La piedad genuina

La religión verdadera y la dignidad de la gente común

La religión verdadera dignifica a las personas de condición humilde, recordándoles su valor inmortal y ofrecéndoles consuelo, esperanza y preparación para la eternidad.

Los motivos para esta conducta cristiana son numerosos, poderosos y entrañables. Así glorificamos a nuestro Padre celestial y adornamos la doctrina de Dios nuestro Salvador, y andamos delante de él en todo agradable. Así vivimos para el Señor, conforme al mandamiento que él ha dado y al ejemplo que nos ha dejado. Así la vida de Cristo se manifiesta en nosotros, y nuestra luz resplandece ante el mundo, y el camino de la verdad no es blasfemado por causa nuestra. Así nuestra paz fluye como un río, y crecemos en idoneidad para heredar con los santos en luz.

Examinemos, pues, nuestro propio carácter, y preguntemos: ¿Qué influencia ha tenido nuestra religión sobre nuestros corazones y nuestros ánimos, nuestras palabras y nuestra conducta?

Aspiremos noblemente a los más altos logros posibles en aquella vida de santidad ejemplar y uniforme que recomienda el evangelio. Y para ello, mientras diariamente nos apoyamos en la justicia del Redentor para nuestra aceptación y diariamente nos consagramos a su servicio, esforcémonos también en su poder, y en el ejercicio de la oración, esperemos las prometidas influencias del Espíritu Santo, para sostener nuestros pasos, para que nuestros pies nunca resbalen; para guardarnos en la hora de la tentación; para guiarnos por el camino eterno; para santificarnos por completo; para preservar alma, cuerpo y espíritu irreprensibles hasta la venida del Señor; y para que nuestro sendero resplandezca más y más hasta el día perfecto.

La importancia de la religión verdadera para la utilidad y la felicidad de la gente común.

Sea entendido que esta expresión, la gente común, lejos de implicar el menor grado de menosprecio, se usa aquí solo para distinguir a las personas ahora dirigidas de aquellos que, por su superior posición, fortuna o influencia, se llaman en lenguaje común los grandes de este mundo. Pero aunque ni las clases medias de la vida ni los órdenes más bajos de la sociedad queden excluidos por este término general de gente común, el autor de este tratado tiene principalmente a la vista aquella numerosa y valiosa clase de personas que se emplean como comerciantes, jornaleros, criados o aprendices. Para beneficio de ellos ha intentado alguna descripción de la naturaleza y la influencia de la religión verdadera; y ahora desea despertar su atención hacia este asunto tan profundamente interesante, y recomendarles esta religión para su elección, con argumentos que sean adecuados a sus situaciones y que lleguen a su corazón.

Conócete a ti mismo, oh hombre, y respétate a ti mismo, son máximas aplaudidas por los sabios y dignas de continuo recuerdo de todos. Os son particularmente aplicables a vosotros, que os halláis en circunstancias dependientes, y cuya inferioridad puede a menudo exponeros al menosprecio, y a veces poner en peligro el que vosotros mismos subestiméis vuestro propio carácter. Para promover este conocimiento y respeto, sed invitados a pensar seriamente en las excelsas facultades que poseéis, y a mirar con atención el puesto que ocupáis. En otras palabras, consideraos a vosotros mismos tanto en vuestra capacidad personal como en vuestra capacidad relativa. A estos dos puntos se limitará el razonamiento sobre esta rama del tema.

1. Pensad, pues, en vosotros mismos en vuestra capacidad personal, como seres racionales e inmortales. Por más oscuro que sea vuestro destino en la vida, poseéis las mismas facultades espirituales, habéis sido formados para los mismos nobles fines y habéis sido llamados a las mismas excelsas perspectivas que el más ilustre o el más acaudalado del país.

Las circunstancias más bajas de servidumbre, dependencia o pobreza, con todos sus humillantes y lúgubres acompañamientos, no pueden en grado alguno disminuir la excelencia intrínseca del pobre. Él es hijo de la providencia, expectante de la inmortalidad. Estos honores su Creador bondadoso le confiere en común con el más rico potentado de la tierra. Un miserable Lázaro, alimentado con las migajas de la mesa del rico; un ciego Bartimeo, sentado junto al camino pidiendo limosna, fueron tan realmente objetos de la atención divina como Salomón, cuando estaba vestido de toda su gloria. Vosotros, hombres desconocidos y no envidiados, hijos e hijas de la pobreza: sois igualmente que los demás criaturas de Dios; formados por su poder, sostenidos por su misericordiosa visita, y puestos en aquellas mismas circunstancias que su certera sabiduría ha juzgado más convenientes. Por tanto, como sus criaturas racionales y dependientes, debéis rendirle el cotidiano tributo de amor supremo, de culto agradecido, de sumisión sin reservas y de obediencia filial. ¿Preguntáis, pues, dónde está Dios nuestro Hacedor, que nos da canciones en la noche? ¿Y qué ha requerido el Señor de nosotros? Aprended su carácter y su voluntad; seguid en conocerle, y andad delante de él en todo agradable.

Así como el hombre nace para la aflicción, los que se mueven en estaciones inferiores están particularmente expuestos a innumerables angustias; bajo cada una de ellas necesitan sostén y consuelo para su ánimo, mas ese consuelo no pueden esperarlo del mundo. Pequeño es el alivio, y pocos los goces, que él puede comunicar a nadie. Lo poco que tiene se reserva para los que viven en la opulencia y el poder; pero deja cruelmente al pobre afligido llorar sin piedad y despreciado. No así inmisericorde y cruel es aquella amable religión que desciende de lo alto. Ella visita la casa de los humildes lugareños desatendidos. Ella reanima el alma del triste, e infunde un gozo del corazón que solo pueden comprender quienes sienten su presencia animadora.

