La santidad cristiana

Lo que realmente cuesta seguir a Cristo sin reservas

La verdadera fe exige renuncia, lucha y perseverancia; quien no calcula el costo abandona el camino. Una religión que nada cuesta, nada vale ante Dios.

«¿Quién de ustedes, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo?» Lucas 14:28

El texto que encabeza esta página es de gran importancia. Pocas son las personas que no se ven obligadas con frecuencia a preguntarse: «¿Cuánto cuesta?»

Al comprar una propiedad, al construir una casa, al amueblar las habitaciones, al formar planes, al cambiar de vivienda, al educar a los hijos, es sabio y prudente mirar hacia adelante y considerar el costo. Muchos se ahorrarían mucha pena y muchos problemas si tan solo recordaran la pregunta: «¿Cuánto cuesta?»

Pero hay un tema sobre el cual es especialmente importante calcular el costo. Ese tema es la salvación de nuestras almas. ¿Cuánto cuesta ser un verdadero cristiano? ¿Cuánto cuesta ser un hombre verdaderamente santo? Esta, después de todo, es la gran pregunta. Por falta de reflexión sobre esto, miles, después de parecer comenzar bien, se apartan del camino al cielo y se pierden para siempre en el infierno.

Vivimos tiempos inusuales. Los acontecimientos se precipitan con una rapidez singular. Nunca sabemos «qué podrá traer un día»; ¡cuánto menos sabemos lo que podrá suceder en un año! Vivimos en una época de gran profesión religiosa. Multitudes de cristianos profesos en toda la tierra expresan el deseo de mayor santidad y de un grado más elevado de vida espiritual. Sin embargo, nada es más común que ver a personas recibir la Palabra con gozo y, después de dos o tres años, caer y volver a sus pecados. No habían considerado lo que cuesta ser un creyente verdaderamente consecuente y un cristiano santo. Ciertamente, estos son tiempos en los que deberíamos sentarnos con frecuencia a calcular el costo y a considerar el estado de nuestras almas. Debemos cuidar lo que hacemos. Si deseamos ser verdaderamente santos, es una buena señal. Podemos dar gracias a Dios por poner ese deseo en nuestros corazones. Pero aun así, el costo debe ser calculado. Sin duda, el camino de Cristo a la vida eterna es un camino de delicias. Pero es una locura cerrar los ojos al hecho de que su camino es estrecho, y la cruz viene antes que la corona.

1. El COSTO de ser un verdadero cristiano

Que no haya error acerca de mi significado. No estoy examinando lo que cuesta salvar el alma de un cristiano. Sé bien que cuesta nada menos que la sangre del Hijo de Dios para proveer expiación y redimir al hombre del infierno. El precio pagado por nuestra redención no fue otra cosa que la muerte de Jesucristo en el Calvario. «Han sido comprados por precio.» «Cristo se dio a sí mismo en rescate por todos» (1 Corintios 6:20; 1 Timoteo 2:6). Pero todo esto está lejos de la cuestión.

El punto que quiero considerar es otro por completo. Es lo que un hombre debe estar dispuesto a renunciar si desea ser salvo. Es la cantidad de sacrificio que un hombre debe soportar si pretende servir a Cristo. En este sentido planteo la pregunta: «¿Cuánto cuesta?» Y creo firmemente que es una cuestión de la mayor importancia.

Concedo libremente que cuesta poco ser un mero cristiano externo. A un hombre le basta con asistir a un lugar de culto dos veces el domingo y ser tolerablemente moral durante la semana, y habrá llegado tan lejos como miles a su alrededor jamás llegan en materia de religión. Todo esto es obra barata y fácil; no exige negación ni sacrificio de sí mismo. Si este es el cristianismo que salva y que nos llevará al cielo cuando muramos, tendremos que alterar la descripción del camino de vida y escribir: «¡Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva al cielo!»

Pero sí cuesta algo ser un verdadero cristiano, conforme al estándar de la Biblia. Hay enemigos que vencer, batallas que pelear, sacrificios que hacer, un Egipto que abandonar, un desierto que atravesar, una cruz que llevar, una carrera que correr.

La conversión no consiste en sentar a un hombre en un cómodo sillón y llevarlo placenteramente al cielo. Es el comienzo de un poderoso conflicto, en el cual cuesta mucho ganar la victoria. De ahí surge la importancia incalculable de «calcular el costo.»

