Apenas podría parecer este un tema apropiado para introducir en un libro destinado principalmente a los jóvenes, y, sin embargo, un momento de reflexión mostrará su pertinencia y su carácter práctico.
La vejez es la cosecha de todos los años que han pasado antes. Es el granero al que se recogen todas las gavillas. Es el mar al que fluyen todos los arroyos y ríos de la vida desde sus manantiales en las colinas y los valles de la juventud y de la madurez. Cada uno de nosotros, en todos nuestros años anteriores, está construyendo la casa en la que habremos de vivir cuando nos hagamos viejos. Y podemos hacer de ella una prisión o un palacio. Podemos hacerla muy hermosa, adornándola con buen gusto y llenándola de objetos que ministren a nuestro placer, nuestra comodidad y nuestro poder. Podemos cubrir las paredes con encantadoras pinturas. Podemos extender lujosos lechos de descanso sobre los que reposar. Podemos almacenar grandes provisiones con las que alimentarnos en los días de hambre y de debilidad. Podemos reunir y apilar grandes haces de leña para mantener el fuego ardiendo con brillo en los largos días y noches de la vejez.
O podemos hacer nuestra casa muy lúgubre. Podemos colgar las paredes de las cámaras con horribles pinturas, cubriéndolas de espantosos espectros que miren sobre nosotros y nos persigan, llenando nuestras almas de terror cuando nos sentamos en la oscuridad creciente del ocaso de la vida. Podemos hacer camas de espinas para descansar. Podemos no almacenar nada con qué alimentarnos en el hambre y el anhelo de los años declinantes. Podemos no tener leña lista para los fuegos del invierno.
Podemos plantar rosas que florezcan alrededor de nuestras puertas y fragantes jardines que derramen sus perfumes a nuestro alrededor, o podemos sembrar malezas y zarzas que se ostenten en nuestros rostros cuando nos sentamos en nuestros umbrales al caer la tarde.
No toda vejez es hermosa. No todos los ancianos son felices. Algunos son muy desdichados, con vidas huecas y sepulcrales. Muchos antiguos palacios fueron construidos sobre una mazmorra oscura. Allí estaban los muros de mármol que resplandecían con deslumbrante esplendor bajo la luz del sol. Allí estaban las amplias cámaras doradas con sus magníficos frescos y sus espléndidos adornos, la alegría, la música y el jolgorio. Pero muy al fondo, bajo todo este suntuoso esplendor y deslumbrante ostentación, estaba la mazmorra llena de sus infelices víctimas, y a través de las rejas de hierro subían los tristes lamentos y gemidos de desesperación, que resonaban y reverberaban por los salones dorados y las cámaras artesonadas; y en esto veo un retrato de muchas vejeces. Puede tener abundantes comodidades y mucho que hable de prosperidad en un sentido externo—riqueza, honores, amigos, la pompa y las circunstancias de la grandeza—pero no es más que un palacio construido sobre una lúgubre mazmorra de recuerdos, desde cuyas profundas y oscuras recámaras suben siempre voces de remordimiento y desesperación que entristecen o amargan cada hora y proyectan sombras sobre cada cuadro encantador y cada escena luminosa.
Es posible vivir de tal manera que la vejez resulte muy triste, y también es posible vivir de tal manera que resulte muy hermosa. En mis rondas por la ciudad atestada llegué un día a una puerta donde mis oídos fueron recibidos por un gran coro de cantos de pájaros. Había pájaros por todas partes—en el salón, en el comedor, en la alcoba, en el vestíbulo—y toda la casa estaba llena de su alegre música. Así puede ser la vejez. Así es para quienes han vivido rectamente. Está llena de música. Cada recuerdo es un breve fragmento de canción. Las dulces notas de los pájaros de la paz celestial cantan por doquier, y los últimos días de la vida son sus días más felices—
"Rica en experiencia que los ángeles codiciarían,
Rica en una fe que ha crecido con los años."
La importante cuestión práctica es: ¿cómo podemos vivir de modo que nuestra vejez, cuando llegue, sea hermosa y feliz? No basta con aplazar esta pregunta hasta que las sombras del atardecer caigan sobre nosotros. Entonces será demasiado tarde para considerarla. Consciente o inconscientemente, estamos cada día ayudando a decidir si nuestra vejez será dulce y pacífica o amarga y desdichada. Vale la pena, pues, pensar un poco cómo asegurarnos una vejez feliz.
