Hemos leído ahora el final del discurso de nuestro Salvador al pueblo, después que los mensajeros de Juan el Bautista se hubieron marchado. El comienzo del discurso contiene advertencias y reprensiones, pero el final está lleno de acciones de gracias, invitaciones y ruegos. Jesús entrelazó oración a su Padre con sus palabras al pueblo. ¡Qué privilegio disfrutamos al saber lo que dijo a su Padre! Habló en voz alta para que los hombres fueran edificados, pues en una ocasión declaró, mientras oraba: «por causa de los que están presentes lo dije» (Juan 11:42).
A menudo nuestro bendito Señor ofreció oración acompañada de lágrimas (Heb. 5:7); pero en esta ocasión el gozo celestial debió iluminar su rostro, pues Lucas nos informa que «se regocijó en el Espíritu» (Lucas 10:21). ¿Y cuál fue la causa de su gozo? Fue que Dios había revelado estas cosas a los pequeños, aunque las había ocultado a los sabios y entendidos. ¿Qué cosas? Cosas acerca de sí mismo; las cosas sobre las que los discípulos de Juan el Bautista habían preguntado: «¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?»
Estas cosas muchos pequeños las sabían. Por pequeños se entiende personas ignorantes, las que sienten su ignorancia y desean ser enseñadas por Dios. A tales pequeños (sean o no instruidos en cosas mundanas) Dios les revela a su Hijo, mientras deja a los sabios y entendidos en su propia opinión en ceguera y tinieblas. Tales eran los fariseos. Aunque realmente ciegos y oscurecidos, creían conocer el camino de salvación, pues Satanás había cegado sus entendimientos, según está escrito: «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo».
Pidamos a Dios que nos dé espíritu de niño, un espíritu humilde y enseñable, y entonces Cristo nos revelará aquel conocimiento celestial que puede salvar nuestras almas. Al Padre le pareció bien que los pequeños fueran instruidos. No necesitamos, pues, temer un rechazo de nuestro Padre celestial si venimos confesando nuestra ignorancia y deseando ser enseñados. ¿Y quién es el Maestro que Él ha designado? Es el manso y humilde Jesús. Óiganle decir: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». ¿Quién no se deleitaría en recibir instrucción de labios tan llenos de gracia? ¡Con cuánta dulzura anima a los pecadores a acercarse! «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». ¿Y no incluye su invitación a todo hijo de hombre? Todo pecador está trabajado y cargado. Los pecadores penitentes se afligen por la culpa del pecado; pero los que no son penitentes sienten la miseria de su esclavitud. Quizá no sepan qué es lo que interrumpe su felicidad; quizá piensen que son las circunstancias en que se hallan; pero es el pecado que habita en ellos y los tiene en cautiverio. Sólo Jesús puede librar al alma de la cadena de sus pecados; sólo Él puede conceder descanso. Los que creen en Él entran en el reposo; pueden decir de su Pastor: «En verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me pastorea».
¡Cuán dichosos son los que temprano eligen al Señor por amigo y amo! Hallarán su yugo fácil y su carga ligera; hallarán que, en vez de imponerles cargas, Él mismo lleva sus cargas. Pregunten a los que han estado mucho tiempo en este servicio si no han hallado su yugo fácil y su carga ligera. Les dirán que en los días más brillantes de la juventud despreocupada nunca gustaron aquella paz que han hallado en las noches más oscuras de la ancianidad piadosa.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ offers a thanksgiving to his Father, and invites the heavy laden to come to Him
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.