Permítaseme mostrar con precisión y de manera particular lo que cuesta ser un verdadero cristiano. Supongamos que un hombre está dispuesto a entrar al servicio de Cristo y se siente atraído e inclinado a seguirle. Supongamos que alguna aflicción, alguna muerte repentina o un sermón conmovedor ha agitado su conciencia y le ha hecho sentir el valor de su alma y el deseo de ser un verdadero cristiano. Sin duda, todo está a su favor para animarle. Sus pecados pueden ser perdonados libremente, por muchos y grandes que sean. Su corazón puede ser cambiado por completo, por frío y duro que sea. Cristo y el Espíritu Santo, misericordia y gracia, todo está dispuesto para él. Pero aun así, debe calcular el costo. Veamos particularmente, una por una, las cosas que su religión le costará.

1. El verdadero cristianismo le costará a uno su propia justicia. Deberá desechar todo orgullo, todo pensamiento altivo y toda presunción de su propia bondad. Deberá conformarse con ir al cielo como un pobre pecador salvo solo por gracia gratuita, debiéndolo todo al mérito y a la justicia de otro. Deberá sentir de verdad que «se ha extraviado y perdido como una oveja», que «ha dejado sin hacer lo que debía haber hecho» y que «no hay fuerzas en él.» Deberá estar dispuesto a renunciar a toda confianza en su propia moralidad, respetabilidad, oraciones, lectura bíblica, asistencia a la iglesia y recepción de sacramentos, y a confiar en nada más que en Jesucristo.

2. El verdadero cristianismo le costará a un hombre sus pecados. Deberá estar dispuesto a renunciar a todo hábito y práctica que sea malo a los ojos de Dios. Deberá poner su rostro contra el pecado, reñir con él, romper con él, combatirlo, crucificarlo y trabajar para mantenerlo sometido, diga o piense lo que diga el mundo que le rodea. Deberá hacerlo de manera honesta y recta. No deberá haber tregua secreta con ningún pecado especial que ame. Deberá contar todos sus pecados como enemigos mortales y aborrecer todo camino falso. Sean pequeños o grandes, manifiestos o secretos, todos sus pecados deberán ser renunciados a fondo. Pueden luchar duramente con él cada día y a veces casi dominarlo. Pero él nunca deberá ceder ante ellos. Deberá mantener una guerra perpetua con sus pecados. Está escrito: «Echad de vosotros todas vuestras transgresiones.» «Romped con vuestros pecados e iniquidades.» «Dejad de hacer lo malo» (Ezequiel 18:31; Daniel 4:27; Isaías 1:16).

Esto suena duro. No me sorprende. ¡Nuestros pecados suelen sernos tan queridos como nuestros hijos! Los amamos, los abrazamos, nos apegamos a ellos y nos deleitamos en ellos. ¡Partir de ellos es tan difícil como cortar una mano derecha o arrancar un ojo derecho! Pero debe hacerse. La separación debe llegar. «Aunque la impiedad sea dulce en la boca del pecador, aunque la esconda bajo su lengua; aunque la perdone y no la abandone», con todo, debe ser entregada si desea ser salvo (Job 20:12, 13). Él y el pecado deberán reñir, si él y Dios han de ser amigos. Cristo está dispuesto a recibir a cualquier pecador. Pero no los recibirá si se aferran a sus pecados.

3. Asimismo, el cristianismo le costará a un hombre su amor a la comodidad. Deberá tomar molestias y fatigas si pretende correr con éxito la carrera hacia el cielo. Deberá velar y estar diariamente en guardia, como un soldado en territorio enemigo. Deberá cuidar su conducta cada hora del día, en toda compañía y en todo lugar, en público lo mismo que en privado, entre extraños lo mismo que en casa. Deberá ser cuidadoso con su tiempo, su lengua, su temperamento, sus pensamientos, su imaginación, sus motivos y su conducta en toda relación de la vida. Deberá ser diligente en sus oraciones, su lectura bíblica y el uso de los domingos, con todos sus medios de gracia. En atender estas cosas puede quedarse muy lejos de la perfección; pero no hay ninguna que pueda descuidar con seguridad. «El alma del perezoso desea y nada alcanza; mas el alma de los diligentes prosperará» (Proverbios 13:4).

