III. La exaltación de la Humanidad en la ASCENSIÓN de Cristo.
Nuestra naturaleza humana ocupa el trono central del cielo. Si grande es el misterio de la piedad, "Dios manifestado en carne," podemos con reverencia añadir como contraparte: "Grande es el misterio de la piedad" ¡el Hombre manifestado en el trono de Dios! Si es una verdad asombrosa que Jesús llevó nuestra naturaleza sufriente en la tierra, es una veridad, sin duda no menos maravillosa, que Jesús lleva nuestra naturaleza glorificada en el santuario celestial. Cuando "las puertas alzaron sus cabezas" y el Rey de gloria atravesó las ardientes huestes, fue ante la Humanidad en unión con la Deidad que se inclinaron al pasar Él. Es en esa Humanidad glorificada en la que Él allí todavía vive y ama.
Tómese una entre varias visiones afines del Apóstol de Patmos: la de la multitud vestida de ropas blancas y con palmas en las manos. La figura central en ese cuadro inspirado entre los cuadros es EL CORDERO en medio del trono, conduciéndolos y alimentándolos, guiándolos de pasto en pasto y de fuente en fuente. ¿Qué es esto sino la bendita seguridad, tanto para su Iglesia triunfante como militante, del imperecedero carácter humano del Redentor; de que, aunque reina como Rey de reyes, Dios sobre todo, bendito por siempre, Él retiene todavía la mirada del hermano, el amor del hermano y el corazón del hermano?
Más aún, como Cabeza y Representante de su pueblo, su Humanidad glorificada forma la prenda de la propia exaltación final de ellos. Él, la primera gavilla en la cosecha presentada en el Templo celestial, es la prenda de miríadas de gavillas que han de seguir. Donde Él está, su pueblo también ha de estar. "Quien transformará el cuerpo de nuestra humillación, para que sea semejante al cuerpo de su gloria." "¡El cuerpo de su gloria!" o como más bien se traduce, "el cuerpo de su gloria." Es el molde poderoso en el que ha de ser refundida nuestra naturaleza caída. Es el modelo divino según el cual el bloque desfigurado y mutilado ha de ser labrado en simetría y hermosura eternas. Es el Arquetipo glorioso, en conformidad con el cual el espejo, hecho mil pedazos en el Edén, ha de ser completamente reconstruido: cada fragmento roto, cada pecador redimido, el más humilde, el más pobre, como una pieza de cristal pulido, ¡para reflejar una imagen perfecta del Señor!
Amigos míos, ¡qué exaltación es esta para la naturaleza de la Humanidad, tanto presente como futura! Presente. "Cristo las primicias": su forma divino-humana, una vez perforada con espinas y atormentada en el sufrimiento, ahora, en lenguaje de elevada metáfora, ¡llevando muchas coronas! En perspectiva: la multitud que nadie puede contar, redimida con su propia sangre preciosa; ahora quizá despreciada, deshonrada, tenida en poco; pero que entonces será levantada de la oscuridad y el oprobio, "puesta entre príncipes, y hecha para heredar coronas y tronos de gloria." ¡Oh! ¡con qué grandeza queda así investido el más bajo y más pobre de los hijos de Adán! Si dentro de sus muros de arcilla, como hijo de Dios, es partícipe de la naturaleza divina, esa naturaleza eleva lo humano a un grado de grandeza que deja toda distinción terenal inmensurablemente atrás!
IV. La exaltación de la Humanidad en el DÍA DEL JUICIO.
"El Padre le ha dado autoridad para ejecutar todo juicio, porque Él es el Hijo del Hombre." "Él ha designado un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel Hombre a quien ha ordenado." Aquí, de nuevo, es la Humanidad exaltada, en el trono del ajuste final: el Hombre Cristo Jesús.
