Las buenas obras, propiamente dichas, brotan de la operación interior de la gracia de Dios. Al hacer bueno el árbol, hace bueno el fruto (Mt. 12:33). Él obra en nosotros primero el querer hacer el bien, y luego nos da el poder. Así obra en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad (Fil. 2:13). Bajo las operaciones de su gracia somos transformados por la renovación de nuestro entendimiento para comprobar cuál sea la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios (Ro. 12:2); y a medida que esta voluntad se busca para conocerla y hacerla, las buenas obras siguen como fruto necesario.
Todos aquellos actos de amor y afecto, de bondad, simpatía y generosidad hacia el pueblo del Señor; todos esos casos de negación propia y de disposición antes a sufrir que a hacer lo malo; todas esas pruebas de deseo desinteresado de hacer todo el bien que podamos según nuestros medios, posición y circunstancias de la vida; todo ese esfuerzo por alcanzar y mantener la integridad y rectitud de conducta en todos los asuntos de negocio y de confianza; esa adhesión estricta y escrupulosa a nuestra palabra, aun en perjuicio propio; el cumplimiento cristiano de nuestros deberes relativos y de las relaciones sociales de esposo y padre, esposa y madre, que la Escritura ha ordenado.
En una palabra, todas esas obras que por casi unánime consentimiento son llamadas «buenas» por los hombres, sólo son real y verdaderamente buenas en cuanto son obradas en el corazón, en los labios y en la vida por el poder de Dios.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: August 29
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.