Esto también suena duro. No hay nada que naturalmente detestemos tanto como la «molestia» en nuestra religión. Odiamos la fatiga. Secretamente desearíamos tener un cristianismo vicario, ser buenos por poder y que todo se hiciera por nosotros. Todo lo que requiera esfuerzo y trabajo repugna por completo a nuestros corazones. Pero el alma «no gana nada sin molestia.»

4. Por último, el verdadero cristianismo le costará a un hombre el favor del mundo. Deberá conformarse con ser tenido en poco por los hombres, si con eso agrada a Dios. Deberá no tener por cosa extraña ser burlado, ridiculizado, calumniado, perseguido y aun odiado. No deberá sorprenderle que sus opiniones y prácticas sean despreciadas y expuestas al escarnio. Deberá someterse a que muchos le tengan por necio, entusiasta y fanático, a que sus palabras sean tergiversadas y sus acciones malinterpretadas. De hecho, no deberá extrañarse si algunos le llaman loco. El Maestro dice: «Acordaos de la palabra que os he dicho: «El siervo no es mayor que su maestro.» Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Juan 15:20).

Me atrevo a decir que esto también suena duro. Naturalmente nos disgusta el trato injusto y las acusaciones falsas, y nos parece muy duro ser acusados sin causa. No seríamos carne y sangre si no deseáramos la buena opinión de nuestros prójimos. Siempre es desagradable ser hablado en contra, abandonado y objeto de mentiras, y quedar solo. Pero no hay remedio. La copa que bebió nuestro Maestro, deberán beberla sus discípulos. Tendrán que ser «despreciados y rechazados por los hombres» (Isaías 53:3). Pongamos ese rubro al final de nuestra cuenta. Para ser cristiano, le costará a un hombre el favor del mundo.

Considerando el peso de este gran costo, verdaderamente audaz debe ser el hombre que se atreva a decir que podemos conservar nuestra propia justicia, nuestros pecados, nuestra pereza y nuestro amor al mundo, ¡y aun así ser salvos!

Además, concedo que cuesta mucho ser un verdadero cristiano. Pero, ¿qué hombre o mujer sensata puede dudar de que vale cualquier costo salvar el alma? Cuando el barco está en peligro de hundirse, la tripulación no piensa nada en arrojar por la borda la preciosa carga. Cuando un miembro está gangrenado, un hombre se someterá a cualquier operación severa e incluso a la amputación para salvar la vida. Ciertamente, un cristiano debería estar dispuesto a renunciar a todo lo que se interponga entre él y el cielo. ¡Una religión que nada cuesta, nada vale! Un cristianismo barato y fácil, sin cruz, resultará al fin un cristianismo inútil, ¡sin corona!

2. La IMPORTANCIA de calcular el costo

Podría resolver fácilmente esta cuestión estableciendo el principio de que ningún deber ordenado por Cristo puede descuidarse jamás sin daño. Podría mostrar cuántos cierran los ojos durante toda la vida a la naturaleza de la verdadera religión salvadora y se niegan a considerar lo que realmente cuesta ser cristiano. Podría describir cómo, al fin, cuando la vida se apaga, despiertan y hacen unos cuantos esfuerzos espasmódicos por volverse a Dios. Podría contarles cómo descubren, para su asombro, que el arrepentimiento y la conversión no son asuntos tan fáciles como habían supuesto, y que cuesta «una gran suma» ser un verdadero cristiano. Descubren que los hábitos de orgullo, de indulgencia pecaminosa, de amor a la comodidad y de mundanalidad no se dejan a un lado tan fácilmente como habían soñado. Y así, tras un débil esfuerzo, se rinden en la desesperación y dejan este mundo sin esperanza, sin gracia e incapaces de comparecer ante Dios. Se habían lisonjeado toda su vida de que la religión sería una tarea fácil cuando se tomaran en serio. Pero abren los ojos demasiado tarde y descubren, por primera vez, que están arruinados porque nunca calcularon el costo.

Pero hay un grupo de personas a quienes deseo dirigirme de manera especial al tratar esta parte de mi tema. Es una clase numerosa, una clase creciente y una clase que en estos días se halla en peculiar peligro. Permítaseme en pocas palabras claras intentar describir a esta clase. Merece nuestra mejor atención.

