«Conviene que estéis tranquilos y no hagáis nada precipitadamente.» Hechos 19:36
El secretario de la ciudad fue sabio al exhortar al pueblo de Éfeso a no hacer nada precipitadamente. Les dijo que podían cometer una injusticia contra los hombres a causa de los cuales se había suscitado el alboroto. Señaló que había un modo correcto de proceder; si los hombres habían hecho algo malo, los tribunales estaban abiertos, y sería fácil que se los juzgara y condenara. La precipitación, les aseguró, podía acarrearles graves problemas.
Era un buen consejo aquel día, y lo es para todos nosotros hoy. La mayoría de nosotros tendemos, al menos a veces, a actuar con precipitación. Nos dejamos llevar con facilidad por el entusiasmo o por el sentimiento, y entonces hacemos cosas que nos causan innumerables problemas antes de terminar con ellas.
Se dicen muchas palabras precipitadas. Las personas se enojan, y en la ira la lengua es con demasiada frecuencia como un caballo desbocado. El conductor ha perdido el control, y el caballo se precipita por la calle, tal vez aplastando a los niños, tal vez destrozando el vehículo y hiriendo al desafortunado conductor mismo. Una lengua desbocada puede causar aun más daño que un caballo desbocado. Puede decir palabras que hieran vidas de modo irreparable, y puede hacer un daño incalculable al que la usa. Las palabras precipitadas hieren los corazones tiernos. Alejan a los amigos. Siembran sospechas acerca de personas buenas y destruyen reputaciones. ¡Qué cosas tan crueles son las palabras precipitadas! «En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente.» Proverbios 10:19. «Las palabras temerarias traspasan como espada, mas la lengua de los sabios trae sanidad.» Proverbios 12:18. «El hombre de conocimiento usa palabras con mesura, y el hombre de entendimiento es de espíritu sereno.» Proverbios 17:27. «Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar y tardo para airarse.» Santiago 1:19
¡Cuánto mejor sería si todos aprendiéramos a no hablar nunca con precipitación! Sería bueno ser lentos para hablar en cierto modo; pues entonces no hablaríamos de prisa, sino que nos tomaríamos tiempo para pensar antes de hablar. Nunca nos hemos arrepentido de no haber dicho la palabra airada que acudió a nuestros labios cuando estábamos alterados. ¡Habría sido amarga, desamorosa y poco amable! No habría hecho ningún bien. Solo habría causado dolor y daño. Habría deshonrado a nuestro Maestro, pues habría sido una muestra de falta de semejanza a Cristo.
Jesús nunca pronunció una palabra precipitada. Guardó silencio bajo el insulto, el dolor, el oprobio y la más penosa injuria: no un silencio hosco, sino un silencio dulce, lleno de amor paciente y pacífico. Nunca nos arrepentimos de seguir este ejemplo perfecto y de contener las palabras hirientes. Pero siempre nos arrepentimos cuando hemos hablado con precipitación. Si nos hubiéramos tomado un poco de tiempo para pensar, no habríamos dado la respuesta aguda que tanto daño ha causado.
Hay otras palabras precipitadas además de las que se dicen en caliente. Hay personas que nunca esperan a oír toda una historia antes de expresar una opinión. Sus juicios están solo a medio formar, pues esperan apenas la mitad de la información que necesitan para formarse una opinión justa. Llegan a una conclusión de un salto cuando solo tienen ante sí una parte de los hechos. Como consecuencia, a menudo se equivocan, y no pocas veces cometen una grave injusticia contra otros a quienes condenan con pruebas parciales. No tenemos derecho a formarnos una opinión en la que esté en juego el carácter o el interés de otro, hasta que hayamos repasado paciente y concienzudamente todos los hechos, de modo que podamos juzgar con justicia. Los juicios formados con precipitación sobre los demás son los que con mayor probabilidad resultan injustos.
