No hay manera de llegar a aquel conocimiento del pecado que es necesario para el arrepentimiento, y por tanto para la paz y el perdón, sino probando nuestros corazones y vidas por la ley. En su propio caso, el apóstol no habría conocido la pecaminosidad de sus pensamientos, motivos y acciones sino por la ley. Aquel patrón perfecto mostró cuán equivocados estaban su corazón y su vida, probando que sus pecados eran más numerosos de lo que antes había pensado, pero no contenía ninguna provisión de misericordia o gracia para su alivio. Es ignorante de la naturaleza humana y de la perversidad de su propio corazón quien no percibe en sí mismo una disposición a imaginar que hay algo deseable en lo que está fuera de su alcance. Podemos percibir esto en nuestros hijos, aunque el amor propio nos hace ciegos a ello en nosotros mismos. Cuanto más humilde y espiritual sea cualquier cristiano, con mayor claridad percibirá que el apóstol describe al verdadero creyente, desde sus primeras convicciones de pecado hasta su mayor progreso en la gracia, durante este presente estado imperfecto. San Pablo fue en otro tiempo fariseo, ignorante de la espiritualidad de la ley, con cierta corrección de carácter, sin conocer su depravación interior. Cuando el mandamiento llegó a su conciencia por las convicciones del Espíritu Santo, y vio lo que exigía, halló que su mente pecaminosa se levantaba contra él. Sintió al mismo tiempo el mal del pecado, su propio estado pecaminoso, que era incapaz de cumplir la ley, y estaba como un criminal cuando es condenado. Pero aunque el principio malo del corazón humano produzca movimientos pecaminosos, y más aún aprovechando la ocasión del mandamiento, sin embargo la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. No es favorable al pecado, el cual persigue hasta el corazón, y descubre y reprende en los movimientos íntimos de éste. Nada hay tan bueno que una naturaleza corrupta y viciosa no lo pervertirá. El mismo calor que ablanda la cera, endurece la arcilla. La comida o la medicina tomadas de manera equivocada pueden causar la muerte, aunque su naturaleza sea nutrir o sanar. La ley puede causar la muerte por la depravación del hombre, pero el pecado es el veneno que trae la muerte. No la ley, sino el pecado descubierto por la ley, fue hecho muerte para el apóstol. La naturaleza ruín del pecado y la pecaminosidad del corazón humano quedan aquí claramente mostradas.
Los conflictos espirituales entre la corrupción y la gracia en un creyente: Parte 1 (
Fuente y atribución
Autor original: Religious Tract Society
Título original: Devotional and Practical Commentary — Romans 7:7-13
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Religious Tract Society, publicado originalmente en Grace Gems.