Las personas de las que hablo no son indiferentes a la religión; piensan bastante en ella. No son ignorantes de la religión; conocen bastante bien sus contornos. Pero su gran defecto es que no están « arraigados y cimentados» en su fe. Con frecuencia han adquirido su conocimiento de segunda mano, por pertenecer a familias religiosas o por haber sido formados en caminos religiosos, pero nunca lo han elaborado por su propia experiencia interior. Con frecuencia han tomado a la ligera una profesión de religión bajo la presión de las circunstancias, por sentimientos sentimentales, por emoción o por un vago deseo de imitar a los que les rodean, sin ninguna obra sólida de gracia en sus corazones. Personas así se encuentran en una posición de inmenso peligro. Son precisamente aquellos, si los ejemplos bíblicos valen algo, que necesitan ser exhortados a calcular el costo.

Por no calcular el costo, miríadas de los hijos de Israel perecieron miserablemente en el desierto entre Egipto y Canaán. Salieron de Egierto llenos de celo y fervor como si nada pudiera detenerlos. Pero cuando hallaron peligros y dificultades en el camino, su valor pronto se enfrió. Nunca habían contado con la molestia. Habían pensado que la tierra prometida estaría ante ellos en pocos días. Y así, cuando los enemigos, las privaciones, el hambre y la sed comenzaron a probarlos, murmuraron contra Moisés y contra Dios y con gusto habrían vuelto a Egipto. En una palabra, no habían calculado el costo, ¡y así lo perdieron todo y murieron en sus pecados!

Por no calcular el costo, muchos de los oyentes de nuestro Señor Jesucristo se apartaron al cabo de un tiempo y «ya no andaban con Él» (Juan 6:66). Cuando vieron por primera vez sus milagros y oyeron su predicación, pensaron que «el reino de Dios se manifestaría inmediatamente.» Echaron su suerte con sus apóstoles y le siguieron sin pensar en las consecuencias. Pero cuando descubrieron que había doctrinas difíciles que creer, obras difíciles que realizar y tratos difíciles que soportar, su fe cedió por completo y resultó no ser nada. En una palabra, no habían calculado el costo, y así hicieron naufragio de su profesión.

Por no calcular el costo, el rey Herodes volvió a sus antiguos pecados y destruyó su alma. Le gustaba oír predicar a Juan el Bautista. Le observaba y le honraba como a un hombre justo y santo. Incluso «hacía muchas cosas» que eran rectas y buenas. Pero cuando descubrió que debía renunciar a su querida Herodías, su religión se derrumbó por completo. No había contado con eso. No había calculado el costo (Marcos 6:20).

Por no calcular el costo, Demas abandonó la compañía de Pablo, abandonó el evangelio, abandonó a Cristo, abandonó el cielo. Durante mucho tiempo viajó con el gran apóstol de los gentiles y fue incluso un «colaborador.» Pero cuando descubrió que no podía tener la amistad de este mundo y al mismo tiempo la amistad de Dios, renunció a su cristianismo y se apegó al mundo. «Demas me ha desamparado», dice Pablo, «amando este mundo» (2 Timoteo 4:10). No había «calculado el costo.»

Por no calcular el costo, los oyentes de poderosos predicadores evangélicos a menudo llegan a fines miserables. Son conmovidos e incitados a profesar lo que no han experimentado verdaderamente. Reciben la Palabra con un «gozo» tan desmesurado que casi asusta a los cristianos veteranos. Corren durante un tiempo con tal celo y fervor que parecen dispuestos a superar a todos los demás. Hablan y trabajan para objetos espirituales con tal entusiasmo que avergüenzan a los creyentes mayores. Pero cuando se les pasa la novedad y lo fresco de sus sentimientos, sobreviene en ellos un cambio. Resultan no haber sido más que oidores de terreno pedregoso. La descripción que el gran Maestro da en la parábola del sembrador se cumple con exactitud: «Pero como no tiene raíz, dura poco tiempo. Cuando viene la aflicición o la persecución por causa de la palabra, pronto tropieza» (Mateo 13:21). Poco a poco su celo se desvanece y su amor se enfría. Al cabo, sus asientos están vacíos en la asamblea del pueblo de Dios, y ya no se les oye entre los cristianos. ¿Y por qué? Nunca calcularon el costo.

