, y la vida justa es aquella que ha sido transformada por la gracia divina en un carácter semejante a Cristo. Este versículo dice sencillamente que los que aquí han aprendido a practicar la justicia, continuarán en la vida venidera practicando la justicia. Allí seguiremos obedeciendo a Dios y haciendo su voluntad; solo que seremos más obedientes, y haremos su voluntad mejor que aquí. Nunca, en la cosa más pequeña, desobedeceremos ni contrariaremos la voluntad de Dios. Allá amaremos a Dios y nos amaremos unos a otros, y nuestra vida será una fraternidad perfecta.
El cielo será un hogar perfecto. Allí seguirá siendo más bendito dar que recibir. Allí seguirán siendo los mayores aquellos que sirven. El amor, el gozo, la paz, la paciencia, la mansedumbre, la benignidad, la bondad, la verdad, seguirán siendo frutos del Espíritu allí, como lo son aquí. La vida en el cielo no nos resultará tan extraña como pensamos, si aquí hemos aprendido a hacer la voluntad de Dios. La "vida eterna" comienza en el momento en que creemos en Cristo. Mientras permanezcamos aquí en la tierra, se ve obstaculizada y limitada por las restricciones de lo terrenal; pero en toda verdadera experiencia cristiana hay atisbos de lo que será la plena bienaventuranza. Cuando lleguemos al cielo, la vida comenzada aquí continuará, solo que sin estorbo, sin limitaciones ni imperfecciones, para siempre.
Por tanto, marca una gran diferencia cómo vivamos en este mundo. Hay en la mente de algunas personas una falsa impresión de que pueden vivir en pecado todos sus días, y luego con unas cuantas lágrimas de arrepentimiento y unos pocos ruegos de misericordia en la hora de la muerte, pueden cambiar todo el curso de su vida y pasar la eternidad en el cielo. Este versículo no respalda semejante idea. La vida venidera no es sino la cosecha de esta vida presente.
Los hombres serán juzgados por sus obras. El Nuevo Testamento enseña en todas partes esta misma verdad solemne. Esto no significa que la salvación sea por obras. Somos salvos por gracia; pero la gracia cambia la vida y nos hace santos. En la vida no regenerada no hay evidencia de que Cristo haya obrado allí en absoluto. Por supuesto, el arrepentimiento en el lecho de muerte puede ser genuino, y si lo es, aprovechará. Solo se registra en el evangelio un arrepentimiento en la hora de la muerte; pero aun entonces el hombre vivió lo suficiente para demostrar que su arrepentimiento era verdadero, que su vida había sido en verdad regenerada. Cristo puede en cualquier momento obrar el mismo milagro, cambiando el corazón y transformando la vida en un instante; pero este no es el modo habitual. "El morir es ganancia" solo para aquellos que han podido decir: "Para mí el vivir es Cristo."
"Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas en la ciudad." ¿Qué es lavar las ropas? Implica pecaminosidad y culpa en toda vida, las cuales deben ser removidas antes de poder cruzar las puertas del cielo. Sin santidad es imposible ver a Dios o habitar en su presencia. Estas palabras implican también que nada sino la sangre de Cristo puede quitar la culpa y la contaminación del pecado. Debemos aceptar la expiación de Cristo para la limpieza de nuestra culpa, y depender por completo de los méritos de su sacrificio para nuestra salvación; y debemos depender por entero del Espíritu Santo para la renovación y limpieza de nuestra naturaleza.
Debe notarse aquí también que nosotros mismos debemos hacer el lavado. Es decir, nadie es limpiado de la culpa o contaminación del pecado, excepto aquellos que se vuelven voluntariamente a Cristo y lo reciben como su Salvador. Esto nos muestra de inmediato dónde recae la responsabilidad. Después de todo lo que Cristo hizo al preparar, a tan gran costo, la gloriosa salvación para los pecadores, nadie puede entrar en el cielo sino los que vienen a él y lavan sus ropas en su sangre.
