Se requería más que valor humano para pronunciar estas palabras: «Levantaos, vamos de aquí». Fue el llamamiento del Capitán de nuestra salvación a sus hijos; fue su cita para acompañarle al campo de batalla. La última cena había terminado y la escena de la despedida casi se cerraba. ¡Qué tiernas seguridades, qué fieles advertencias habían brotado de los labios de Jesús mientras estaba sentado a la mesa rodeado de sus amados discípulos! Pero ahora dice: «Ya no hablaré mucho con vosotros». Estas dulces conversaciones pronto terminarían. En vez de hablar con sus discípulos, el Hijo de Dios tendría que luchar con sus enemigos.
Se han librado muchas batallas sangrientas desde que el mal entró en este mundo. En algunas ocasiones, cientos de miles se han enfrentado en el campo. Pero nunca hubo una batalla como la librada en el huerto de Getsemaní y en la cruz del Calvario. Allí legiones de espíritus malignos, mandadas por el príncipe de este mundo, asaltaron al Hijo de Dios. Del lado de Satanás había una hueste innumerable; del otro, un solo hombre, el hombre Cristo Jesús. Nadie puede concebir los tormentos que soportó en el conflicto. La agonía del alma le hizo sudar grandes gotas de sangre y le arrancó el amargo clamor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Hallamos en los salmos una descripción de los movimientos de su alma dolorida, cuando se retorcía bajo el peso de las tentaciones de Satanás. Si queremos simpatizar con nuestro Salvador sufriente, leamos el salmo veintidós. ¡Qué expresiones son estas! «Mi corazón es como cera, derretido en medio de mis entrañas». ¡Qué oración es esta: «Sálvame de la boca del león!».
Pero ¿cómo fue que Satanás no pudo prevalecer contra el Hijo de Dios? El mismo Jesús lo explica: «Viene el príncipe de este mundo, y él no tiene nada en mí». No había pecado en el corazón del Salvador, no había nada en lo que Satanás pudiera trabajar. Una cantera de mármol no puede incendiarse, y el Hijo de Dios era a prueba de la tentación. Satanás había seducido una vez a ángeles sin mancha de su obediencia. Pero hay una diferencia infinita entre la santidad de una criatura y la del Creador. Aun aquellas criaturas que nunca han pecado no son, como Dios, incapaces de contaminación. Por eso está escrito: «A sus ángeles imputó locura» (Job 4); y «Los cielos no son limpios delante de sus ojos» (Job 15).
Pero aunque el Hijo de Dios sabía que obtendría la victoria, miraba hacia el conflicto con horror. Con gozo había dicho: «Voy al Padre». Con angustia declaró: «Viene el príncipe de este mundo». Satanás venía a hacer un último intento de arrancar el cetro de sus manos y arrebatar la corona de su cabeza. Verdaderamente terrible fue la hora del poder de las tinieblas.
¿Cuál fue el poderoso motivo que impelió al Hijo de Dios a salir al encuentro del enemigo? Fue el amor. ¿Hacia quién? Hacia su Padre. Fue el amor a su Padre lo que le apartó de la mesa alrededor de la cual estaban sentados sus discípulos y le condujo al huerto al que se apresuraban sus enemigos. Por eso dijo: «Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago. Levantaos, vamos de aquí».
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: to end. Christ goes forth to meet the prince of this world
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.