Por no calcular el costo, cientos de conversos profesos, bajo avivamientos religiosos, vuelven al mundo al cabo de un tiempo y traen deshonra sobre la religión. Comienzan con una idea tristemente equivocada de lo que es el verdadero cristianismo. Imaginan que consiste en nada más que un llamado «venir a Cristo» y tener fuertes sentimientos interiores de gozo y paz. Y así, cuando descubren, al cabo de un tiempo, que hay una cruz que llevar, que nuestros corazones son engañosos y que hay un diablo activo siempre cerca de nosotros, se enfrían con disgusto y vuelven a sus antiguos pecados. ¿Y por qué? Porque nunca habían conocido realmente lo que es el cristianismo bíblico. Nunca aprendieron que debemos calcular el costo.

Por no calcular el costo, los hijos de padres religiosos a menudo salen mal y traen deshonra al cristianismo. Familiares desde sus primeros años con la forma y la teoría del evangelio, enseñados aun desde la infancia a repetir grandes textos fundamentales, acostumbrados cada semana a ser instruidos en el evangelio o a instruir a otros en las escuelas dominicales, a menudo crecen profesando una religión sin saber por qué o sin haber pensado jamás seriamente en ella. Y entonces, cuando las realidades de la vida adulta comienzan a apremiarles, a menudo asombran a todos abandonando toda su religión y precipitándose de lleno en el mundo. ¿Y por qué? Nunca habían entendido a fondo los sacrificios que el cristianismo entraña. Nunca se les había enseñado a calcular el costo.

Estas son verdades solemnes y dolorosas. Pero son verdades. Todas ayudan a mostrar la enorme importancia del tema que ahora considero. Todas señalan la absoluta necesidad de insistir en el asunto de este mensaje a cuantos profesan el deseo de santidad y de clamar a voz en cuello en todas las iglesias: «Calculad el costo.»

Me atrevo a afirmar que sería bueno que el deber de calcular el costo se enseñara con más frecuencia de lo que se hace. La prisa impaciente es el orden del día entre muchos religionistas. Las conversiones instantáneas y la paz sensible e inmediata son los únicos resultados que parecen importarles del evangelio. En comparación con esto, todo lo demás queda en la sombra. Producirlos es, al parecer, el gran fin y objeto de todos sus esfuerzos. Digo sin vacilar que un modo tan desnudo y unilateral de enseñar el cristianismo es sumamente perjudicial.

Que nadie tergiverse mi intención. Apruebo por completo ofrecer a los hombres una salvación plena, libre, presente e inmediata en Cristo Jesús. Apruebo por completo insistir a los hombres en la posibilidad y el deber de la conversión instantánea e inmediata. En estas cuestiones no cedo ante nadie. Pero sí afirmo que estas verdades no deben presentarse a los hombres de manera desnuda, aislada y sola. Debe decirseles con honestidad lo que están tomando si profesan el deseo de salir del mundo y servir a Cristo. No deben ser enrolados en las filas del ejército de Cristo sin que se les diga lo que supone la guerra. En una palabra, deben decirseles con honestidad que calculen el costo.

¿Alguien pregunta cuál era la práctica de nuestro Señor Jesucristo en este asunto? Lea lo que Lucas registra. Nos dice que, en cierta ocasión, «grandes multitudes iban con Jesús, y volviéndose les dijo: Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:25-27). Debo decir con claridad que no puedo reconciliar este pasaje con los procederes de muchos maestros religiosos modernos. Y, sin embargo, para mí, la doctrina de este pasaje es tan clara como el sol al mediodía. Nos muestra que no debemos apresurar a los hombres a profesar discipulado sin advertirles claramente que calculen el costo.

¿Alguien pregunta cuál ha sido la práctica de los más eminentes y mejores predicadores del evangelio en tiempos pasados? Me atrevo a decir que todos ellos, a una sola voz, han dado testimonio de la sabiduría del trato de nuestro Señor con las multitudes a las que acabo de referirme. Lutero, Latimer, Baxter, Wesley, Whitefield, Berridge y Rowland Hill eran todos vivamente conscientes del engaño del corazón humano. Sabían muy bien que no todo lo que brilla es oro, que la convicción no es conversión, que el sentir no es fe, que el sentimiento no es gracia y que no toda flor llega a fruto.

«No os engañéis», era su clamor constante. «Considerad bien lo que hacéis. No corráis antes de ser llamados. Calculad el costo.»