"Los perros quedarán fuera, los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras y todo el que ama y practica la mentira." Es bueno a veces estudiar el cielo desde fuera. Con frecuencia hablamos de cómo será por dentro, quiénes estarán allí, qué harán, cómo vivirán. Aquí obtenemos una visión negativa. Así que habrá un "afuera". Algunos querrían hacernos creer que no habrá nadie fuera del cielo, que todos de algún modo entrarán. Este versículo no favorece tal idea. Ciertamente no fue así en la visión de Juan.
En otro lugar aprendemos que el cielo tiene doce puertas. Tan numerosas puertas indican abundancia de espacio para entrar. Desde cualquier punto desde el que te acerques al cielo, hay una puerta ante ti. Sin embargo, el hecho de que haya puertas indica que hay condiciones de entrada, y que la gente no puede entrar de manera indiscriminada. Acabamos de aprender en el versículo anterior que solo aquellos cuyas ropas son lavadas, o aquellos que hacen los mandamientos de Dios, pueden entrar por esas puertas. Entonces aquí vemos quiénes son excluidos. Hay admisión para el peor de los pecadores; pero no mientras permanezcan en su pecado; deben ser lavados, santificados y hechos aptos para la herencia celestial. Una mirada superficial a la descripción de los que quedan fuera muestra la clase de compañía en la que estarán quienes rechazan a Cristo y al cielo. ¿Quién quiere vivir para siempre en tal sociedad? Sería peor aun que vivir para siempre en una prisión, entre convictos. Sería bueno también echar un vistazo a los caracteres excluidos descritos aquí, para ver si estamos en peligro de ser dejados fuera.
"El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y el que oye, diga: ¡Ven! Y el que tiene sed, venga; y el que quiere, tome del agua de la vida gratuitamente." La invitación para entrar en el cielo es amplia y libre. Nadie será excluido por falta de espacio, ni porque no haya invitación para él. Los que finalmente se pierdan se perderán sencillamente porque no querrán ser salvos. A lo largo de todo el Nuevo Testamento, Jesús se esfuerza por mostrar a los hombres que su salvación es para todos los que la quieran tomar; incluso se ofrece a todos. Cada página del libro resplandece con invitaciones. Incluso aquí, cuando el volumen está a punto de cerrarse, la invitación se renueva de la manera más ferviente, afectuosa y suplicante. Al llegar a las últimas palabras de la Biblia y hallar allí esta bendita invitación, deberíamos preguntarnos si la hemos aceptado o no.
"La gracia del Señor Jesucristo sea con todos los santos. Amén." El Libro se cierra con una bendición. Su última palabra es gracia. Es interesante comparar con esto las últimas palabras del Antiguo Testamento: "No sea que yo venga y hiera la tierra con maldición." El antiguo volumen terminaba dejando una amenaza de maldición suspendida sobre la tierra. El Nuevo Testamento, sin embargo, se cierra con una bendición, un mensaje de gracia y misericordia. Así como el sol inunda los campos, las colinas y las aguas, así el amor de Cristo se derrama sobre la tierra. Los pensamientos de Dios hacia los hombres son pensamientos de paz. Él no quiere que ninguno perezca, sino que desea ardientemente que todos sean salvos. Si no somos salvos, será porque rechazamos la luz y amamos más las tinieblas y la muerte.
Con esta bendición descansando sobre nosotros, ¿no nos apresuraremos ahora a cobijarnos bajo sus alas luminosas? ¡Será un refugio bendito para nosotros! Un viajero caminaba fatigado y hambriento, sin saber adónde volver para hallar comida y descanso. Una tormenta se desató sobre él, y corrió a refugiarse bajo un árbol de amplio follaje. Allí encontró no solo amparo contra la tormenta, sino también alimento, pues el árbol le dio de sus frutos para comer; y descanso, también, para su cansancio. Así, los cansados que huyan a refugiarse bajo esta bendición hallarán abrigo, descanso y pan.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Great Invitation
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.