Horas devocionales con la Biblia — volumen 5

Las excusas vacías que nos apartan del banquete de Dios

Cristo prepara un banquete de gracia y envía su invitación a todos. Sin embargo, muchos rechazan su mesa con pretextos huecos que cuestan el alma. Aún hay lugar, y el cielo sigue abriendo sus puertas.

«Un hombre preparaba un gran banquete e invitaba a muchos convidados». Esta cena es una figura de las bendiciones de la redención. La redención de Cristo es llamada grande: grande el que la prepara, grandes sus bendiciones, grande el número de los que la disfrutan, grande su duración eterna y grande la dulzura de sus goces. En un banquete los hombres ofrecen lo mejor que pueden conseguir; en el evangelio tenemos lo mejor que el cielo puede dar. En un banquete hay abundancia; en el evangelio hay abundancia infinita. En un banquete hay grata comunión, y el evangelio nos lleva a la comunión íntima con Dios y a la dulce comunión con otros cristianos. Hay, sin embargo, un contraste notable: los banquetes de la tierra pronto terminan, mientras que el banquete del evangelio no tiene fin.

Luego viene la invitación: «Venid, porque ya todo está preparado». Una de las cosas que se incluyen es el perdón de los pecados. En el fondo de toda alma está la conciencia del pecado y de la separación de Dios a causa del pecado. Existe, por tanto, un anhelo de que el pecado sea quitado, y la paz nunca puede llegar hasta que este anhelo sea satisfecho. Otra hambre del corazón es la comunión con Dios. El alma humana fue hecha para Dios y nunca puede hallar descanso hasta que lo encuentra en la reconciliación con Dios y la comunión restaurada con Él. La amistad humana es muy dulce y produce un gozo profundo, pero necesitamos también el amor de Dios en nuestros corazones para que la satisfacción sea completa.

Quien no conociera los hechos diría que esta invitación encontraría aceptación universal. Apenas podemos pensar en alguien que rechace la invitación a una fiesta como esta. Pero en lugar de una aceptación universal, «todos por igual comenzaron a excusarse». La mayoría de las personas están ansiosas por aceptar los honores sociales. Pero este es un banquete espiritual. No son los manjares de este mundo los que cargan la mesa, sino las cosas del amor de Dios. El gozo al que los hombres son aquí invitados no es la festividad de la tierra, sino el gozo del perdón del pecado y de la comunión con Dios. Para aceptar esta invitación, los hombres deben dejar sus pecados y entrar en una nueva vida de santidad. El corazón natural no recibe esto con agrado. La negativa de los invitados es fiel a la naturaleza humana.

Las excusas que se dan son solo excusas; no son razones verdaderas. La verdad es que los invitados no quieren venir a este banquete, y por eso inventan pretextos con apariencia de razones para no aceptar la invitación. Los hombres no quieren decir de plano que no vendrán a Cristo ni aceptarán su misericordia y su amor. Eso parecería descortés. Por eso recurren a la insinceridad y a la hipocresía, revelando, bajo toda clase de pretextos frágiles y vacíos, su falta de voluntad para aceptar a Cristo como su Salvador y Amigo.

Las excusas que se dan son típicas.

Uno dijo: «Acabo de comprar un campo, y necesito ir a verlo. Te ruego que me disculpes». Esta puede llamarse la excusa de los bienes. Ese terreno fue muy costoso para su nuevo dueño, si consideramos que lo apartó del todo de Cristo y lo privó de posesiones eternas. Sin embargo, hay muchos campos que han hecho precisamente esto. Han costado a los hombres sus almas. La parábola no está exagerada. Hay muchísimas personas que pierden su alma por cosas que valen aún menos que un campo de diez acres. Esaú obtuvo solo una comida corriente como precio de su primogenitura. Judas obtuvo alrededor de doce o trece dólares por su acto de traición a su Maestro, que ha ennegrecido su nombre por todas las generaciones y ha enviado su alma a la oscuridad eterna.

El cuidado de los bienes es siempre un peligro insidioso. No está destinado a ser una trampa para los hombres; los negocios deberían ser una ayuda hacia el cielo. Y lo son cuando se llevan a cabo como nuestro Maestro quiere que se lleven. Muchos hombres, sin embargo, se dejan llevar a dar más atención a planear cómo sacar el mayor provecho de sus tierras y de su dinero que a la salvación de sus almas y al mayor provecho de sus vidas espirituales.

El segundo hombre ofrece la excusa de los negocios. «Acabo de comprar cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlos. Te ruego que me disculpes». Ya tenía compromisos para el día en que llegó el banquete, compromisos de negocios que pensaba que no podía dejar, más bien, que no quería dejar. No tenía intención de aplazar el domeño de sus bueyes para poder asistir al gran banquete del evangelio. Es decir, no estaba dispuesto a hacer un pequeño reajuste de sus asuntos de negocios, aun para honrar a su Dios y obtener una nueva bendición para sí mismo. El asunto de probar los bueyes ciertamente podía esperar otro día, pero el hombre perdió por completo el banquete mientras pasaba el día en el polvoriento campo.

