"Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no puede esconderse. Nadie enciende una lámpara y la pone debajo de un cesto, sino sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. De igual manera, dejad brillar vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos." Mateo 5:14-16
Al atardecer, cuando comenzaba a oscurecer y la dueña de la casa encendía su rústica lámpara, no la colocaba en el suelo y la cubría con un cesto, sino que la ponía sobre el candelero, para que su luz llenara la habitación. Jesús dijo a sus discípulos que ellos eran sus lámparas, y que quería que su luz brillara con claridad. Sin embargo, hay muchas maneras en que los cristianos esconden u oscurecen la luz que hay en ellos.
Está, por ejemplo, la cobertura de la timidez. Hay personas que aman a Cristo, pero se retrotraen ante una confesión pública de él. La misma profundidad e intensidad de su amor parecen hacerles imposible expresarlo. Sus sentimientos son demasiado sagrados para ser revelados. Siempre debe haber un recámara interior de fe y de amor en el corazón del cristiano, donde solo Dios pueda tener entrevista con el alma. Hay sentimientos que no pueden comunicarse a ningún amigo humano. Hay un amor del cual no podemos hablar. No se nos exige hablar con muchas personas acerca de la piedad de nuestro corazón. Existe una reserva conveniente, que se retrae de poner al descubierto la experiencia espiritual íntima. Decimos que es casi una profanación cuando alguien charla en público de las cosas sagradas de un afecto humano tierno. ¿Es menos sagrada, menos santa, la amistad del corazón con Cristo? Ciertamente no se debería esperar de nadie que exponga a la mirada pública todo lo que pertenece al lugar santísimo de su comunión con Cristo.
Sin embargo, hay peligro de que la timidez se convierta en una cobertura que esconda la luz de la confesión cristiana. Aun un hombre tan bueno como Timoteo parece haber necesitado la exhortación de Pablo: "Aviva el don de Dios que está en ti." Timoteo no estaba sacando el mayor provecho de su vida cristiana. No estaba usando todo el poder que tenía. Solo una luz comparativamente débil brillaba desde su vida, cuando debería haber habido un ardor resplandeciente. Pablo le dijo: "Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino de poder, de amor y de dominio propio." Timoteo parecía estar cubriendo su luz bajo un espíritu de timidez, de vergüenza, casi de cobardía.
Conviene a todos nosotros examinarnos para saber si el don que hay en nosotros no necesita ser avivado, como un fuego que está humeando; si no necesitamos más valor; si nuestra timidez no puede ser una falta seria en nosotros, y si no está impidiendo nuestra utilidad como cristianos. Debemos sacar la lámpara de debajo de la cobertura de la reserva tímida, y colocarla sobre el candelero de una confesión sincera y valiente de Cristo.
Está también la cobertura del sentimiento natural. El corazón mismo de toda la vida cristiana es el amor. Dios es amor, y se nos manda ser perfectos, como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto. El resumen de los mandamientos es: " Amarás." Se nos enseña a ser sufridos en el padecimiento de la injuria y del agravio; a ser pacientes para con todos; a amar a nuestros enemigos; a perdonar a los que nos han ofendido; que el siervo del Señor no debe contender, sino ser amable para con todos; que cuando somos injuriados, no debemos injuriar de nuevo; que no debemos vengarnos, sino más bien dejar lugar para la ira de Dios; que debemos desechar la malicia, la ira y la vocería, y ser de espíritu dulce. El amor es la luz que debe brillar continuamente desde la vida de Cristo en nosotros.
Pero algunos esconden esta luz alegre del amor bajo los viejos sentimientos naturales de resentimiento, de falta de perdón y de amargura. Se ofenden con facilidad. Guardan rencores. No son considerados. No perdonan. Son de genio vivo, apresurados en su hablar, faltos de afecto y de simpatía. Pueden tener un corazón de amor; pero parece como si hubiera una corteza dura que lo rodea y lo cubre, e impide el desbordamiento del amor.
Hay muchas buenas personas que no revelan lo mejor de sí mismas. Son como una vieja fortaleza: por fuera, muros fríos, severos y repelentes; pero por dentro, un hermoso jardín, con amor de hogar y refugio. Estos hombres son exteriormente bruscos, severos e inaccesibles; pero, cuando se encuentra el camino a su corazón, allí hay calor, con fiel constancia y abrigo de un amor fuerte. ¡Pero cuánto mejor sería si no existiera ese austero exterior; si el amor se abriera camino hasta los modales, al habla, a toda su expresión! No deberíamos esconder la luz cálida del amor de nuestro corazón debajo de una cobertura de falta de amabilidad exterior, sino colocar la lámpara donde su brillo alcance a toda vida que toque la nuestra o que venga bajo nuestra influencia.
Luego, está la cobertura del orgullo, la egolatría y la vanidad, que a veces oscurece la luz. La religión cristiana nos enseña a ser modestos y humildes en nuestro proceder, a desear más bien dar que recibir, a procurar más bien servir que ser servidos, a preferirnos los unos a los otros en honra, en vez de exigir honra para nosotros mismos. No debemos insistir en salir siempre con la nuestra, ni pensar que solo nosotros sabemos algo bien, o podemos hacer algo de la manera correcta.
