En respuesta a estas sinceras peticiones, la ley moral, explicada y ejemplificada por Cristo Jesús, es puesta en sus manos como la ley de su reino espiritual, obligatoria para todos sus súbditos, perpetua en sus exigencias, justa en todas sus demandas, perfeccionadora del carácter humano, productora de la más alta felicidad, y dirigida a los creyentes con esta entrañable inscripción: «Si me amas, guarda mis mandamientos».
La piedad hacia Dios y la benevolencia hacia el hombre son los rasgos principales del carácter formado sobre esta ley pura y perfecta; pues en ella se nos recuerda que el Señor Dios omnipotente es nuestro Dios, que somos sus hijos y que los seres humanos son nuestros hermanos. Por tanto, cuando nuestra conducta se rige por estos principios certeros e inmutables, recibimos con gozo todo deber impuesto a los cristianos, como sabiamente dispuestos para nuestro bien personal y fundados en las entrañables relaciones que sostenemos con Dios y con la humanidad. Entonces nos sometemos con la mayor prontitud tanto a la justicia como a la bondad de cada precepto de esta santa ley, y bien nos cuadra hacerlo; pues todos estos preceptos nacen naturalmente de aquel amor a Dios y al hombre que es el fundamento y el cumplimiento de la ley. Si le amamos soberanamente como a nuestro Dios, le adoraremos a él solo y reverenciaremos su nombre.
Si consideramos a toda la humanidad como nuestros prójimos, unidos a nosotros por participar de una misma naturaleza común; si esta ley está escrita en nuestro corazón, y si actuamos invariablemente bajo su influjo, no dañaremos su reputación con falso testimonio, ni su hacienda con fraude, ni su quietud doméstica envidiando lo que poseen. No codiciaremos, ni odiaremos, ni robaremos.
Pero aunque el verdadero cristiano desea ser guiado y gobernado por esta perfecta regla de justicia, aún experimenta la dolorosa y poderosa influencia de aquella mente carnal que le llevó cautivo en su estado no regenerado, y que es enemistad contra la ley de Dios. Puede, pues, contribuir a explicar tanto las partes como el progreso de la religión práctica, si, en conexión con los diversos deberes impuestos, notamos las DIFICULTADES que los cristianos encuentran cuando se esfuerzan, mediante la gracia, en hacer la voluntad de su Padre celestial.
La primera prueba de obediencia que están llamados a dar es oponerse a sus propias disposiciones corruptas, a fin de alcanzar ese autogobierno sin el cual ninguna obediencia puede ser voluntaria ni uniforme. Las pasiones y los apetitos malos están profundamente arraigados en todos los hombres por naturaleza; y la reiterada complacencia fortalece su dominio en muchos; pero el cristiano debe resistirlos con resolución, porque su satisfacción es incompatible con su progreso en la gracia y perjudicial para los intereses de la piedad. El mandato, por tanto, es: si tu ojo derecho te ofende, o te hace ofender, arráncalo; si tu mano derecha te ofende, córtala; mejor sufrir pérdida y soportar el dolor que pecar contra tu Dios. «Dad muerte a todo lo terrenal que hay en vosotros: inmoralidad sexual, impureza, pasiones desordenadas, deseos malignos y avaricia, que es idolatría. Como pueblo escogido de Dios, santo y amado, revestíos de entrañable compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia».
El abandonar los pecados que antes nos asediaban es un logro bien pobre, si no somos también revestidos con las hermosuras de la santidad y los ornamentos de un carácter cristiano. Las ramas principales de este carácter son la humildad, la templanza, la paciencia, la mansedumbre y la abnegación. Tenerlas en sí y en abundancia es la oración, el anhelo y, en cierta medida, el logro de los creyentes.
Conscientes de su indignidad, de su debilidad y de sus imperfecciones cotidianas, estiman a los demás más que a sí mismos. Admiran aquella paciencia de Dios que perdona a estorbos del suelo como ellos son. Adoran aquella gracia que extiende la salvación a criaturas tan indignas. Se confiesan menores que el menor de todos los santos; y bajo la impresión de una humildad sincera, atribuyen a Dios la gloria sin igual de toda su dicha y de todas sus esperanzas.
Avanzando hacia la tierra de promesa, recordando que esta tierra no es su descanso, y declarándose solo peregrinos en este mundo desértico, se esfuerzan, mediante la gracia, en ser templados en todas las cosas, en estar contentos y resignados en toda situación, en vivir sin codicia y en usar este mundo sin abusar de él, sabiendo que este mundo y cuanto contiene pasará.
Rodeados de muchos cuidados y tribulaciones, se apoyan en Dios y buscan, con paciencia, poseer su espíritu; guardarse de toda murmuración y desconfianza; soportar la indignación del Señor hasta que él defienda su causa; y humillarse bajo su mano poderosa hasta que él los exalte en su tiempo oportuno.
