La sobriedad en la religión es un don y una gracia benditos. En nuestra santísima fe no hay lugar para la liviandad. Las cosas que conciernen a nuestra paz son asuntos solemnes y de peso, y si reposan sobre nuestro espíritu con algún grado de peso y poder, subyugarán esa ligereza que es el aliento mismo de la mente carnal.
Pero la sobriedad no implica solamente la ausencia de toda liviandad impropia en palabras y conducta, sino también la ausencia de toda imaginación desvariada y visionaria en las cosas de Dios. Denota, por tanto, aquel «espíritu de una mente sana» que el Apóstol dice es don de Dios. La piedad vital, es cierto, tiene sus misterios, sus revelaciones y manifestaciones, sus descubrimientos y operaciones espirituales y sobrenaturales; pero todos ellos vienen por la palabra de verdad, que es sencilla, de peso y sólida, y tan ajena a todo lo visionario o imaginativo, desvariado o alocado, como la luz lo es de las tinieblas; y por ello cada acto de fe, de esperanza o de amor será tan sencillo, sólido y de peso como la misma palabra de verdad, por cuyo medio, por el poder del Espíritu, son producidos y suscitados. Si alguno lo duda, lea en algún momento solemne los últimos discursos de nuestro bendito Señor con sus discípulos. ¡Cuán sencillos, cuán sólidos, cuán de peso son esos discursos! ¿No habrá de ser, pues, la fe que recibe, cree y se mezcla con esas palabras de gracia y verdad; la esperanza que ancla en las promesas allí pronunciadas; el amor que abraza la Persona graciosa y gloriosa de quien las habló, igualmente sencilla y sólida? ¿Qué cabida hay en tal fe, esperanza y amor para ideas visionarias, especulaciones alocadas y falsas espiritualizaciones de la Escritura, más que la que hay en las mismas palabras del Señor?
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: October 12
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.