Muchas personas se mantienen alejadas de los servicios de la iglesia, de los deberes cristianos y del mismo Cristo por sus ocupaciones de negocios. Dicen que no tienen tiempo para orar o leer la Biblia porque su trabajo es muy apremiante. No tienen tiempo para ir a la iglesia ni para interesarse en las cosas espirituales, porque sus deberes mundanos los presionan tanto. Un hombre decía el otro día que siempre jugaba golf los domingos. Su trabajo durante la semana le exigía cada momento de sus días. Su mente estaba bajo una tensión constante. Para poder comenzar de nuevo esa vida de estrés el lunes, necesitaba un descanso absoluto el domingo. Este descanso, decía, no lo encontraba en ninguna parte como en el golf.

Así es como muchos hombres hablan del asunto de la religión. No tienen tiempo para ella. Necesitan el domingo para descansar. Sin embargo, alguno de estos días tendrán que sacar tiempo para enfermarse; y luego, algún día, tiempo para morir. ¿Qué consuelo hallarán en esas horas de todos sus años de absorbentes cuidados de negocios?

El tercer hombre dio el placer como excusa. «Acabo de casarme, y por eso no puedo ir». Estaba tan absorto en los goces de la vida conyugal que no podía apartarse. No hay duda de que los placeres y delicias del hogar absorben con frecuencia a las personas de tal modo que las apartan de los deberes cristianos e incluso de Cristo. A veces las mismas bendiciones del hogar interfieren con el seguimiento fiel de Cristo. Una esposa amante puede, sin intención, retener a su esposo lejos del servicio cristiano por las exigencias de su afecto. No quiere desprenderse de su lado para que él haga la obra que el Maestro quiere que haga. Pedro, en su amor por su Maestro, habría querido impedir que fuera a su cruz. Con demasiada frecuencia un hogar feliz, por su misma felicidad, satisface tanto los corazones de los hombres que no sienten la necesidad de nada más. Todos necesitamos velar para no permitir jamás que nuestro hogar o nuestro amor por los seres queridos nos separen en modo alguno del cumplimiento pleno de nuestro deber para con Cristo. Si amamos al padre o a la madre, a la esposa o al amigo, más que a Cristo, no somos dignos de Él.

Cuando el amo recibió las «excusas» de sus invitados, mandó a su siervo salir pronto a las calles y callejones y traer a los pobres, los mancos, los ciegos y los cojos. El siervo lo hizo y reportó: «¡Aún hay lugar!». Siempre hay lugar. El corazón de Dios nunca está lleno. La iglesia nunca está llena: sus puertas permanecen siempre abiertas y su bienvenida se extiende a todo el que quiera venir. El cielo nunca está lleno:aún hay lugares aún sin llenar en sus muchas mansiones. En la descripción del cielo del libro del Apocalipsis se nos dice que la ciudad tiene doce puertas, tres que entran desde cada punto cardinal (Ap. 21:10-13). Estas puertas proclaman para siempre la bienvenida del cielo a todos los que quieran venir. Nunca se cierran, ni de día ni de noche, y no importa cuándo uno venga, hallará pronta admisión y gloriosa bienvenida.

El cielo debe llenarse. Si los primeros invitados no quieren venir, la invitación se extiende a otros y se les insta con insistencia. «Sal a los caminos y a los cercados, y Oblígalos a entrar», fue la orden. Estas palabras nos muestran la importancia del empeño en quienes tienen el deber de invitar a los hombres al Señor Jesucristo. No se trata simplemente de encontrar a Cristo nosotros mismos y quedar satisfechos. El primer impulso del verdadero cristiano es buscar a otros perdidos. Las palabras de la parábola sugieren, en primer lugar, que debemos ir a todo el mundo, dondequiera que haya un alma perdida, e invitar a todos a venir. Debemos invitarlos con empeño, constreñirlos, insistir en la invitación ante ellos.

Los periódicos de la mañana contaban el otro día cómo un policía entraba de prisa en un edificio en llamas, subía las escaleras, entre el fuego y el humo, para salvar a una madre y a sus hijos. ¡Deberíamos tener un empeño semejante en rescatar a las almas que perecen!

¿Cómo será con nosotros cuando lleguemos al fin de nuestra vida si no hemos rescatado a nadie de las tempestades y de los peligros? Por otra parte, gran parte del gozo del cielo vendrá de encontrarnos con aquellos a quienes se nos haya permitido llevar a Cristo.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: False Excuses

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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