Pero a veces encontramos a un hombre, un hombre cristiano, tan lleno de vanidad que no considera de importancia la opinión de ningún otro. Es recto, veraz y honrado, firme en sus principios, inflexible en su integridad; pero la lámpara de su buena vida está escondida debajo del cesto de una egolatría ofensiva, de una vanidad insoportable. Trata a las demás personas y a sus sugerencias casi con desprecio. Es dictatorial y despótico, incapaz de cooperar en la obra con otros. Tal hombre, por la grave falta de su carácter, frustra el propósito mismo de su mejor anhelo. Desea ser un líder; pero busca la posición como un derecho, reclamándola, exigiéndola, más que ganándola por la fuerza del carácter y de la capacidad, y por la disposición a servir. Algunos hombres espléndidos, con poderes magníficos, son hechos casi inútiles para sus semejantes por este espíritu ofensivo. Los verdaderos líderes son aquellos que no prestan atención a las meras formas externas de la posición, la precedencia y el rango, sino que se entregan en amor y servicio abnegado al bien de los demás.
Exigiendo el lugar, uno puede volverse como la figura de proa, que se jacta en su vanidad sobre la proa del barco; pero el verdadero hombre de influencia es más bien como la hélice, que, oculta a la vista, impulsa al buque a través de mares y tempestades. Jesús dijo que son principales, no los que pretenden ser primeros y tener el rango más alto, sino los que sirven más profundamente y con más desinterés. No debemos esconder la luz de nuestra vida debajo de la cobertura de una egolatría desagradable, sino colocar la lámpara sobre el candelero de una devoción olvidada de sí misma al bien de los demás.
Otro de los cestos que algunos cristianos ponen sobre sus lámparas es el hábito de la queja y el malhumor. La luz es clara y blanca. La vida cristiana en su divina belleza es todo resplandor. Dos palabras, paz y gozo, expresan su verdadero espíritu. La PAZ es quietud, calma, reposo, contentamiento en cualquier circunstancia. La luz de la paz debe brillar en toda vida cristiana. Luego, el GOZO es propio del cristiano; no el gozo de este mundo, que depende de las condiciones mundanas y sube y baja con las mareas de las circunstancias, sino el gozo de Cristo, que el mundo no puede dar ni quitar.
La paz y el gozo son características esenciales de la luz que debe brillar desde la lámpara de todo cristiano. ¡Pero cuántas personas cubren esta luz blanca y pura con el hábito del descontento y la queja! ¡A cuántos de nosotros se nos ha deslizado en la vida el espíritu de la preocupación! ¡Cuántos nos permitimos murmurar y encontrar defecto en casi todo lo que nos toca! ¡Cuántos vivimos en una perpetua fiebre de descontento! Tales hábitos empañan el resplandor de la luz que debería irradiarse desde nuestra vida.
La queja estropea la belleza espiritual. Un hábito de ansiedad esconde la luz de la paz y del gozo. Si tan solo nos despojáramos de estas coberturas inadecuadas y dejáramos que la luz de Cristo en nosotros brillara, multiplicaría diez veces nuestra influencia y nuestro poder como cristianos. Aun en las pruebas más amargas y en los pesares más profundos de la vida, la luz de la lámpara que arde dentro debería brillar sin mengua. En verdad, en el dolor la luz interior debería ser aún más clara que en el gozo.
Otra cobertura que oscurece la luz en demasiados cristianos es la falta de mansedumbre. Acaso no nos damos cuenta de cuánto de la influencia de la vida depende de los modales. Hay quienes son verdaderos cristianos: nadie duda de su sinceridad. Son honestos, leales a la verdad, generosos al dar, hombres útiles. Sin embargo, en sus modales son tan poco amables que a menudo casi destruyen su influencia para el bien.
Necesitamos estudiar el arte de vivir en cuanto a su manera. Por la forma en que uno dice "Buenos días", deja ya sea una impresión grata e inspiradora, o proyecta una sombra fría sobre un alma sensible. Necesitamos entrenarnos en la consideración, la amabilidad, la dulce cortesía cristiana; no en ostentación, no en exageración de aprecio, pues estas son marcas que denotan una medida de insinceridad y de debilidad, y son casi peores que la grosería; sino en un afecto sincero en nuestro trato con todos. Debemos ser corteses con todos, aun con el mendigo de nuestra puerta; con la persona más humilde que encontremos.
Nuestros modales cristianos deben ser la interpretación de nuestra vida cristiana. Quizá digamos como excusa de la falta de una cortesía refinada, que nuestro corazón es mejor que nuestros modales; si es así, ¿cómo sabrán los demás que lo es? Si nuestros modales carecen de mansedumbre y de dulzura, estamos escondiendo nuestra luz debajo de un cesto, y no está brillando para bendecir a otros.
Estos son algunos de los velos que con demasiada frecuencia oscurecen la luz de la vida cristiana. Si parecen cosas pequeñas, meras faltas de modo o de expresión, conviene recordar que mucho más de lo que advertimos, nuestras vidas sufren en su influencia por lo que llamamos cosas pequeñas. Quienes nos ven y juzgan nuestro carácter no pueden mirar en nuestro corazón para contemplar la luz brillante que arde allí debajo de todo lo que la oscurece; tienen que juzgar del todo por lo que brilla hacia afuera. Debemos cuidar, por tanto, que nada esconda ni empañe el resplandor de nuestra lámpara.
Pablo exhortó a los filipenses a pensar no solo en todo lo que es verdadero, justo, honorable y puro, sino también en todo lo que es amable y de buen nombre. Si no hacemos hermosa y atrayente nuestra vida en su forma exterior, que es lo único que los hombres ven, ¿cómo sabrán de la belleza, de la gracia y del valor que hay dentro? Debemos expresar siempre, en nuestros sentimientos y en nuestra conducta, en todo nuestro comportamiento y porte, lo mejor que hay en nosotros, si queremos honrar debidamente a nuestro Señor.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Lamps and Baskets
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.