«Que no seáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas.» (Hebreos 6:12)
La pereza, bajo cualquier aspecto en que pueda considerarse, y en cualquier relación con los asuntos humanos, ¡es un hábito censurable, vergonzoso y destructor!
Con esa fuente inagotable de energía que toda mente racional y sana lleva consigo, y con las muchas ocasiones y demandas de ejercitarla que en este mundo ajetreado nos rodean, es un pecado y una vergüenza para cualquier hombre «estar ocioso todo el día».
La indolencia, en lo que respecta a los asuntos de este mundo, ya es bastante mala. Pero ¿dónde hallaremos lenguaje suficientemente enérgico para describir la culpa presente y la miseria futura de la indolencia y la pereza en lo que respecta al alma y a los asuntos del alma? De todos los ejemplos de locura, pecado y miseria que presentan los habitantes de la tierra, el más asombroso ha de ser la visión de un pecador impenitente, durmiendo en descuidada seguridad sobre el borde del abismo sin fondo.
Uno se vería llevado a imaginar, a no ser porque la experiencia testifica lo contrario, que hay bastante en esa sola palabra «eternidad» para despertar a todos los hombres al interés más intenso y a la diligencia más laboriosa.
Si aquel espíritu feliz que hace poco ha dejado nuestro mundo pudiera dirigirse a ustedes desde su trono de gloria, ¡con qué énfasis diría: «Amados amigos, con quienes en la tierra tomé dulce consejo y caminé en compañía a la casa de Dios, si pudieran concebir siquiera una milésima parte de la gloria que ahora me rodea, tendrían a ese mundo que tan pecaminariamente absorbe su atención por apenas digno de una mirada pasajera o de un pensamiento momentáneo. ¡No sean perezosos, cuando el cielo o el infierno pende de su vida! ¡No sean perezosos, cuando la eternidad está ante ustedes! ¡No sean perezosos, cuando el gozo infinito o el dolor sin fin acompañan cada aliento!»
¡Cuán peligrosa para ustedes mismos, cuán corruptora para otros, cuán desacreditadora para la religión, cuán desagradable para Cristo, es la pereza en la profesión cristiana!
Fuente y atribución
Autor original: John Angell James
Título original: A censurable, disgraceful, and destructive habit!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Angell James, publicado originalmente en Grace Gems.