El gozo de servir

Hablar de las propias dolencias

Una invitación a dejar de recitar nuestros achaques y dolores, y a compartir en cambio alegría, gratitud y bendiciones con quienes nos rodean.

Algunas personas parecen disfrutar siendo miserables. Al menos, hacen mucho más de las incomodidades de la vida que de sus cosas placenteras. Dicen muy poco de sus misericordias, pero mucho de sus miserias. Cuando te encuentras con ellas alguna mañana radiante y preguntas: «¿Cómo estás hoy?», tendrás que escuchar un largo recital de males personales; y te librarás bien si no eres también obsequiado con un lúgubre catálogo de las aflicciones y sufrimientos de todos los miembros de la familia de tus amigos. Aprendes poco a poco, si eres una persona ocupada, a no hacer preguntas que conduzcan a tales extendidas confesiones de desdicha.

Estas personas parecen pensar que hay alguna clase de mérito en tener dolencias o aflicciones de las que hablar a otros. Les parece un estado del todo indeseable e indigno aquel en el que pueden decir que están muy bien, sin nada de que quejarse. Parecen ser felices solo cuando algo les va mal, de modo que puedan apelar a la simpatía de sus amigos.

¿Cuál es el verdadero secreto de la commonness, casi la universalidad, de este hábito de la mente? Pues hay que confesarlo: hay comparativamente pocas personas con las que uno se encuentra que no sean adictas a este malsano modo de hablar de sus males y dolencias, sean reales o imaginarias. ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué parece dar tanto placer? ¿Está impulsado por un deseo malsano de simpatía? Uno que siempre está bien y nunca se queja, no es conmisirado. Nadie le dice: «¡Qué pálido te ves! Siento mucho que sufras tanto»; y muchas personas parecen hallar gran consuelo en ser compadecidas de este modo. ¡Prefieren que otros les hablen de sus dolencias antes que de su buena salud!

Pero lo mejor que puede decirse de tal anhelo es que es miserablemente malsano. Es también un egoísmo exagerado, que se complace en abrumar a los demás con el recital de todos los pequeños dolores o incomodidades corporales: cuántas horas uno estuvo despierto anoche, qué tos tan fuerte tiene, cómo le dolió la cabeza toda la mañana, cómo sufre ahora de reumatismo o neuralgia, cómo su digestión ha sido mala durante una semana, ¡y el interminable catálogo de males a los que la carne es heredera!

Supongamos que sí tuviste una noche inquieta, o que tosiste durante horas, o que estabas nervioso; o supongamos que tienes dolores en la espalda o en la cabeza, o un fuerte resfriado: ¿por qué debes repasar todos los detalles de tu miseria hablando con cualquiera que consigas que escuche el recital? ¿Qué bien proviene de hablar de estas cosas desagradables?

El hecho es que a la gente no le gusta escuchar tales quejas malsanas, a menos que ellos mismos estén dados al mismo hábito morboso, y puedan conseguir que escuches con simpatía su relato, ¡el cual probablemente intentarán hacer aún más morboso que el tuyo! Realmente no hay virtud alguna en ser miserable. Es mucho mejor estar sano y fuerte. Entonces, aun cuando uno tenga padecimientos, dolores o trastornos reales de cualquier clase, no tiene derecho a exhibirlos ante los demás; mucho mejor soportar la incomodidad en silencio y ser dulce, valiente y alegre en presencia de los amigos y vecinos.

Es inconmensurablemente mejor hablar de los diez mil consuelos, bendiciones y placeres de la vida, que de los pocos dolores y miserias. Es mejor para uno mismo; pues edificamos el carácter a partir de nuestros hábitos, y conviene más construir en nuestra vida el oro y la plata y las piedras preciosas del buen ánimo, que la madera, el heno y el rastrojo de la morbosa miseria. Es mejor también para el mundo; pues tiene ya suficientes problemas reales propios, y necesita mucho más nuestros cantos que nuestras tristezas.

Un autor relata este incidente, que está en la línea de lo escrito: La directora de un colegio de chicas administró una vez una reprensión eficaz a una alumna que siempre se estaba quejando de sus dolencias. Esta estudiante llegó una mañana a la escuela quejándose de un «resfriado espantoso». La profesora dijo alegremente: «¡Oh, qué alegría que tengas uno!». Naturalmente, la muchacha quedó asombrada; pero la sabia mujer continuó: «¿Por qué no habría de alegrarme? Siempre estás haciendo algo para enfermarte; así que, por supuesto, debes disfrutarlo, ¡y yo me alegro de que estés contenta!».

Esta punzante sarcástica abrió los ojos de la muchacha al conocimiento de que ella misma era responsable, en gran medida, de sus propias condiciones corporales; y que era un reflejo tanto de su inteligencia como de su conciencia ignorar así las leyes de la salud física. Ninguna persona cuerda se enorgullece jamás de la existencia en sí misma de defectos mentales surgidos por negligencia de la cultura intelectual. Sin embargo, nada es más común que ponerse como objeto de compasión cuando se está enfermo, por no haber ejercido el sentido común en asuntos sencillos de dieta y ejercicio. Además, es una ofensa contra la buena crianza desplegar los propios achaques ante los demás.

Emerson dice sobre este mismo tema: «Si no has dormido bien, o si tienes dolor de cabeza, o ciática, o lepra, o cualquier otro mal, ¡te ruego que guardes silencio!».

Hay un modo mejor: es sellar resueltamente los labios ante toda palabra de queja acerca de uno mismo, ante todo hablar de las incomodidades o dolencias propias. Nadie está realmente interesado en tal recital; nadie disfruta escuchándolo. Aun quienes escuchan pacientemente tu angustioso relato lo hacen solo por amable cortesía. Habla solo de las cosas luminosas y alegres de tu vida. Cuenta a otros tus mil misericordias y no tus una o dos miserias. Encuentra las cosas agradables, y habla de ellas, más que de las dolorosas. No tienes derecho a aumentar el desasosiego del mundo derramando tu relato de males, sean reales o imaginados. Da en cambio alegría y gozo, y exhala canto.

Se dijo de una hermosa mujer cristiana, junto a su ataúd, que por dondequiera que iba, el aire era más dulce después de que ella había pasado. Es esa la influencia que todos deberíamos procurar dejar detrás dondequiera que vayamos. Para hacerlo, debemos entrenarnos en negar nuestro propio egoísmo, en reprimir nuestros descontentos, en soportar en silencio las pruebas y sufrimientos de nuestra vida, en soportar con dulce paciencia las cosas desagradables y penosas, y en dar a los demás y al mundo solo dulzura y luz, por más agudo que sea nuestro propio dolor, o por más pesada que sea nuestra carga.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Talking of One's Ailments

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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