Habiendo expuesto las ramas más personales de la religión práctica, dirijamos ahora vuestra atención a los deberes que debemos a los demás, y que por ello se llaman deberes relativos. Se comprenden bajo estos dos mandamientos principales: amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y hacer a los demás lo que quisiéramos que ellos, en situaciones semejantes, nos hicieran a nosotros.
Estas proposiciones generales son explicadas por preceptos particulares de la Escritura. «Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno y lo que el Señor requiere de ti: hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios. Ninguno imagine el mal contra su prójimo; hable cada uno la verdad y practique el juicio de verdad. Comfortad a los de poco ánimo, sostened a los débiles, sed pacientes para con todos. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Gozaos con los que se gozan, y llorad con los que lloran. Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad; por esto aseguraremos nuestro corazón delante de él. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad, y cierra su compasión, ¿cómo mora el amor de Dios en él?»
En estas exhortaciones a los deberes relativos, la sinceridad, la justicia y la bondad son particularmente recomendadas como artículos importantes de la conducta que conviene al evangelio.
La verdad y la sinceridad del hablar son de tanta importancia en la sociedad que, sin ellas, los hombres no podrían hallar consuelo los unos en los otros ni confianza en el trato social; por ello la religión requiere que las palabras del cristiano expresen los sentimientos sinceros de su corazón y sean seguidas por la conformidad de sus acciones con lo que ha hablado o prometido. Una conducta contraria es tratar con menosprecio la omnisciencia de Dios, y sustituir el engaño por la sinceridad piadosa que conviene a los cristianos.
La justicia y la integridad en la conducta deben acompañar siempre a la sinceridad en el hablar, y llevarán al cristiano a dar a toda clase y condición lo que están legitimados a esperar: tributo a quien se debe tributo, honor a los superiores, gratitud a los bienhechores, obediencia a los gobernantes, sumisión a los padres, atenta solicitud a los vecinos, y constancia de amistad a parientes y compañeros. No basta, pues, abstenerse de contienda, disputa, opresión, crueldad o fraude; los cristianos son también requeridos a ser la sal de la tierra y la luz del mundo; a hacer el bien según tengan oportunidad; a dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, socorrer al afligido y honrar al Señor con sus bienes. Pues los que él ha prosperado en el mundo son mayordomos de los dones de la providencia; y están tan obligados por la Escritura a socorrer al necesitado como a no robar; a dar como a no injuriar; a consolar como a no herir.
Pero esta extensa ley de la justicia tiene un respeto particular a la situación relativa de los seres humanos, regulando el alcance de la autoridad en los superiores y la medida de la sumisión en los inferiores. Tal es, pues, su lenguaje, atestiguado en la Escritura. El que gobierna sobre los hombres debe ser justo, gobernando en el temor del Señor. Sométase toda persona a las autoridades superiores, pues las que hay han sido ordenadas por Dios, para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen el bien.
Esposos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella; así deben los hombres amar a sus propias mujeres como a sus propios cuerpos; pues el que ama a su mujer se ama a sí mismo.
Esposas, someteos a vuestros propios maridos como al Señor. Sed sobrias, discretas, castas, guardianas del hogar, obedientes a vuestros propios maridos. Vuestro adorno sea el ornamento de un espíritu manso y apacible, que es de grande estima delante de Dios.
Los padres no deben provocar a ira a sus hijos, sino criarlos en la disciplina y amonestación del Señor. Pon estas mis palabras en tu corazón, y enséñalas a tus hijos, hablando de ellas cuando estés sentado en casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.
Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo y agradable a Dios. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa.
Cuantos siervos hay bajo el yugo consideren a sus propios señores dignos de todo honor, y agrédenles en todo: no respondiendo con altivez, no hurtando, sino mostrando toda buena fidelidad, para adornar en todo la doctrina de Dios nuestro Salvador.
Y vosotros, señores, dad a vuestros siervos lo que es justo y equitativo, suspendiendo la amenaza, sabiendo que tenéis un Señor en el cielo, y que en él no hay acepción de personas.
A estas reglas tan razonables de justicia, que fluyen de las situaciones relativas de los cristianos, su Redentor ha añadido el nuevo mandamiento del amor a los hermanos. Como cabeza de su influencia y de su privilegio, les reúne en una sola familia espiritual, y les requiere que se amen los unos a los otros con una pureza, constancia y entrañable afecto que convienen a deudores comunes de la gracia soberana y a compañeros de viaje hacia la gloria celestial. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros. Este amor es puro y pacífico, paciente y benigno; perdona hasta setenta veces siete; no se goza en la iniquidad, sino que se goza en la verdad; amonesta a los desordenados y restaura a los caídos en espíritu de mansedumbre; consuela a los de poco ánimo y confirma a los débiles. «Somos hermanos», es su lenguaje; no alterquemos por el camino. Tenemos una fe, un Señor, una esperanza de nuestro llamamiento, un Padre y un cielo; edifiquémonos, pues, los unos a los otros en nuestra santísima fe, mutuamente nos confortemos, y gocémonos en la esperanza de la gloria que ha de ser revelada.
Por el contrario, si entre los parientes o compañeros del cristiano hubiere algunos que parezcan ajenos o enemigos a aquella gracia que trae salvación, su deber no es irritarlos con acusación injuriosa, con altivo menosprecio o indignant desdén, sino instruir con mansedumbre; recomendar la piedad con la suavidad del consejo; mostrar su poderosa influencia con la circunspección de una conducta ejemplar; y, con toda la importunidad de la oración, suplicar al Dios de toda gracia que, por su gracia inmerecida, todopoderosa y soberana, los arrebate como tizones del fuego, los llame de las tinieblas a su luz admirable, y los haga gozosos con su heredad.
Tal es la naturaleza de la religión práctica, según la delinean las Sagradas Escrituras: andar en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor de modo irreprensible; vivir sin mancha del mundo; llevar una vida quieta y apacible en toda piedad y honestidad; hacer el bien a todos según tengamos oportunidad, mayormente a los de la familia de la fe; crecer en la gracia; proseguir las cosas que son puras y amables y de buen nombre; añadir a la fe, virtud, conocimiento, templanza, paciencia, piedad, amor fraternal y caridad.
Fuente y atribución
Autor original: Archibald Bonar
Título original: Genuine Piety — parte 6
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Archibald Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.