Dos caracteres opuestos se describen en esta historia conmovedora: Simón el fariseo y la pecadora que llora.
Simón era probablemente respetado por sus vecinos y tenido por hombre religioso, pero no fue acepto ante los ojos de Jesús. La mujer había sido una pecadora pública y notoria, sin embargo fue aceptada por su Salvador. ¿Cuál fue, pues, la razón de esta diferencia? ¿Acaso ama Jesús el pecado? ¡Dios nos libre!
La razón de la diferencia fue que Simón no amaba a Jesús, y la pobre mujer sí le amaba. El fariseo mostró su falta de amor al omitir las atenciones que en aquel país se solían dispensar a los invitados. No le dio agua para lavar sus pies, ni ungüento para ungir su persona, ni le dirigió el saludo acostumbrado. La mujer mostró su amor a Jesús entrando en la casa donde él estaba, a pesar de las burlas y los ceños del anfitrión y sus amigos; poniéndose a sus pies, lavándolos con sus lágrimas, besándolos con afecto respetuoso y ungiéndolos con ungüento precioso. Las costumbres de aquel país facilitaban a la pobre penitente la entrada en la casa. Jesús reposaba, según la usanza oriental, sobre un diván, y sus pies estaban en posición tal que la mujer, mientras estaba detrás de él, podía llorar sobre ellos y ungirlos.
Preguntemos ahora por qué la mujer amaba tanto a Jesús, y el fariseo le amaba tan poco, o más bien no le amaba en absoluto. El mismo Jesús explicó la razón en su parábola. Había perdonado a la mujer una deuda inmensa. Ella sabía que se la había perdonado, y por eso le amaba; pues este es el sentido del versículo 47: Sus pecados, que son muchos, le son perdonados, no porque amó mucho, sino que amó mucho porque le fueron perdonados. Jesús primero la perdonó, y entonces ella le amó.
Jesús no dice que la deuda del fariseo fuera realmente pequeña. Refirió esta parábola para mostrar a su anfitrión que si juzgaba su deuda pequeña, no podría amarle mucho aun cuando le perdonase la deuda. ¿Queremos saber si amamos mucho a Jesús? Preguntémonos qué pensamos de nuestra deuda. ¿La consideramos pequeña o grande? ¿Pensamos que nuestros pecados son muchos o pocos?
Por naturaleza todos pensamos que nuestra deuda es pequeña. Sí, aun los asesinos piensan que sus pecados no son tan grandes como parecen, y que son disculpables a causa de sus muchas tentaciones. Así todos nos disculpamos a nuestros propios ojos y juzgamos cosa fácil para Dios perdonarnos tan pequeñas deudas. Mientras permanezcamos en este estado de ánimo no podemos amar mucho a Jesús. En realidad, no podemos amarle en absoluto, ni podemos ser aceptos delante de él. Pero si Jesús, por su Espíritu, toca nuestros corazones, entonces percibimos que nuestros pecados son grandísimos, y clamamos a él: «Perdona mi iniquidad, porque es grande». No son los actos de pecado lo que principalmente lamentamos, sino los pecados secretos del corazón. Estos, lo sentimos, están puestos a la luz del rostro de Dios y no pueden ser perdonados sin el derramamiento de la sangre del Salvador. Las personas suelen permanecer mucho tiempo en gran angustia a causa de sus pecados; pero cuando pueden creer que hay perdón con Dios y que él los ha lavado de sus pecados, se llenan de gratitud; entonces aman mucho, porque Jesús ha perdonado mucho.
Nunca lamentamos tanto nuestros pecados como cuando pensamos en el amor infinito de nuestro Salvador. ¿Cuándo es cuando más lamentamos nuestras ofensas contra un amigo terrenal? ¿No es cuando descubrimos que mientras le hemos desatendido, él ha estado trabajando por nuestro bien; que cuando le hemos sospechado, él ha estado intercediendo por nosotros? Este es el dolor que siente el verdadero penitente. Este fue el dolor que hizo a la mujer derramar tan abundantes lágrimas sobre los pies de Jesús.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. The penitent weeping at the feet of Jesus
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.