La soledad endulzada

El propósito del pecado que mora en nosotros

Dios sabiamente deja restos de corrupción en sus santos para humillarlos, mantenerlos vigilantes y hacerlos depender de la gracia. Así, aun el pecado interior, contra su propia naturaleza, redunda en la gloria de Dios y en el bien del alma.

Hay una sabiduría misteriosa en el modo de obrar de Dios con su pueblo, al cual concede conocer solo en parte y ser renovado solo en parte. Si ellos, mientras están aquí, fueran librados por completo del pecado, y tuvieran la visión sin nubes de su rostro glorioso y plena comunión con Dios, no quedaría nada reservado para el día de la gloria. Es con ellos, pues, como con el antiguo Israel, entre el cual Dios dejó sabiamente a algunas naciones paganas sin destruir, para excitar su fe y estimular sus esfuerzos por extirparlas, y para ser un medio de preservarlos de pecar con seguridad e impunidad.

Ahora bien, Dios ha prometido someter todos nuestros pecados, y así lo hace, de manera que nunca nos condenarán. Pero tal es la corrupción de la naturaleza, santificada solo en parte, y de criaturas que conocen solo en parte, que es raro ser santo y humilde, estar lleno de Dios y vacío de nosotros mismos. Aun el gran apóstol Pablo, después de haber estado con Dios de manera especial y de haber visto glorias indecibles en los cielos más altos, recibió un mensajero de Satanás enviado para abofetearlo, no fuera a ensoberbecerse más de lo debido por la visión divina. ¡Qué cambio humillante: bajar del cielo para combatir con el infierno!

Nuestra situación tan crítica en este mundo debiera mantenernos humildes. La naturaleza corrupta, como la cizaña entre las flores, está pronta a brotar con cada refrescante lluvia de gracia, si no en actos de pecado, sí en orgullo, engreimiento y seguridad. Cuando vemos cosas por encima de nosotros, estamos dispuestos, a través de las brumas de la corrupción que queda, a olvidarnos de nosotros mismos y a provocar a Dios para que nos muestre a nosotros mismos, a fin de que no nos inflemos con nosotros mismos. Pues para el Alto y Sublime, que se deleita en habitar con el humilde, nada es más abominable que el orgullo, y ningún orgullo le es más odioso que el orgullo espiritual. El soldado que no es capaz de enfrentarse a sus enemigos siempre se mantendrá en el campamento y bajo la protección de su general; así el creyente debe habitar por fe, si quiere estar seguro, a la sombra del Todopoderoso.

Pero es imposible que seamos librados por completo del pecado que mora en nosotros en este mundo. Porque:

1. Esto sería convertir la tierra en cielo, la gracia en gloria, y el tiempo en eternidad, antes del gran día del juicio. No debemos ser coronados con la victoria hasta salir del campo de batalla; y de este no podemos salir hasta que nuestros enemigos sean sometidos delante de nosotros, o seamos llevados de aquí en triunfo sobre ellos. Aún estamos en los dominios de aquel que es el dios de este mundo, en los territorios del príncipe de la potestad del aire; y él buscará siempre a quien devorar, hasta que el Dios de paz quebrante a Satanás bajo nuestros pies, hasta que la antigua serpiente sea eternamente atada y arrojada al lago de fuego.

2. Si no hubiera pecado que more dentro, ni restos de corrupción en los justificados, la santificación no podría ser progresiva. Pero aquí «la senda de los justos es como la luz que resplandece más y más hasta que el día es perfecto».

3. Si los santos, desde el primer momento de su conversión, fueran libres de todo pecado, ¿dónde estarían las divinas victorias de la gracia todo-triunfante, por las cuales Dios es glorificado y los santos preparados para la mejor herencia? Si un enemigo, y un gigante además, no hubiera infestado los ejércitos de Israel, el poder y la bondad de Dios no habrían podido manifestarse al matarlo. Así la divinidad de la gracia, en los pequeñuelos de la familia celestial, resplandece en esto: en que son capacitados para resistir las tentaciones del mismo serpent engañoso que sedujo a nuestros primeros padres en el estado de inocencia; en que son capacitados para luchar, no contra sangre y carne, sino contra principados y potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo y contra la maldad espiritual en los lugares celestiales.

4. Si tal fuera el caso de los santos, el libro de la vida quedaría, en efecto, abierto ante los ojos de los hombres, que preverían el juicio que pertenece solo a Dios. Pero el pecado que mora dentro, aunque sometido, no está muerto, y por ello irrumpe de tal manera, aun a veces en santos eminentes, que da al enemigo ocasión de reproche, y también les hace dudar de su propio estado, hasta que Dios vuelve a tratar con ellos conforme a su misericordia y tiernas misericordias. Entonces, a los ojos del pobre penitente, un Dios compasivo, que vuelve y perdona, es querido, amado y amable más de lo que se puede expresar, y las cosas divinas resplandecen con un brillo renovado. Así, aun el pecado que mora dentro, contra su propia naturaleza, fomenta la gloria de Dios y el bien del alma.

5. El pecado que mora dentro, o los restos de corrupción en los más grandes santos, los hace simpatizar con los demás. Son hombres, y no ángeles; de modo que han de recordar, no solo a los que sufren aflicción, sino también a los que son sorprendidos en alguna falta, como quienes aún están en el cuerpo. Y, ¿qué consuelo no sería para los pobres pecadores que la salvación les fuera predicada por otros que no fueran hombres de naturalezas semejantes, flaquezas semejantes y pasiones semejantes a las suyas? ¡Cuánto se realza nuestro consuelo al oírlos hablar desde la experiencia, como Pablo: «No entiendo lo que hago, porque no practico lo que quiero, sino lo que aborrezco», en comparación con arengas angélicas sobre la belleza y excelencia de la perfección y la inocencia!

6. El pecado que mora dentro nos mantiene humildes y vigilantes; nos hace adherirnos más estrechamente a Cristo; nos hace procurar hacer segura nuestra vocación y elección; nos estimula a trabajar mientras dure el día, antes que venga la noche, en la cual nadie puede trabajar.

7. El pecado que mora dentro nos hace salir enteramente de nosotros mismos hacia Cristo, y atribuir toda nuestra salvación a la libre gracia.

8. Por él aprendemos la bondad de Dios al hacer su gracia suficiente para nosotros, y su fuerza perfecta en la debilidad. Asimismo, nos llenamos de asombro ante las riquezas de su gracia, quien es glorificado al máximo en su paciencia para con hijos que le ofenden y en sus repetidos perdones de sus pecados cotidianos.

Por último, nos hace, o al menos debiera hacernos, anhelar intensamente aquel día en que el pecado cesará y la imperfección sea absorbida por la semejanza permanente a la imagen divina, cuando todas nuestras faltas pasarán, mientras nos perdemos en los desbordamientos de la gloria divina, y somos colmados de todo en la plenitud de Dios, fijados en un estado del cual no podemos caer, ¡y saciados con placeres eternos!

Fuente y atribución

Autor original: James Meikle

Título original: Indwelling sin

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.

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