Hay también quienes toman decisiones precipitadas y contraen compromisos apresurados. Se dejan arrastrar por sus emociones y, en su entusiasmo, hacen promesas que después se ven incapaces de cumplir. Los fracasos en los negocios y las pérdidas de dinero resultan a menudo de inversiones precipitadas; los hombres se dejan engañar por perspectivas ilusorias y se lanzan a empresas que resultan improductivas. Muchas personas cometen errores semejantes al elegir amigos. Los jóvenes se sienten atraídos por un rostro hermoso o por un trato agradable, y se enamoran, para descubrir después ¡qué necios fueron! Muchos compromisos rotos y muchos matrimonios infelices se habrían evitado si hubiera habido más deliberación al comienzo.
Muchas personas tienen fama de no cumplir sus promesas. Quienes las conocen ponen poca confianza en su palabra, pues la rompen con la misma frecuencia con que la cumplen. A veces el problema está en la falta de conciencia al respecto: los hombres parecen pensar que no está mal faltar a una promesa, no cumplir un compromiso o desatender un voto. Otras veces, sin embargo, es porque hacen promesas con precipitación, sin considerar si podrán cumplirlas o no. Un hombre verdaderamente honorable jamás falta a su palabra más leve, pero tampoco da su palabra sin haber pensado primero el asunto con cuidado.
Incluso en la religión, Jesús enseña que los hombres deben calcular el costo antes de tomar su decisión: no porque pueda haber duda alguna acerca de su deber, sino porque mucho daño resulta de comenzar a seguir a Cristo y luego rendirse y volverse atrás. Es mejor no prometer que prometer y no cumplir. Es mejor no profesar seguir a Cristo que, hecha la profesión, no perseverar en ella y volver otra vez al mundo.
Así, en muchos ámbitos de la vida, la precipitación causa daños. Las personas no se toman tiempo para pensar, y entonces hacen cosas necias y temerarias que las meten en problemas y causan un daño incalculable a otros. Deberíamos entrenarnos en una mayor deliberación al hablar y al actuar. Deberíamos alcanzar tal señorío sobre nosotros mismos que nuestra lengua nunca nos traicione con palabra alguna imprudente, y que ni el apetito ni la pasión nos lleven jamás a hacer nada de lo que después nos arrepintamos.
Es una regla segura no hacer nada en medio del arrebato. Si alguien nos habla con dureza o amargura, mejor no dar ninguna respuesta durante algunas horas, hasta que haya habido tiempo para que la amargura se disipe. Si recibimos una carta que contiene algo que nos hiere, mejor dejarla a un lado y no contestarla de inmediato. Luego, después de haber escrito nuestra respuesta, sería bueno guardarla al menos hasta el día siguiente y volver a leerla antes de enviarla. Cuando los jóvenes empiezan a imaginarse que están enamorados, conviene que pongan una mano firme sobre sus sentimientos y un freno a su lengua, esperando un tiempo razonable antes de hacer ninguna declaración ni confesión. Nada sufrirá por la demora, y quizá se cometa una necedad menos si se toma tiempo para pensar en el asunto antes de decir nada.
Si se propone algún proyecto nuevo, con sus deslumbrantes visiones de éxito y de riqueza, y los jóvenes se sienten tentados a lanzarse en seguida a la empresa espléndida, acaso poniendo en ella todo su dinero, mejor que esperen. Más les vale asegurarse de que no es una simple burbuja que estallará mañana. «Quien no arriesga, no gana.» Podrá ser un lema suficientemente sabio en algunos campos, pero a menudo es un lema muy necio. Al menos, antes de arriesgarse, debería saberse con razonable certeza que el proyecto no es meramente ilusorio ni un fraude para sacar el dinero a inversores crédulos.
Bien podemos anotar el prudente consejo del secretario de la ciudad entre nuestras máximas de autogobierno: «Conviene que estéis tranquilos y no hagáis nada precipitadamente.» Nunca nos arrepentiremos después de pensar dos veces antes de hablar, de calcular el costo antes de emprender cualquier nuevo camino, de dormir sobre las afrentas y los agravios antes de decir o hacer nada en respuesta, o de considerar con cuidado cualquier negocio que se nos presente antes de poner dinero en él. Nos ahorrará mucho pesar, pérdida y tristeza recordar siempre no hacer nada precipitadamente. «Conviene que estéis tranquilos y no hagáis nada precipitadamente.»
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: "Do Nothing Rashly"
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.