¿Quién puede desplegar la gloria que entonces redundará en nuestra naturaleza, cuando "todo ojo le verá"? La sentencia irreversible saliendo de los labios de la Humanidad glorificada. Hermanos míos, sea vuestro el exultar en la anticipación de que estará sentado en aquel tribunal majestuoso, no un Ser de terrible e inaccesible majestad, cuya presencia cegaría, deslumbraría y confundiría, sino, una vez más, ¡un Hermano en vuestra propia naturaleza! El grito de la burla judía y del desprecio gentil que resonó antaño en torno a su cruz, formará entonces vuestra nota de triunfo, el secreto de vuestro gozo al contemplar su trono: "¡He aquí el Hombre!"
¡He aquí el Hombre representativo! ¡He aquí el Hombre que una vez sufrió! ¡He aquí el Hombre justo! ¡He aquí el Hombre compasivo! ¡He aquí ahora el Hombre exaltado y coronado! "Sabemos," dice el amado discípulo en un transporte de santo gozo, "que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es." De los mismos labios que en Calvario, con acentos temblorosos, le llamaron una vez "Hijo," él oirá la bendición y la bienvenida: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo." En aquel grande y terrible día, cuando la ira de Dios barrerá todos los refugios de mentiras, la designación que le dio el profeta, tan consoladora para el alma azotada por la tempestad en la tierra, no perderá nada de su consuelo entonces: "Un Hombre" (¡UN HOMBRE!) "será como escondedero contra el viento, y como refugio contra la tempestad!"
V. Contémplese la exaltación de la Humanidad POR TODA LA ETERNIDAD.
El reinado mediatorial de Cristo, respecto a sus enemigos, terminará en un Día de juicio; pues leemos: "Él debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies," y "entonces entregará" (aquella parte de su reino) "a Dios, incluso al Padre." Su soberanía respecto a ellos quedará absorbida en la de Dios absoluto. Pero del incremento de su gobierno mediatorial "no habrá fin." ¡La Humanidad que Él llevó en la tierra continuará para siempre en el trono! El Padre divino, por pacto inmutable, le invistió, como Mediador, con "largura de días por siempre jamás." A los principados y potestades en los lugares celestiales será dada a conocer por la Iglesia (bajo su gran Cabeza Representante) "la multiforme sabiduría de Dios."
Permítaseme preguntaros, queridos amigos: ¿estáis dispuestos, después de estas imperfectas meditaciones, a hacer eco de la exclamación del Salmista? ¿Será esta la que circulará de corazón en corazón mientras rodeáis hoy como invitados la Mesa de comunión: "¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él? ¿Y el hijo del hombre, para que lo visites?" ¡Entrad en el sentido de vuestros distinguidos, vuestros privilegios sin par en Cristo! ¡Oh! si tal es la dignidad conferida a la naturaleza humana en la Persona del Adorable Cabeza, ¿necesitamos asombrarnos de los honores preeminentes y sin igual que la Escritura presenta reservados para los miembros? Los ángeles son hijos de Dios por creación; pero el hombre redimido llega a ser hijo de Dios por filiación, adopción, unión con su Señor glorificado. ¡De estar en la base de la pirámide, yacente entre los escombros y las ruinas, ved dónde le ha puesto el amor redentor! "Al que venciere, le concederé sentarse conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono."
Teniendo esta esperanza en Él (la esperanza de verle tal como Él es), ¿nos estamos purificando a nosotros mismos así como Él es puro? "Por tanto, hermanos," dice el Apóstol, "partícipes del llamamiento celestial, considerad al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús." "¡Considerad!" Es una palabra enfática. Literalmente "contemplad" al Señor Jesús. Es el artista que copia, línea por línea y rasgo por rasgo; sin esperar que el trasunto sea perfecto aquí (pues no puede serlo), sino procurando aproximarse cuanto pueda; mirando hacia delante a aquel tiempo bendito en que, sin una sola mancha de pecado ni de dolor que estropee o empañe, "seremos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria."
Vayamos, entre tanto, a su santa Ordenanza, con la determinación resuelta y el voto registrado: "¡Este Dios será nuestro Dios para siempre jamás!"
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: THE EXALTATION OF THE HUMANITY — Parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.