Sin embargo, ella desprecia habitar con los que, por necesitados que sean, permanecen sin principios e impenitentes; no entra en la morada de los que ignoran a Dios, desobedecen el evangelio y aman las tinieblas; pasa junto a su lúgubre morada con justa indignación, y los deja como espectáculo a los hombres y a los ángeles de los horrores complicados de la pobreza y el dolor, cuando se unen con la ignorancia y la impiedad. Atesorad, pues, un buen fundamento para los días de tinieblas, por la unión y el compañerismo con aquel Redentor que da gracia y oportuno socorro. A vosotros, igual que a los demás, se extienden sus infinitos méritos; para vuestra aceptación se ofrecen las bendiciones de su gran salvación; y para vuestro consuelo proclama: «¡Oh, todos los sedientos, venid, y tomad del agua de vida gratuitamente!». Si unidos a este compasivo Redentor y permaneciendo en él, todos los caminos de la providencia para con vosotros serán misericordia y paz, y las pruebas más severas de la vida concurrirán a vuestro bien. Bienaventurado evangelio de paz, que vuelve las tinieblas en luz, y hace del valle de Acor, o sea, de la angustia, una puerta de esperanza. Bienaventurado el creyente en Cristo, animado por la presencia de un amigo que nace para la adversidad, y que se une más que un hermano.

Está determinado que todos mueran, y después de la muerte viene el juicio; y tras el juicio sigue el estado eterno de existencia. Cualquiera sea, pues, la condición exterior o las perplejidades interiores de cualquiera de la gente común, todos se encaminan diariamente a la gloria inmortal o a la perdición sin fin. Aquel pobre proflig miserable, vestido de harapos y tambaleándose de embriaguez; que ha embotado sus sentidos con la intemperancia; que con tanto desenfreno blasfema a su Hacedor y tan clamorosamente invoca la condenación sobre sí; aun él posee un alma inmortal, y muy pronto habrá de comparecer ante el tribunal imparcial de un juez soberano. ¡Ojalá considerase su postrimería, y tomase a pecho, en los días de su misericordiosa visita, las cosas que pertenecen a su paz eterna! Sí, el criado, el jornalero, el comerciante; más aún, aquel menesteroso, desnudo y hambriento pensionado del benévolo: cada uno tiene un tesoro de valor inefable que asegurar o perder. Su alma es inmortal, y todas sus temporales dificultades serán pronto olvidadas en los goces ininterrumpidos de la gloria celestial o en las inefables angustias de la ira venidera. Esta vida es el único periodo que se le ha concedido para prepararse para la eternidad. Su tiempo de gracia es incierto; su día declina, y su partida está cercana. ¡Qué escena en la tierra más conmovedora que la muerte de un hombre pobre, ignorante e impío, que ha trabajado duramente toda la vida para ganarse una magra subsistencia, pero que jamás pensó en lo porvenir, que apenas gozó de consuelo en este mundo, y muere sin esperanza fundada de felicidad en el venidero!

Vosotros, hijos de la industria y de la indigencia, dirigid vuestra atención a la representación ahora dada. Consideraos en vuestra capacidad personal, súbditos del gobierno moral de Dios, peregrinando por un mundo de pecado y miseria, poseedores de naturalezas inmortales, y madurando diariamente para un estado inalterable y sin fin. Si, pues, hay realidad, poder y consuelo en la religión verdadera; si es productora de paz presente y puede ser ventajosa para alguno de los hombres, ha de sernos de peculiar provecho a vosotros. Necesitáis su divina influencia para regir vuestros afectos, elevar vuestros deseos, disipar vuestros temores, purificar vuestros corazones y haceros felices en Dios, con independencia de todos los afanes o goces terrenales. Sois capaces de gozar de estas influencias y de sentir su glorioso poder para no desmayar en el día de la adversidad; y sois alentados por la Escritura a pedir y esperar consuelos más abundantes en Cristo que aquellos que no experimentan las tribulaciones de la vida. Sea, pues, la piedad la guía de vuestros pasos y el consuelo de vuestros ánimos. Escoged esta mejor parte que no puede ser quitada; preferidla como lo único necesario; deleitaos en el Señor; perseverad en sus palabras y andad conforme a su mandamiento: entonces conoceréis que los caminos de la sabiduría son deleitosos, y todas sus veredas son paz.

«Hijo mío, escúchame y atesora mis instrucciones. Inclina tus oídos a la sabiduría y aplícate a entender. Clama por el discernimiento y la inteligencia. Búscalos como a la plata perdida o al tesoro escondido. Entonces entenderás el temor del Señor, y hallarás el conocimiento de Dios». Proverbios 2:1-5

2. Consideremos a continuación aquella numerosa clase de hombres que la providencia ha colocado en estaciones inferiores, como una rama importante de la comunidad y unida a la sociedad por diversas relaciones.

Aquí se suceden circunstancias interesantes a la vista; y el valor de la religión verdadera aparece con lustre peculiar, como felizmente dispuesta para hacer a los hombres íntegros en el servicio, constantes en la vida conyugal, hijos obedientes, padres afectuosos y ciudadanos útiles.

Fuente y atribución

Autor original: Archibald Bonar

Título original: Genuine Piety — parte 7

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Archibald Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.

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