Si deseamos hacer el bien, nunca nos avergüencemos de seguir las huellas de nuestro Señor Jesucristo. Apremiad a otros a considerar sus caminos. Compelledles con santa violencia a entrar, a deponer las armas y a entregarse a Dios. Ofrecedles salvación, salvación pronta, libre, plena e inmediata. Apresad a Cristo y todos sus beneficios sobre su aceptación. Pero en toda vuestra obra, decid la verdad y toda la verdad. Avergonzaos de usar las artes vulgares de un sargento reclutador. No habléis solo del uniforme, el sueldo y la gloria; hablad también de los enemigos, la batalla, la armadura, la vigilancia, la marcha y el adiestramiento. No presentéis solo un lado del cristianismo. No ocultéis la cruz de la negación propia que debe llevarse, cuando habléis de la cruz en la que Cristo murió por nuestra redención. Explicad plenamente lo que el cristianismo entraña. Exhortad a los hombres a arrepentirse y a venir a Cristo, ¡pero al mismo tiempo decidles que calculen el costo!

3. Algunos CONSEJOS que pueden ayudar a calcular bien el costo

De veras sería yo de lamentar si no dijera algo sobre esta rama de mi tema. No tengo ningún deseo de desanimar a nadie ni de apartar a nadie del servicio de Cristo. Es el deseo de mi corazón animar a todos a adelantar y tomar la cruz. Calculemos el costo por todos los medios, y calculémoslo con cuidado. Pero recordemos que, si calculamos rectamente y miramos por todos los lados, no hay nada que deba asustarnos.

Permítaseme mencionar algunas cosas que deben entrar siempre en nuestros cálculos al contar el costo del verdadero cristianismo. Anotad con honestidad y rectitud lo que tendréis que abandonar y soportar si llegáis a ser discípulos de Cristo. No omitáis nada. Ponedlo todo. Pero entonces, poned al lado las siguientes sumas que voy a daros. Hacedlo con rectitud y exactitud, y no temo por el resultado.

a. Calculad y comparad la ganancia y la pérdida, si sois un cristiano sincero y santo. Posiblemente perderéis algo en este mundo, pero ganaréis la salvación de vuestra alma inmortal. Está escrito: «¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su propia alma?» (Marcos 8:36).

b. Calculad y comparad la alabanza y la censura, si sois un cristiano sincero y santo. Posiblemente seáis censurados por los hombres, pero tendréis la alabanza de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Vuestra censura vendrá de los labios de unos cuantos hombres y mujeres errantes, ciegos y falibles. Vuestra alabanza vendrá del Rey de reyes y Juez de toda la tierra. Solo aquellos a quienes Él bendice son verdaderamente benditos. Está escrito: «Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos» (Mateo 5:11, 12).

c. Calculad y comparad los amigos y los enemigos, si sois un cristiano sincero y santo. De un lado tenéis la enemistad del diablo y de los malvados. Del otro, el favor y la amistad del Señor Jesucristo. Vuestros enemigos, a lo sumo, solo pueden heriros el calcañar. Pueden rugir con fuerza y recorrer mar y tierra para vuestra ruina, pero no pueden destruiros. Vuestro Amigo es poderoso para salvar hasta lo sumo a cuantos vienen a Dios por Él. Nadie arrebatará sus ovejas de su mano. Está escrito: «No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quién debéis temer: temed a aquel que después de haber matado, tiene poder para echar en el infierno; sí, os digo, ¡a este temed!» (Lucas 12:5).

d. Calculad y comparad la vida presente y la venidera, si sois un cristiano sincero y santo. El tiempo presente, sin duda, no es tiempo de descanso. Es tiempo de velar y orar, pelear y luchar, creer y trabajar. Pero es solo por unos pocos años. El tiempo futuro es la temporada de descanso y refrigerio. El pecado será desterrado. Satanás será atado. Y, lo mejor de todo, será un descanso para siempre. Está escrito: «Nuestra leve tribulación, que es solo por un momento, produce en nosotros un peso eterno y sobremanera excelente de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4:17, 18).

e. Calculad y comparad los placeres del pecado y la felicidad del servicio de Dios, si sois un cristiano sincero y santo. Los placeres que el hombre mundano obtiene por sus caminos son huecos, irreales e insatisfactorios. Son como el fuego de espinos, que centellea y crepita unos pocos minutos y luego se apaga para siempre. La felicidad que Cristo da a su pueblo es algo sólido, duradero y sustancial. No depende de la salud ni de las circunstancias. Nunca abandona al hombre, ni aun en la muerte. Termina en una corona de gloria que no se marchita. Está escrito: «El gozo del impío es por un momento.» «Como el crepitar de espinos bajo la olla, así es la risa del necio» (Job 20:5; Eclesiastés 7:6). Pero también está escrito: «La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27).

