El pastor y su rebaño

La seguridad del rebaño: nunca perecerán

El rebaño redimido está seguro para siempre: ninguna fuerza enemiga puede arrebatarlo de la mano del Pastor, pues el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sellan la promesa de que no perecerá jamás.

16. LA SEGURIDAD DEL REBAÑO

¿Está este don de vida eterna, el gran don del divino Pastor de las ovejas, que hemos considerado en el capítulo anterior, colocado más allá de toda posibilidad de riesgo o de pérdida? ¿Alcanzará su pueblo con certeza el redil celestial al fin, atravesando ileso todos los contactos peligrosos? Aquella existencia de bienaventuranza sin fin, tan caramente comprada, está asegurada de manera inalienable e irrevocable. Una vez dentro del redil del Pastor, están en el redil para siempre: en posesión de una vida tan inmortal e imperecedera como la suya propia.

Jacob, en su conmovedor ruego al exigente Labán, habla de ovejas que habían sido robadas de noche y de día, y despedazadas por bestias salvajes. ¡Qué contraste tan llamativo con el Gran Pastor, cuando Él hace la protestación: «De los que me diste, no perdí a ninguno!» Él acalla todo temor y toda duda al pronunciar la gloriosa garantía: «Yo doy a mis ovejas vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano».

Esta forma negativa de enunciado repite, por implicación bajo una figura nueva, la verdad a la que nos hemos referido incidentalmente en un capítulo anterior: que hay en el mundo un Poder, o Poderes, adversario, cuyo propósito es lograr, si le es posible, la ruina y destrucción de los elegidos; que hay un Enemigo al acecho en las cercanías del redil, y que vigila su oportunidad para arrebatar las ovejas de las manos del Pastor. Satanás es ese gran contrincante. «Nosotros somos de Dios», dice Juan, hablando como representante del pueblo de Cristo; «y el mundo entero está en el maligno». En combinación con sus emisarios en legión, está siempre empeñado en asaltar una ciudadela. Esa ciudadela es el corazón del hombre, el corazón del creyente. Una ciudadela, no como muchas de las fortalezas o ciudadelas que vemos en nuestro propio país, donde los motores e instrumentos de guerra se dejan año tras año sin uso y sin perturbar: los cañones que despiertan sus truenos dormidos sólo en días de júbilo conmemorativo; los centinelas que recorren sus rondas, pero sólo cumplen vigilias fingidas; porque ningún enemigo está a las puertas, y la bandera de la paz cuelga tranquila en las almenas.

Pero ese corazón está en estado de asedio perpetuo. Por asalto y por secreta estratagema, el gigante adversario maquina su derroca. Y no es sólo contra los Pequeños-corazones y los Débiles-de-espíritu contra quienes dirige sus proyectiles. Es también contra los Valientes y los Grandes-corazones. Sabe que será más ilustre su triunfo si logra capturar a algún veterano en el campo, o demoler alguna fortaleza de renombre. Oye a uno de tales veteranos refiriendo su experiencia (¡qué representación nos da de la realidad de esta guerra espiritual!): «Luchamos» (¡LUCHAMOS! Es una lucha personal, pie a pie, mano a mano). «Luchamos, no contra sangre y carne, sino contra principados y potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra las maldades espirituales en las regiones celestiales».

¡Qué cuadro tenemos aquí del creyente en el calor del conflicto! Cristo le da el noble don de la vida; Satanás procura, con toda artimaña y arma maldita, arrebatarle la joya inestimable. Cristo le conduce al cielo, peldaño a peldaño por la escala de la salvación; Satanás vigila el momento en que pueda sorprenderlo desprevenido para precipitarlo. Es tiniebla que procura extinguir la luz. Es muerte que procura pisotear la vida. Son las dos fuerzas antagónicas del universo material actuando en lo espiritual: la una atrayendo hacia el sol central; la otra atrayendo hacia afuera, a órbitas desviadas.

Pero aquel que es el gran centro de la vida y luz y ser divinos, contrarresta, en el caso de todo su pueblo, el poder de «el príncipe de la potestad del aire». «No puedes arrebatar mi iglesia redimida», parece decir, «de su órbita de luz y de amor, y arrastrarla a las regiones de tiniebla sin esperanza y de desesperación vacía». «Mis ovejas no perecerán jamás». «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni cosas presentes, ni cosas venideras, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura, podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor».