Debemos vivir una vida útil. Nunca nada bueno proviene de la ociosidad ni del egoísmo. El agua estancada se corrompe y engendra descomposición y muerte. Es la corriente que fluye la que se mantiene pura y dulce. El fruto de una vida ociosa nunca es la alegría ni la paz. Los años vividos egoistamente nunca se convierten en rincones de jardín en el campo de la memoria. La felicidad nace de la negación de uno mismo para el bien de los demás. Dulces son siempre los recuerdos de las buenas obras realizadas y los sacrificios llevados a cabo. Su incienso, como perfume celestial, asciende flotando desde los campos del trabajo y llena la vejez de santa fragancia. Cuando uno ha vivido para bendecir a otros, tiene muchos amigos agradecidos y amorosos cuyo cariño resulta una maravillosa fuente de alegría cuando llegan los días de la debilidad. El pan echado sobre las aguas se encuentra de nuevo después de muchos días.
Veo a algunas personas que no parecen querer hacer amigos. Son hurañas, insensibles, frías, distantes, desabridas, egoístas. Otras, por su parte, no se esfuerzan por conservar a sus amigos. Los descartan por la menor causa. Pero están robando a sus últimos años alegrías que no pueden permitirse perder. Si queremos caminar en el calor de los rayos de la amistad en el atardecer de la vida, debemos procurar hacernos de amigos leales y fieles en las horas afanosas que preceden. Esto podemos lograrlo mediante un ministerio de bondad y de olvido de nosotros mismos. Esto era parte, al menos, de lo que nuestro Señor quiso decir en aquel consejo que suena tan extraño a nuestros oídos hasta que lo comprendemos: "Haceos amigos de las riquezas de maldad, para que cuando éstas faltaren, os reciban en las moradas eternas."
Además, debemos vivir una vida pura y santa. Cada uno lleva en sí mismo las fuentes de su propia felicidad o de su propia desdicha. Las circunstancias tienen en realidad muy poco que ver con nuestras experiencias internas. Importa poco, para determinar el grado de gozo de una persona, que viva en una choza o en un palacio. Es el yo, al fin y al cabo, quien en mayor medida da color a nuestros cielos y tono a la música que oímos. Un corazón feliz ve arcoíris y resplandores por todas partes, aun en las nubes más oscuras, y oye dulces acordes de canción aun en medio de los más fuertes lamentos de la tormenta; y un corazón triste, infeliz y descontento, ve manchas en el sol, defectos en los frutos más exquisitos, y algo que reprochar en la más perfecta de las obras de Dios, y oye disonancias y notas discordantes en la música más celestial. Así sucede que toda esta cuestión ha de decidirse desde dentro. Las fuentes brotan en el corazón mismo. El anciano, como el caracol, lleva su casa a sus espaldas. Puede cambiar de vecinos, de hogares, de escenarios o de compañeros, pero no puede alejarse de sí mismo ni de su propio pasado. Los años pecadores ponen espinas en la almohada sobre la que descansa la cabeza de la vejez. Las vidas de pasión y de maldad almacenan amargas fuentes de las que el anciano ha de beber.
El pecado puede parecernos agradable ahora, pero no debemos olvidar cómo aparecerá cuando lo hayamos dejado atrás y volvamos a mirarlo; sobre todo hemos de tener presente cómo se verá desde un lecho de muerte. Nada produce tan pura paz y tan serena alegría al final como un pasado bien vivido. Estamos cada día almacenando el alimento con el que habremos de alimentarnos en los años finales. Estamos colgando cuadros en las paredes de nuestros corazones que habremos de mirar cuando nos sentemos en las sombras. ¡Cuán importante es que vivamos vidas puras y santas! Incluso los pecados perdonados empañarán la paz de la vejez, pues las feas cicatrices permanecerán.
Resumiéndolo todo en una palabra: solo Cristo puede hacer hermosa o verdaderamente feliz cualquier vida, joven o anciana. Solo Él puede curar la fiebre inquieta del corazón y dar quietud y calma. Solo Él puede purificar esa fuente pecadora dentro de nosotros, nuestra naturaleza corrupta, y hacernos santos. Para tener un final pacífico y bendito de la vida, debemos vivirla con Cristo. Tal vida se vuelve más luminosa aun hasta su ocaso. Sus últimos días son los más soleados y los más dulces. Cuanto más fallan los gozos de la tierra, más cercanos y más satisfactorios se vuelven los consuelos. Los nidos sobre los que se inclina el ala de Dios, que en los brillantes días de verano de la fuerza próspera permanecían ocultos entre las hojas, quedan al descubierto en los días de decadencia y debilidad cuando el invierno ha dejado las ramas desnudas. Y para tal vida la muerte no tiene terrores. Las señales de su aproximación son solo "las aves terrestres que se posan en los palos, indicando al marinero cansado que se acerca al puerto". El final es solo el roce de la quilla curtida por la tempestad sobre la orilla de la gloria.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Beautiful Old Age
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.