La soledad endulzada

Los santos tienen el mayor motivo para alegrarse

Nada conviene más a los santos que el gozo espiritual, pues su Rey es eterno e inmortal. Aunque el pecado interior invite al lamento, la segura liberación en Cristo transforma el llanto en acción de gracias y alabanza.

No es de extrañar que Pablo doble su admonición a los filipenses convertidos: «Regocijaos en el Señor siempre; otra vez digo, ¡regocijaos!», porque nada conviene más a los santos que el gozo espiritual, aunque nadie sea más extraño a aquello a lo que tiene tan buen derecho como ellos. El gozo del pecador y la risa del necio son semejantes, así como el crepitar de los espinos bajo una olla: nada más que ruido, que pronto se disipa. Pero no es así con los santos, pues hay más gozo aun en sus gemidos penitentes, más consuelo en su luto, que en toda la alegría del mundo carnal. ¿Qué podría entristecer a los hijos de un Rey, teniendo tal Soberano como Jesús, que es «el Rey eterno, invisible, inmortal, que habita en luz inaccesible y lleno de gloria»; que solo tiene la inmortalidad esencialmente, y a la luz de cuyo rostro los santos comienzan aquí su camino hacia su presencia más inmediata, y han de proseguir luego su marcha hacia sus adorables perfecciones para siempre?

Si mi esperanza puede asirse de Jesús; si mi fe puede fijarse aquí, ciertamente debiera estar lleno de más gozo del que tengo; y, por esta relación divina con aquel que es el Señor de toda la creación, debiera poseer un gozo capaz de sobreponerse a toda pena terrenal. El pecado que mora en mí, la tentación prevaleciente y la corrupción tempestuosa solo reclaman tristeza perpetua y lamentación incesante; sin embargo, con el gran apóstol, mientras en un suspiro clamo: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?», en otro suspiro puedo decir, ante la segura y dulce liberación que ha de venir: «¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!»

¿Conviene que estén tristes quienes son poseedores de todas las cosas? Y, ¡oh santos!, «todas las cosas son vuestras, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios». ¿Es decente que lloren aquellos en cuya conversión se alegran los ángeles, y por cuya causa están en armonía el cielo y la tierra? ¿Es propio de un hijo de Dios lamentar la pérdida de un guijarro, cuando tiene una corona guarnecida de diamantes, sí, una corona de gloria que no se marchita, reservada para él? ¿Es congruente que los herederos de la bienaventuranza celestial lloren la pérdida de bagatelas terrenales, cuando les están reservados los tesoros de la eternidad? ¿Es propio que la esposa espiritual, la esposa del Cordero, sea inconsolable por la muerte de un pariente carnal, cuando el Esposo, que es mejor que cualquiera y que todos los demás parientes, vive eternamente?

¡Qué lamentable es que el nacido de arriba ande abatido porque el mundo lo mira con desdén, cuando Dios lo contempla con rostro complacido! ¡Qué necio sería que uno que viaja por tierra extraña se inquietara porque los niños de cada pueblo se fijen en su traje forastero, o los necios se rían de él en su camino, siendo consciente de que su rey conoce su carácter, aprueba su viaje y honrará su llegada a casa!

En una palabra, ¡cuán abyecto y bajo sería que el cristiano se quejara de que los torbellinos dispersan su montoncito de arena, cuando los tesoros de la eternidad lo enriquecerán para siempre!

Ahora reprendo mi tristeza y reconvierto mi abatimiento. ¡Me regocijaré en la Roca de mi salvación con aclamaciones y gritos de júbilo! Sí, a veces gustosamente emularía a los querubines en sus más sublimes cánticos, si no fuera porque la vista de tanto deshonor hecho a la majestad divina por otros siempre, y por mí mismo también con frecuencia, hace retroceder mis gozos y brotar la tristeza interior. ¡Con todo, en ti me regocijaré, hasta que amanezca el día en que entre en el gozo de mi Señor, el cual, entrando asimismo en mí, será mi fortaleza everlasting!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Saints have the greatest reason to rejoice!

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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