El camino del cristiano

La voz del cielo sobre el justo

Dios divide a la humanidad en justos e impíos, y declara desde el cielo que al justo le irá bien en la vida, en la muerte y en la eternidad, porque Dios mismo está de su parte.

La familia humana se halla dividida en una gran variedad de distinciones sociales y artificiales. Los diversos grados de que se compone la sociedad actualmente son, sin duda, necesarios; es evidente que son de designio divino y provienen de las circunstancias y relaciones en que los hombres se encuentran colocados. Pero, a la vista de Dios, solo hay dos clases en las que pueden resolverse los múltiples elementos de la humanidad universal. Solo están los justos y los impíos; aquellos que sirven a Dios y aquellos que no le sirven. Concerniente a una de estas clases, la voz desde el cielo proclama que les irá bien; mientras que sobre la otra pronuncia un solemne ay, asegurándoles que se les dará su recompensa.

Que al justo le irá bien se desprende de muchas consideraciones. Él está reconciliado con Dios y tiene paz con Él, por medio de nuestro Señor Jesucristo. En su estado natural, todos los hombres son enemigos de Dios; la mente carnal es enemistad contra Dios; con tales, por tanto, debe anunciarse algo terrible. Lo que hace tan temible la condición de un impío es el solemne hecho de que Dios está contra él. Y lo que hace tan bendita la del justo es que Dios está por él. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?». Todos los atributos divinos están alineados contra el pecador impenitente; pero cuando él se convierte en santo, todos se unen para tomar su partido. Siendo así, teniendo al eterno Jehová en toda su perfección infinita de su lado, no puede ser de otro modo sino que le irá bien.

Le irá bien al justo, no solo en la vida, sino en la muerte. Está decretado, por el designio irrevocable del cielo, que todos los hombres deben morir. No hay licencia en esa guerra, ni exención de esa lucha mortal.

La riqueza no tiene soborno que la muerte acepte.

La sabiduría no tiene arte con el cual se pueda evitar la muerte.

El poder no tiene defensa contra la muerte.

La hermosura no tiene encanto ante los ojos de la muerte.

La voz de la elocuencia se pierde para el oído de la muerte.

¡Aun la religión no tiene seguridad contra el golpe de la muerte!

Aquí el más poderoso conquistador es vencido, y el más orgulloso de los monarcas se halla esclavo. De su cruel garra ninguna edad, ninguna condición puede escapar. Los que están en lozano y fresco vigor de la juventud no pueden escapar, porque «el hombre, en su mejor estado, es del todo vanidad». Los grandes y prósperos no pueden escapar, porque «también el rico murió, y fue sepultado». Los impíos no pueden escapar; son arrojados, sí, arrastrados en su maldad; la más temible de todas las muertes es la suya, la de morir en sus pecados. Tampoco el justo puede escapar; ha de ir por el camino de toda la tierra y convertirse en morador del silencioso sepulcro.

Pero, en esa solemne estación, le irá bien. Cuando los últimos granos de la hora contada se estén agotando; cuando sus amigos terrenales se vean compelidos a dejarlo; cuando el frío rocío de la muerte esté posado en grandes gotas sobre su pálida frente; cuando cada nervio y vena pueda ser torturado y lacerado en temibles agonías por el poder irresistible del lúgubre tirano; aun entonces le irá bien. La lucha moribunda pronto habrá concluido, y a través de los lúgubbres portales de la muerte entrará en aquel estado bendito donde todo es paz y dicha para siempre.

Oh, alma mía, pregúntate seriamente: ¿cuál es mi estado y carácter espiritual? ¿Soy yo uno de los justos, reconciliado con Dios por la muerte de su Hijo, y que procura andar delante de Él en todo lo que le agrada? ¿Conozco la bienaventuranza del hombre cuyas transgresiones son perdonadas y cuyos pecados son cubiertos?

«Si el pecado es perdonado, seguro estoy,

la muerte ya no tiene aguijón;

la ley da al pecado su poder fatal,

¡mas Cristo, mi rescate, murió!»

Muy pronto se emitirá el solemne llamamiento; aun ahora el Juez está a la puerta; y cuando se oiga el clamor de medianoche: «¡He aquí el esposo viene, salid a recibirle!», ¿seré hallado entre aquellos que están listos para entrar al banquete de bodas del Cordero? De una cosa estemos bien seguros: que solo cuando estemos revestidos de aquella justicia que es para todos y sobre todos los que creen; que solo cuando estemos cubiertos con el vestido de boda, esa túnica sin mancha, inmaculada y sin costura, que es la única que puede ocultar nuestra deformidad espiritual, seremos reconocidos como dignos de tener herencia entre los santificados.

«¡Bendito Jesús! Este es mi ruego y esta es mi petición: que yo sea hallado en Ti, no teniendo mi propia justicia, que en el mejor de los casos es solo trapos de inmundicia. Hazme justo por tu justicia, y amable por tu hermosura. Siendo hallado por Ti en paz, sin mancha e irreprensible, podré levantar mi cabeza en medio de los gemidos de la naturaleza que se deshace, y, dejando un mundo convulso en llamas, me elevaré, gritando con todos tus santos: ¡He aquí este es nuestro Dios; le hemos esperado, y nos salvará; este es el Señor; le hemos esperado, nos alegraremos y nos gozaremos en su salvación!».

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: The Voice from Heaven

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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