f. Calculad y comparad la molestia que el verdadero cristianismo entraña con las aflicciones que aguardan a los malvados más allá del sepulcro. Conceded por un momento que la lectura bíblica, la oración, el arrepentimiento, la fe y la vida santa requieren fatiga y negación propia. Todo eso no es nada comparado con aquella ira venidera que está reservada para los impenitentes e incrédulos. Un solo día en el infierno será peor que toda una vida pasada llevando la cruz. El «gusano que nunca muere y el fuego que no se apaga» son cosas que sobrepasan el poder del hombre para concebirlas o describirlas plenamente. Está escrito: «Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora este es consolado aquí, y tú atormentado» (Lucas 16:25).

g. Calculad y comparad el número de los que se vuelven del pecado y del mundo y sirven a Cristo, con el número de los que abandonan a Cristo y vuelven al mundo. De un lado hallaréis miles; del otro, no hallaréis a ninguno. Multitudes cada año se vuelven del camino ancho y entran por el camino estrecho. Ninguno que entre de verdad en el camino estrecho se cansa de él y vuelve al ancho. Las huellas del camino descendente a menudo se ven saliendo de él. Las huellas del camino al cielo son todas en una sola dirección. Está escrito: «El camino de los impíos es como oscuridad.» «El camino de los transgresores es duro» (Proverbios 4:19; 13:15). Pero también está escrito: «Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto» (Proverbios 4:18).

Tales sumas, sin duda, a menudo no se hacen correctamente. Muchos, bien lo sé, están siempre «vacilando entre dos opiniones.» No logran resolverse a que vale la pena servir a Cristo.

Las pérdidas y las ganancias, las ventajas y las desventajas, los pesares y los gozos, las ayudas y los obstáculos se les presentan tan equilibrados que no pueden decidirse por Dios. No pueden hacer este gran cálculo correctamente. No pueden hacer el resultado tan claro como debiera. ¡No calculan bien!

Pero, ¿por qué se equivocan tan grandemente? Les falta fe. Pablo nos aconseja cómo llegar a una conclusión correcta acerca de nuestras almas en Hebreos 11, revelando un poderoso principio que opera en el asunto de calcular el costo. Es el mismo principio que Noé entendió, y que ahora haré claro.

¿Cómo fue que Noé perseveró en la construcción del arca? Estuvo solo en medio de un mundo de pecadores e incrédulos. Tuvo que soportar desprecio, burla y escarnio. ¿Qué fue lo que dio vigor a su brazo y le hizo trabajar pacientemente y enfrentarlo todo? Fue la fe. Creyó en una ira venidera. Creyó que no había seguridad sino en el arca que estaba preparando. Creyendo, tuvo en muy poco la opinión del mundo. Calculó el costo por fe y no dudó de que construir el arca era ganancia.

¿Cómo fue que Moisés renunció a los placeres de la casa de Faraón y rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón? ¿Cómo fue que echó su suerte con un pueblo despreciado como los hebreos y arriesgó todo en este mundo al emprender la gran obra de su liberación de la esclavitud? A los ojos de los sentidos, lo perdía todo y no ganaba nada. ¿Qué fue lo que le movió? Fue la fe. Creyó que la «recompensa» era muy superior a todos los honores de Egipto. Calculó el costo por fe, «como viendo al Invisible», y se persuadió de que dejar Egipto y salir al desierto era ganancia.

¿Cómo fue que Saulo el fariseo pudo decidirse a hacerse cristiano? El costo y los sacrificios del cambio eran temiblemente grandes. Renunció a todas sus brillantes perspectivas entre los suyos. Atrajo sobre sí, en lugar del favor de los hombres, su odio, su enemistad y su persecución, aun hasta la muerte. ¿Qué fue lo que le capacitó para enfrentarlo todo? Fue la fe. Creyó que Jesús, que le salió al encuentro camino de Damasco, podía darle ciento por uno más de lo que dejó, y en el mundo venidero, vida eterna. Por fe calculó el costo y vio con claridad de qué lado estaba el equilibrio. Creyó firmemente que llevar la cruz de Cristo era ganancia.

