Cristo anhelaba en todo momento la simpatía y el amor de sus amigos; pero a medida que la oscuridad se intensificaba a su alrededor, se volvió a ellos con un anhelo especial. Quería tenerlos cerca. Quería apoyarse en ellos y recibir de ellos fortaleza e inspiración. Antes de entrar en las terribles experiencias de la cruz, quería comer con ellos y, mediante esa estrecha comunión, prepararse mejor para soportar; por eso los reunió para celebrar la primera Cena del Señor.
Hay en esto una revelación maravillosa de la humanidad del corazón de Jesús. Todos nos volvemos instintivamente a la amistad humana en busca de ayuda cuando nos encontramos en medio de las pruebas. Queremos a alguien cerca cuando tenemos que sufrir. Estrechamos la mano de quien amamos y nos sentimos sostenidos y fortalecidos por el cálido y fiel apretón.
Hay un misterio admirable en esta influencia de una vida sobre otra. Nada en este mundo es tan terrible como la desolación de la soledad: tender la mano en la oscuridad y no encontrar ninguna mano humana que tocar ni estrechar. Y no hay otra ayuda terrenal tan real, tan verdadera, como la que recibimos en tales horas de la presencia de los amigos.
¡Qué humano nos hace parecer a Cristo, qué cercano y entrañable, verlo anhelar así la fortaleza que podía obtener de una hora tranquila con sus discípulos! Pero Cristo pensaba en los discípulos tanto como en sí mismo. Quería confortar sus corazones antes de dejarlos. Durante tres años había estado con ellos, los había acercado a su pecho y los había mantenido cerca de su corazón. Los hizo partícipes de toda su vida, y ellos habían aprendido a apoyarse en él. Todas sus esperanzas descansaban en él. No podían vivir sin él. Pero ahora iba a dejarlos.
Nunca podremos comprender del todo la prueba por la que tuvieron que pasar los discípulos cuando vieron a su Maestro arrancado de su lado y conducido a su cruz. Fue más que cualquier simple dolor del amor humano cuando el ser más querido nos es arrebatado. Recordemos qué amigo era Jesús: sin mancha, sin falta y puro, rico hasta la plenitud divina en toda ternura. Nunca hubo otro amigo como él. Y recordemos también que, además de ser su amigo, era su Salvador. Todas las esperanzas de sus almas descansaban en él, y aún no habían asimilado la esperanza de su resurrección. Su cruz fue la extinción de toda luz de gozo y de amor para ellos.
Jesús comprendía todo esto. Los veía al borde del abismo negro, a punto de entrar en su sombría oscuridad. Anhelaba por ellos y deseaba con toda intensidad comer aquella última Pascua con ellos, para impartir consuelo y fortaleza a sus corazones y así prepararlos para atravesar la oscuridad profunda.
Este fue el gran deseo de Cristo al entregar su vida en sacrificio abnegado. Derramó su propia y santa sangre para llenar una copa de bendición infinita para los pecadores. Pero aquí hay una bendición dentro de la bendición. Mientras preparaba la salvación eterna para su pueblo, buscó consolar a sus amigos durante las pocas horas de noche sin estrellas que debían cubrirlos antes de que la mañana irrumpiera en toda su gloria. Deseaba fortalecerlos para soportar los dolores que veía venir sobre ellos.
Recordemos cómo empleó aquella hora con los discípulos. Primero, comió con ellos la cena pascual. Luego les dio la Cena del Señor como memorial. Después les abrió su corazón con las palabras de despedida más maravillosas que jamás hayan caído sobre espíritus acongojados: «No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». Juan 14:1-3, 27.
Así, por así decirlo, colgó para ellos mil estrellas en el cielo, para que brillaran en sus corazones mientras la noche terrible los envolvía en sus pliegues de sombra. Los pobres y débiles discípulos hallaron bastante terrible la prueba, aun con todos estos dulces consuelos en sus corazones; pero ¿quién puede decir qué habría sido de ellos si no hubiera comido aquella Pascua con ellos y no les hubiera hablado tales palabras de fortaleza y esperanza? ¿Quién puede decir si no se habrían hundado todos en la más completa desesperación, de no ser por la ayuda así dada con anticipación? En medio de toda la sombra, ¿quién sabe cómo sus corazones pudieron ser preservados del desmayo por el recuerdo de sus dulces promesas y consejos, y por las visiones de la casa del Padre y de sus muchas moradas, que ahora flotaban en la noche sobre ellos?
Jesús anhelaba la Pascua para fortalecer su propia alma para el conflicto de Getsemaní y del Calvario; pero aún más la anhelaba para ceñir a sus frágiles discípulos ante el dolor que se avecinaba. Incluso ahora, en la convergencia de la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre él, pensaba más en sus discípulos que en sí mismo.
¿No prevé siempre Jesús las pruebas que se acercan a sus discípulos y provee con anticipación lo necesario para que las atraviesen en seguridad? Antes de que vengan los años de hambre, envía años de gran abundancia, para que los graneros se llenen y alimenten el hambre de los hombres. Mientras todo es brillante alrededor, él pone en nuestros corazones las lámparas de la promesa y del consuelo, para que cuando llegue el dolor o la prueba, y se ponga el sol del gozo terrenal, estas luces escondidas brillen como estrellas cuando el día se ha ido. Somos sabios si siempre tomamos cualquier lámpara de gozo que Cristo pone en nuestras manos. Puede que no veamos su necesidad en el momento, pero mañana puede ser la única luz que nos guíe con seguridad por caminos de peligro o de muerte.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Light in the Darkness
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.