La mansedumbre ante los agravios es de la mayor importancia en un mundo como este, en el que abundan por doquier hombres turbulentos e irrazonables, cuyas cotidianas injurias y reproches están tan prontos a alterar el ánimo y provocar la venganza. Pero aprende de tu Redentor, ¡oh cristiano!, a ser manso tanto como humilde. Cuando le injuriaban, no devolvía injuria; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga justamente. Por tanto, amados míos, no os dejéis llevar de la ira, y no os venguéis a vosotros mismos; antes bien, amad a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan.
La abnegación tan vivamente instada en la Escritura a todos los discípulos de Cristo implica guardar con cuidado habitual contra aquellas altivas imaginaciones que se oponen con arrogancia al humillante designio del evangelio, y mortificar aquella vana ambición del aplauso humano que lleva a muchos a procurar lo suyo propio antes que lo de Cristo. Pero significa, sobre todo, oponerse a aquellos deseos intemperantes e impuros que llevan cautivos a los hombres del mundo, que destruyen toda serenidad interior y son con justicia llamados «caminos de amargura y muerte». Para guardar al regenerado de estos senderos fatales, las amonestaciones a la abnegación son muchas, claras y enérgicas. «Velad y orad, no entréis en tentación. Mirad, no seáis vencidos por la disipación descuidada, la embriaguez y los afanes de esta vida. Absteneos de los deseos carnales que combaten contra el alma. Andad circunspectamente, no como necios sino como sabios. No améis al mundo, ni las cosas del mundo; porque todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida— no es del Padre, sino del mundo. El mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre».
Así, al describir la conducta que conviene al evangelio, hemos sido llevados necesariamente a considerar el ánimo del cristiano y la operación de sus disposiciones interiores; pues aunque estas disposiciones interiores solo son manifiestas a Dios, sus frutos son visibles a cuantos nos rodean; de modo que el cultivo cuidadoso de los ánimos celestiales ahora mencionados forma una rama esencial de la religión práctica. Promover el crecimiento de estos santos ánimos y su progreso hacia la perfección es acaso uno de los trabajos más difíciles del cristiano en este terreno mundano poco propicio. Numerosos y poderosos son los malos propendientes de su corazón engañoso. Aquellas corrupciones naturales que él creía del todo desarraigadas por el poder de la gracia regeneradora conservan todavía su raíz de amargura; a menudo recobran un vigor inesperado, esparcen su nociva influencia y amenazan la destrucción de todas las gracias del Espíritu.
De ahí surge otro importante deber cristiano, a saber, el de fortalecer y nutrir estas plantas celestiales por medio de las ordenanzas religiosas. Así los creyentes son descritos en la Escritura como árboles de justicia, plantados junto a corrientes de aguas, que dan su fruto a su tiempo, y aun en la vejez florecen cuando otros se marchitan. La Palabra de Dios; el santuario y sus impresivas solemnidades; las devociones secretas del retiro y de la familia —estos son los pacíficos arroyos que riegan la viña del Señor. Estos son los sagrados canales por los que el Espíritu todopoderoso comunica a los creyentes renovados suministros de vida, de fuerza y de fecundidad.
La Palabra de Dios es su Consejero en los aprietos y su compañero en el peregrinaje de la vida. Muchos en toda época pueden decir con el Salmista: «cuando abundaron nuestras congojas, habríamos perecido, si no hubiéramos hallado consuelo en tu perfectísima Palabra». Por la oración de fe son fortalecidos con todo poder en el hombre interior y guardados en paz, apoyados en Dios. En su tabernáculo contemplan su poder y su gloria, y son llevados cerca de Dios como su gozo soberano. En su mesa se deleitan en su amor, y los frutos de la muerte de su Redentor les son dulces al paladar. Con gratitud reciben cada retorno de aquel día que Dios mismo ha consagrado; y que les trae el renovado testimonio de que su Señor ha resucitado y ha triunfado sobre la muerte y el sepulcro. Con Simeón, suben al templo a adorar; con Lidia, atienden a las cosas que se hablan del Señor; con Asaf meditan en las obras de Dios y recuerdan los años de la diestra del Altísimo; con el devoto Cornelio, adoran a Dios en su casa; con los discípulos que van a Emaús, toman juntos dulce consejo y hablan de aquel que redime a Israel; y con los primeros cristianos, perseveran en la doctrina de los apóstoles, en el compañerismo, en el partimiento del pan y en las oraciones.
El descuido voluntario de estas instituciones de la religión no solo es perjudicial para el progreso de la gracia en el alma, sino que indica impiedad hacia Dios; y resulta de perniciosas consecuencias para los individuos, las familias y las sociedades, al poner ante ellos un ejemplo de menosprecio a las instituciones divinas. En cambio, una atención regular y reverente al culto religioso, en el retiro, en la familia y en el santuario, es uno de los diversos métodos por los cuales los fieles en Cristo adornan su doctrina y hacen resplandecer su luz ante los hombres.
Fuente y atribución
Autor original: Archibald Bonar
Título original: Genuine Piety — parte 5
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Archibald Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.