Hall, en sus «Anhelos del alma devota», dice: ¿Qué haré, Señor? Por más que luche y me afane con las maldades espirituales en las regiones celestiales que asaltan mi alma, a veces soy vencido y salgo cojeando al campo. Es de tu misericordia que viva, siendo tan fieramente asaltado por aquellos principados y potestades; más que maravilla sería que escapara de tales manos sin herida. Aun aquel santo siervo tuyo, que luchó con tu ángel por una bendición, se fue cojeando, aunque prevaleció. ¡Qué maravilla es que un mísero tan débil como yo, luchando con muchos ángeles malos para evitar una maldición, salga con un daño o una cicatriz! Mas, bendito sea tu nombre, las heridas que recibo no son mortales; y cuando caigo, es sólo hasta mis rodillas, donde me levanto con nuevo ánimo y esperanzas de victoria. Tú, que eres el Dios de todo poder y guardas las llaves del infierno y de la muerte, has dicho: Resistid al diablo, y huirá de vosotros. Señor, yo lo hago y lo haré, por tu auxilio misericordioso, ahora y siempre: oh, haz que mi fe sea tan firme como mi voluntad es resuelta. ¡Oh! enseña aún a mis manos a la guerra, y mis dedos al combate; arma mi alma con fortaleza; y al fin, conforme a tu graciosa promesa, corónala con la victoria.

¿Cuáles son los fundamentos de esta inviolable seguridad de la bienaventuranza del creyente? DIOS, el eterno Padre, pone su sello a las palabras: «No perecerán jamás». Los atributos de su naturaleza: su poder, su amor, su fidelidad, su inmutabilidad, todos hacen imposible la destrucción de un solo miembro del redil redimido. «Mi Padre que me los dio es mayor que todos, y nadie puede arrebatarlos de la mano de mi Padre». «Tú», dice Cristo, dirigiéndose al Padre con referencia a sí mismo, «le has dado poder sobre toda carne, para que yo dé vida eterna a todos los que me has dado». «Los que me diste los he guardado, y ninguno de ellos se perdió». «Para que por dos cosas inmutables» (su juramento y su promesa), «en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un consuelo poderoso los que nos hemos refugiado para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros».

CRISTO, el adorable Hijo, pone su sello a las palabras: «No perecerán jamás». Tiene un interés y una responsabilidad personal en la salvación de cada miembro de su rebaño escogido. Le son entregados por el Padre. Puede decir, como Jacob dijo en aquella misma ocasión a la que acabamos de referirnos, de su rebaño a Labán: «Lo despedazado por bestias, yo lo pago; de mi mano lo requieres».

Dios, el ESPÍRITU SANTO, pone su sello a las palabras: «No perecerán jamás». «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención». «Y vosotros también estabais incluidos en Cristo cuando oísteis la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación. Habiendo creído, fuisteis sellados en él con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de los que son posesión de Dios, para alabanza de su gloria».

Además de estas inmutables garantías de cada una de las Tres Personas en la adorable Trinidad, tenemos un fundamento más especial de seguridad que brota de aquella sublime y ennoblecedora verdad tantas veces expuesta, directa e indirectamente, en las epístolas inspiradas: la unión espiritual del creyente con su Señor. Incorporado al cuerpo místico del cual Él es la Cabeza, perecer es imposible. Somos contados uno con Él. Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. «Si perecemos», dice Lutero, «Cristo perece con nosotros». Identificándose con su pueblo, puede suponérsele diciendo, como David dijo a Abiatar: «Quédate conmigo, porque el que busca tu vida busca mi vida; pero conmigo estarás a salvo». ¿Y qué es esta salvaguardia? Es la Deidad del Redentor. Aquel que me da vida, y que promete que esa vida es imperecedera, es «el Dios Fuerte». Mi esperanza de vida eterna, prometida antes de que el mundo comenzara, se asienta sobre la Roca de los Siglos. La divinidad le da su fuerza. Aquel que es poderoso para guardarme de caer es «el único y sabio DIOS nuestro Salvador».

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: 16 — Parte 1

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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