Hay diferentes grados de cercanía a Dios de que gozan los santos. Uno de ellos es esencial al ser mismo de la piedad en el alma; a saber, cuando el alma perdida es acercada a Dios por la sangre de Jesús y hecha conciudadana de los santos y de la familia de Dios. Pero otro y más alto escalón es la especial indulgencia del cielo para con algunos santos, y solo en ciertos momentos. En la cercanía de fe —pues ninguno que tenga fe verdadera puede estar lejos de Dios— ando con Dios en los deberes de la religión. En la cercanía de sentido, él anda a veces conmigo en manifestación especial: de sí mismo, de su amor y de su gloria.
La una es segura y satisfactoria; la otra es dulce y consoladora. Sin los acercamientos de fe, no puedo esperar comunión sensible. Pero puedo tener la primera cuando la última me es negada. La una es mi provisión diaria de la mesa del Rey, sin la cual no podría vivir. Pero la otra es mi sentarme a la mesa con el Rey, al banquete dispuesto por él para el gozo de sus escogidos. La una me hace obtener la victoria sobre el mundo; la otra me hace hastiarme del mundo.
La primera es el camino real del Rey al cielo; y en la segunda, ando por él bajo el sol de su presencia. La una da un continuado deleite de las cosas espirituales; la otra, un refrescante anticipo del cielo y de la gloria. En la primera, tengo acceso a Dios en todas mis perplejidades, para no desesperar; pero soy favorecido con la última solo a veces, para no presumir. El gozo de la primera supera la alegría del mundano por toda su abundancia, tanto como la luz supera a las tinieblas; pero el gozo de la última es semejante al gozo de los santos en la gloria. En actos de fe viva, el mundo es para mí basura y pérdida, por la excelencia del objeto glorioso; pero en cercano acceso y comunión con mi Señor, con gusto me despojaría de la corrupción, me revestiría de inmortalidad y sería habitante del mundo de arriba. ¡Oh, cómo resplandece una belleza en mi alma, en los pocos momentos de comunión, como si el cielo se abriese ante mí y el día eterno brillase de lleno en mi rostro! ¡Qué sagrado gozo prevalece dentro, y cómo soy refrigerado en todas mis potencias!
Aunque el cristiano no debe fundarse en ellas, pues sin ellas su alma puede vivir, no son, como afirman los burladores, delusión, entusiasmo y cosas semejantes. Pues siempre, después de este divino compañerismo, Cristo me es más querido, el yo más aborrecible, el pecado más odioso, el mundo más vano, la piedad más grata, mis afectos más refinados, mis deseos más sobre las cosas espirituales y el cielo más deseable.
Pero ahora, si un placer tan grande, del que solo podemos formar idea mientras lo gozamos, brota de unos pocos momentos de comunión de un modo más glorioso que el habitual —pues todo santo tiene comunión con Dios—, ¡cuán divina es una vida piadosa! Y ¡qué escena tan trágica la vida más placentera del pecador más jolgorioso, comparada con esta! Y, en una palabra, ¡cuál ha de ser la vida de gloria, donde la comunión, de una naturaleza mayor que la jamás conocida abajo, será el privilegio de toda la familia celestial! ¡Donde Dios brillará en toda su gloria y derramará su amor en cada corazón encendido! Y donde será la inefable dicha de cada ardiente adorador ver más y más de la bondad de Dios y acercarse más y más a él, en la libertad ininterrumpida de una comunión arrebatadora, por una eternidad sin fin.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: Degrees of nearness to God
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.