Marquemos bien estas cosas. Aquella fe que hizo a Noé, a Moisés y a Pablo hacer lo que hicieron, esa fe es el gran secreto para llegar a una conclusión correcta acerca de nuestras almas. Esa misma fe debe ser nuestra ayuda y nuestra calculadora pronta cuando nos sentamos a contar el costo de ser un verdadero cristiano. Esa misma fe se obtiene pidiéndola. «Él da mayor gracia» (Santiago 4:6). Armados con esa fe, pondremos las cosas en su verdadero valor. Llenos de esa fe, ni añadiremos a la cruz ni quitaremos a la corona. Nuestras conclusiones serán todas correctas. Nuestra suma total no tendrá error.

1. Ahora, hagamos la seria pregunta: «¿Cuánto te cuesta tu cristianismo?» Muy probablemente no te cuesta nada. Muy probablemente no te cuesta ni molestia, ni tiempo, ni pensamiento, ni cuidado, ni fatiga, ni lectura, ni oración, ni negación propia, ni conflicto, ni obra, ni trabajo alguno. Pues bien, notad con cuidado lo que digo. Una religión como esta nunca salvará tu alma. Nunca te dará paz mientras vivas, ni esperanza mientras mueras. No te sostendrá en el día de la aflicción, ni te consolará en la hora de la muerte. ¡Una religión que nada cuesta, nada vale! Despierta antes que sea demasiado tarde. Despierta y arrepiéntete. Despierta y conviértete. Despierta y cree. Despierta y ora. No descanses hasta que puedas dar una respuesta satisfactoria a mi pregunta: «¿Cuánto cuesta?»

2. Piensa, si quieres motivos que te animen a servir a Dios, en lo que costó proveer una salvación para tu alma. Piensa en cómo el Hijo de Dios dejó el cielo y se hizo hombre, sufrió en la cruz y yació en el sepulcro, para pagar tu deuda de pecado a Dios y labrarte una redención completa. Piensa en todo esto, y aprende que no es cosa leve poseer un alma inmortal. Vale la pena tomar alguna molestia por el alma.

¡Ah, hombre o mujer perezosa, ha llegado realmente a esto, que perderás el cielo por falta de molestia? ¿Estás realmente decidido a hacer naufragio para siempre, por mero rechazo al esfuerzo? Fuera el pensamiento cobarde e indigno. Levántate y portaos como hombre. Di a ti mismo: «Cueste lo que cueste, me esforzaré, de todos modos, a entrar por la puerta estrecha.» Mira la cruz de Cristo y cobra nuevo ánimo. Mira hacia la muerte, el juicio y la eternidad, y pónte serio. Puede costar mucho ser cristiano, pero puedes estar seguro de que vale la pena.

3. Si algún lector de este mensaje siente realmente que ha calculado el costo y tomado la cruz, le ruego que persevere y siga adelante. Me atrevo a decir que a menudo sientes desmayar el corazón y eres fuertemente tentado a rendirte en la desesperación. ¡Tus enemigos parecen tan numerosos, tus pecados dominantes tan fuertes, tus amigos tan pocos, el camino tan empinado y estrecho, que casi no sabes qué hacer! Pero, con todo, te digo: persevera y sigue adelante.

¡El tiempo es muy corto! Unos pocos años más de velar y orar, unos pocos vaivenes más en el mar de este mundo, unas pocas muertes y cambios más, unos pocos inviernos y veranos más, y todo habrá terminado. Habremos librado nuestra última batalla y no tendremos ya necesidad de pelear.

La presencia y la compañía de Cristo compensarán todo lo que suframos aquí abajo. Cuando veamos como hemos sido vistos y miremos atrás al viaje de la vida, nos maravillaremos de nuestro propio desmayo de corazón. Nos asombraremos de que hiciéramos tanto de nuestra cruz y pensáramos tan poco de nuestra corona. Nos asombraremos de que, al «calcular el costo», jamás dudáramos de qué lado estaba el equilibrio de la ganancia. Cobremos ánimo. ¡No estamos lejos de casa! Puede costar mucho ser un verdadero cristiano y un hombre santo y consecuente, ¡pero vale la pena!

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Ryle

Título original: Holiness — THE COST!

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura