«Por la fe Moisés, cuando ya era grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo más bien ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado; teniendo por mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en la recompensa» (Hebreos 11:24-26).
Los caracteres de los santos más eminentes de Dios, tal como aparecen descritos en la Biblia, forman una de las partes más útiles de las Sagradas Escrituras. Las doctrinas, los principios y los preceptos abstractos son todos muy valiosos a su manera; pero al fin y al cabo, nada resulta más provechoso que un modelo o un ejemplo. ¿Queremos saber qué es la santidad práctica? Sentémonos y estudiemos el retrato de un hombre eminentemente santo. Propongo poner ante mis lectores la historia de un hombre que vivió por fe y nos dejó un modelo de lo que la fe puede hacer para promover la santidad de carácter. A cuantos desean saber lo que significa «vivir por fe», les ofrezco a Moisés como ejemplo.
El capítulo once de la Epístola a los Hebreos, del cual está tomado mi texto, merecería ser impreso en letras de oro. Puedo bien creer que habría sido de gran consuelo y aliento para un judío convertido. Supongo que ningún miembro de la iglesia primitiva encontró tanta dificultad en profesar el cristianismo como los hebreos. El camino era estrecho para todos, pero de manera preeminente para ellos. La cruz era pesada para todos, pero con seguridad ellos tenían que llevar un peso doble. Y este capítulo los reanimaría como un cordial; sería como «vino para los de corazón afligido». Sus palabras serían «dulces como el panal, suaves al alma y salud para los huesos» (Proverbios 31:6; 16:24).
Los tres versículos que voy a explicar están lejos de ser los menos interesantes del capítulo. En realidad, creo que pocos, si alguno, tienen un derecho tan fuerte a nuestra atención. Y explicaré por qué digo esto.
Me parece que la obra de la fe descrita en la historia de Moisés se acerca de manera especial a nuestro propio caso. Los hombres de Dios que se mencionan en la primera parte del capítulo son, sin duda, ejemplos para nosotros. Pero no podemos hacer literalmente lo que la mayoría de ellos hizo, por mucho que bebamos de su espíritu. No se nos llama a ofrecer un sacrificio literal como Abel, ni a construir un arca literal como Noé, ni a dejar literalmente nuestro país, habitar en tiendas y ofrecer a nuestro Isaac como Abraham. Pero la fe de Moisés se acerca más a nosotros. Parece actuar de una manera más familiar a nuestra propia experiencia. Le hizo adoptar una línea de conducta como la que a veces nosotros mismos debemos adoptar en el día de hoy, cada uno en su propia esfera de vida, si queremos ser cristianos consecuentes. Y por esta razón, creo que estos tres versículos merecen más que una consideración ordinaria.
Ahora bien, no tengo más que las cosas más sencillas que decir sobre ellos. Solo intentaré mostrar la grandeza de lo que Moisés hizo y el principio con el que lo hizo. Y entonces quizás estemos mejor preparados para la instrucción práctica que los versículos parecen ofrecer a todo aquel que quiera recibirla.
1. Lo que Moisés renunció y rechazó
Moisés renunció a tres cosas por el bien de su alma. Sentía que su alma no se salvaría si las conservaba, así que las dejó. Y al hacerlo, digo que hizo tres de los mayores sacrificios que el corazón humano puede hacer. Veámoslo.
1. Renunció al rango y a la GRANDEZA.
«Rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón». Todos conocemos su historia. La hija de Faraón había preservado su vida cuando era un bebé. Fue más allá: lo adoptó y lo educó como a su propio hijo.
Si se puede confiar en ciertos historiadores, ella era la única hija de Faraón. Algunos llegan a decir que, por el orden natural de las cosas, Moisés habría sido un día rey de Egipto. Puede que sea así, o puede que no; no podemos saberlo. Nos basta saber que, por su conexión con la hija de Faraón, Moisés podría haber sido, si hubiera querido, un hombre muy grande. Si se hubiera contentado con la posición en que se encontraba en la corte egipcia, podría haber estado fácilmente entre los primeros (si no el primero) en toda la tierra de Egipto.
Pensemos por un momento cuán grande fue esta tentación.
Aquí había un hombre con pasiones semejantes a las nuestras. Podría haber tenido tanta grandeza como la que la tierra puede dar. Rango, poder, posición, honor, títulos, dignidades: todo estaba ante él y a su alcance. Estas son las cosas por las que muchos hombres luchan continuamente. Estos son los premios por los que hay una carrera incesante en el mundo que nos rodea para obtenerlos. Ser alguien, ser admirado, elevarse en la escala social, conseguir un título para su nombre: ¡estas son las cosas por las que muchos sacrifican tiempo, pensamiento, salud y la vida misma! Pero Moisés no los habría querido ni como regalo. Les volvió la espalda. Los rechazó. ¡Los dejó!
2. Y más que esto: rechazó el PLACER.
Todo tipo de placer, sin duda, estaba a sus pies, si hubiera querido tomarlo: placer sensual, placer intelectual, placer social, cualquier cosa que atrajera su fantasía. Egipto era tierra de artistas, residencia de hombres instruidos, refugio de todo aquel que tuviera habilidad o saber de cualquier clase. No había nada que pudiera alimentar «los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida» que alguien en el lugar de Moisés no pudiera fácilmente haber mandado y poseído como propio (1 Juan 2:16).
Pensemos de nuevo cuán grande fue también esta tentación.
Millones viven para el placer. El hedonismo es el gran espíritu que no conoce fronteras, ya sean económicas, sociales, políticas o culturales: el placer es un ídolo que esclaviza a la gran mayoría del mundo. El escolar busca el placer en sus vacaciones de verano; el joven en la independencia y los negocios; el pequeño comerciante lo busca en el retiro; y el pobre hombre en los pequeños consuelos del hogar. Placer y nueva emoción en la política, los viajes, el entretenimiento, la compañía, los libros y en varios vicios demasiado oscuros para mencionar: el placer es la sombra que todos persiguen por igual; cada uno, quizá, fingiendo despreciar a su vecino por buscarla, cada uno a su manera buscándola para sí, cada uno preguntándose por qué no la encuentra, cada uno firmemente persuadido de que en algún lugar u otro ha de hallarse. Este era el cáliz que Moisés tenía ante sus labios. Podría haber bebido tan profundamente como hubiera querido del placer terrenal; pero no lo quiso. Le volvió la espalda. Lo rechazó. ¡Lo dejó!
3. Y más que esto: rechazó las RIQUEZAS.
«Los tesoros de Egipto» es una expresión que parece hablar de una riqueza sin límites que Moisés podría haber disfrutado si se hubiera contentado con permanecer con la hija de Faraón. Bien podemos suponer que esos «tesoros» habrían sido una fortuna formidable. Aún queda lo suficiente en Egipto para darnos una idea de lo pasajero del dinero a disposición de su rey. Las pirámides, los obeliscos, los templos y las estatuas siguen en pie como testigos. Las ruinas de Carnac, Luxor, Denderah y muchos otros lugares siguen siendo los edificios más imponentes del mundo. Testifican hasta el día de hoy que el hombre que renunció a la riqueza egipcia renunció a algo que incluso nuestras mentes encontrarían difícil de calcular y estimar.
Pensemos una vez más cuán grande fue esta tentación.
Consideremos por un momento el poder del dinero, la inmensa influencia que «el amor al dinero» obtiene sobre las mentes de los hombres. Miremos a nuestro alrededor y observemos cómo lo codician y qué asombrosos dolores y trabajos afrontan para obtenerlo. Háblenles de una isla a muchos miles de millas de distancia donde puede encontrarse algo provechoso si se importa, y al instante se enviará una flota de barcos a buscarlo. Muéstreles un modo de ganar un uno por ciento más con su dinero, y le contarán entre los más sabios de los hombres; casi se postrarán y le adorarán. Poseer dinero parece esconder defectos, cubrir faltas, vestir a un hombre de virtudes. La gente puede perdonar mucho... ¡si usted es rico! Pero aquí hay un hombre que podría haber sido rico... y no quiso. No quiso los tesoros egipcios. Les volvió la espalda. Los rechazó. ¡Los dejó!
Tales fueron las cosas que Moisés rechazó: rango, placer, riquezas, las tres a la vez.
Añádase a todo esto que lo hizo deliberadamente. No rechazó estas cosas en un arranque apresurado de entusiasmo juvenil. Tenía cuarenta años. Estaba en la flor de la vida. Sabía lo que hacía. Era un hombre muy instruido, «instruido en toda la sabiduría de los egipcios» (Hechos 7:22). Podía sopesar ambos lados de la cuestión.
Añádase que no los rechazó porque estuviera obligado. No era como el moribundo que nos dice «no anhela nada más en este mundo»; ¿y por qué? Porque está dejando el mundo y no puede conservarlo. No era como el pobre que hace un mérito de la necesidad y dice «no quiere riquezas»; ¿y por qué? Porque no puede obtenerlas. No era como el anciano que se jacta de «haber dejado a un lado los placeres mundanos»; ¿y por qué? Porque está agotado y no puede disfrutarlos. ¡No! Moisés rechazó lo que podría haber disfrutado. El rango, el placer y las riquezas no lo dejaron a él; él los dejó a ellos.
Y entonces juzguen si no tengo razón al decir que el suyo fue uno de los mayores sacrificios que hombre mortal haya hecho jamás. Otros han rechazado mucho, pero ninguno, creo, tanto como Moisés. Otros han obrado bien en el camino del sacrificio y la negación propia, pero él a todos los supera.
2. Lo que Moisés ELIGIÓ
Moisés eligió tres cosas por el bien de su alma, y creo que sus elecciones son tan asombrosas como sus renuncias. El camino de la salvación pasaba por ellas, y él lo siguió; y al hacerlo eligió tres de las cosas que menos dispuesto está el hombre a tomar.
1. Moisés eligió el SUFRIMIENTO y la AFLICCIÓN.
Dejó la comodidad y el bienestar de la corte de Faraón y tomó abiertamente partido por los despreciados hijos de Israel. Eran un pueblo esclavizado y perseguido, objeto de desconfianza, sospecha y odio; y cualquiera que los favoreciera estaba seguro de probar algo de la copa amarga que ellos bebían a diario.
A los ojos de los sentidos, no parecía haber posibilidad de liberación de la esclavitud egipcia sin una larga y dudosa lucha. Un hogar establecido y una patria para ellos debía de parecer algo poco probable de conseguir, por mucho que se deseara. En realidad, ¡si alguna vez un hombre pareció elegir con los ojos abiertos el dolor, las pruebas, la pobreza, la necesidad, la angustia, la ansiedad y quizá la muerte, ese hombre fue Moisés!
Pensemos cuán asombrosa fue esta elección.
La carne y la sangre rehúyen naturalmente el dolor. Está en todos nosotros hacerlo así. Nos apartamos por instinto del sufrimiento y lo evitamos si podemos. Si se nos presentan dos caminos, y ambos parecen correctos, generalmente tomamos el que menos desagradable sea a la carne y la sangre. Pasamos nuestros días con temor y ansiedad cuando pensamos que la aflicción se acerca, y usamos todo medio para escapar de ella. Y cuando llega, a menudo nos impacientamos y murmuramos bajo su peso; y si solo podemos soportarla con paciencia, ya lo consideramos algo grande.
¡Pero miren aquí! Aquí hay un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, ¡y realmente elige la aflicción! Moisés vio la copa del sufrimiento que tenía ante sí si dejaba la corte de Faraón, ¡y la eligió, la prefirió y la tomó!
2. Pero hizo más que esto: eligió la COMPAÑÍA de un pueblo despreciado.
Dejó la sociedad de los grandes y sabios, entre quienes se había criado, y se unió a los despreciados hijos de Israel. Él, que había vivido desde la infancia en medio del rango, las riquezas y el lujo, descendió de su alto estado y echó su suerte con hombres pobres: esclavos, oprimidos, indigentes, afligidos, atormentados, trabajadores en los hornos de ladrillo.
¡Cuán admirable fue, una vez más, esta elección!
Por lo general, consideramos suficiente con llevar nuestras propias cargas. Podemos sentir pena por otros cuya suerte es ser pobres y despreciados. Incluso podemos intentar ayudarlos; podemos dar dinero para levantarlos; podemos hablar por ellos a quienes dependen; pero aquí generalmente nos detenemos.
Pero aquí hay un hombre que hace mucho más. No solo siente compasión por el despreciado Israel, sino que de hecho baja hasta ellos, se suma a su sociedad y vive enteramente con ellos. Uno se asombraría si algún gran hombre en Londres dejara casa, fortuna y posición social para ir a vivir con una pequeña pensión en un callejón estrecho del gueto, por amor a hacer el bien. Sin embargo, esto daría una idea muy débil y tenue del tipo de cosa que Moisés hizo. Vio a un pueblo despreciado y eligió su compañía con preferencia a la de los más nobles de la tierra. Se hizo uno con ellos, su hermano, su compañero en la tribulación, su aliado, su asociado y su amigo.
3. Pero hizo aún más. Eligió el OPROBIO y el ESCARNIO.
¿Quién puede concebir el torrente de burla y ridículo que Moisés tendría que enfrentar al apartarse de la corte de Faraón para unirse a Israel? Le dirían que estaba loco, que era necio, débil, insensato, que había perdido el juicio. Perdería su influencia; perdería el favor y la buena opinión de todos entre quienes había vivido. Pero nada de esto lo conmovió. ¡Dejó la corte egipcia y se unió a los esclavos!
Pensemos de nuevo en qué elección fue esta.
Pocas cosas hay más poderosas que el ridículo y el escarnio. Pueden hacer mucho más que la enemistad abierta y la persecución. Muchos hombres que marcharían hasta la boca de un cañón, o dirigirían una esperanza perdida, o tomarían al asalto una brecha, han descubierto que les resulta imposible enfrentar la burla de unos pocos compañeros, y se han acobardado en el camino del deber para evitarla. ¡Ser objeto de risa! ¡Ser motivo de broma! ¡Ser objeto de chanzas y burlas! ¡Ser tenido por débil y necio! ¡Ser considerado un insensato! Nada hay de grande en todo esto, y muchos, por desgracia, no se deciden a soportarlo.
Y, sin embargo, aquí hay un hombre que se decidió y no se acobardó ante la prueba. Moisés vio el oprobio y el escarnio ante él, y los eligió y los aceptó como su porción.
Estas, pues, fueron las cosas que Moisés eligió: aflicción, la compañía de un pueblo despreciado y escarnio.
Consideren, además de todo esto, que Moisés no era una persona débil, ignorante e iletrada que no supiera lo que hacía. Se nos dice expresamente que era «poderoso en palabras y obras», ¡y sin embargo eligió como lo hizo! (Hechos 7:22).
Consideren también las circunstancias de su elección. No estaba obligado a elegir como lo hizo. Nadie le compelía a tomar tal camino. Las cosas que tomó no se le impusieron contra su voluntad. Él fue tras ellas; ellas no vinieron tras él. Todo lo que hizo, lo hizo por su propia libre elección: voluntariamente y por propia iniciativa.
Y entonces juzguen si no es verdad que sus elecciones fueron tan maravillosas como sus renuncias. Desde que el mundo comenzó, supongo, nadie hizo jamás una elección como la que Moisés hizo en nuestro texto.
3. El PRINCIPIO que movió a Moisés
¿Cómo puede explicarse su conducta? ¿Qué razón posible puede darse? Rechazar lo que generalmente se llama bueno y elegir lo que comúnmente se considera malo no es el camino de la carne y la sangre. No es el modo de proceder del hombre; esto requiere alguna explicación. ¿Cuál será esa explicación?
Tenemos la respuesta en el texto. No sé si admirar más su grandeza o su sencillez. Todo reside en una pequeña palabra, y esa palabra es «FE».
Moisés tenía fe. La fe fue el resorte principal de su asombrosa conducta. La fe le hizo actuar como actuó, elegir lo que eligió y rechazar lo que rechazó. Lo hizo todo porque creía.
Dios puso ante los ojos de su mente su propia voluntad y propósito. Dios le reveló que un Salvador nacería del linaje de Israel, que grandes promesas estaban ligadas a estos hijos de Abraham y que aún habrían de cumplirse, que el tiempo de cumplir una parte de esas promesas estaba cerca; y Moisés confió en esto y creyó. Y cada paso de su admirable carrera, cada acción de su viaje por la vida después de dejar la corte de Faraón, su elección del aparente mal, su rechazo del aparente bien: todo, todo debe remontarse a esta fuente; todo se descubrirá que descansa sobre este fundamento. Dios le había hablado, y él tenía fe en la palabra de Dios.
Creía que Dios cumpliría sus promesas, que lo que había dicho seguramente lo haría, y lo que había pactado seguramente lo llevaría a cabo.
Creía que para Dios nada era imposible. La razón y los sentidos podían decir que la liberación de Israel era imposible: los obstáculos eran demasiados, las dificultades demasiado grandes. Pero la fe decía a Moisés que Dios era todopoderoso. Dios había emprendido la obra, y la obra se haría.
Creía que Dios era todopensabiente. La razón y los sentidos podían decirle que su línea de acción era absurda, que estaba desperdiciando una influencia útil y destruyendo toda posibilidad de beneficiar a su pueblo al romper con la hija de Faraón. Pero la fe decía a Moisés que, si Dios decía: «Ve por este camino», tenía que ser el mejor.
Creía que Dios era todo misericordioso. La razón y los sentidos podían sugerir que podría encontrarse un modo más agradable de liberación, que podría lograrse algún compromiso y evitarse muchas dificultades. Pero la fe decía a Moisés que Dios era amor y no daría a su pueblo ni una gota de amargura más allá de lo absolutamente necesario.
La fe fue un telescopio para Moisés. Le hizo ver la hermosa tierra a lo lejos: descanso, paz y victoria, cuando la razón miope solo podía ver prueba y esterilidad, tormenta y tempestad, cansancio y dolor.
La fe fue un intérprete para Moisés. Le hizo descubrir un sentido consolador en los oscuros mandatos escritos por la mano de Dios, mientras el sentido ignorante no veía en ellos sino misterio y necedad.
La fe dijo a Moisés que todo aquel rango y grandeza eran de la tierra, terrenales: algo pobre, vano y vacío, frágil, pasajero y que se desvanece; y que no había verdadera grandeza como la de servirle a Él. Dios era el rey, y el verdadero noble era el que pertenecía a la familia de Dios. ¡Era mejor ser el último en el cielo que el primero en el infierno!
La fe dijo a Moisés que los placeres mundanos eran «deleites del pecado». Estaban mezclados con el pecado, conducían al pecado, eran ruinosos para el alma y desagradables a Dios.
Sería un consuelo pequeño tener placer mientras Dios estuviera contra él. Mejor sufrir y obedecer a Dios que estar a gusto y pecar.
La fe dijo a Moisés que, después de todo, esos placeres eran solo por un «tiempo». No podían durar; todos eran efímeros; pronto le cansarían; tendría que dejarlos todos en pocos años.
La fe le dijo que había una recompensa en el cielo para el creyente, mucho más rica que los tesoros de Egipto: riquezas duraderas, donde ni la polilla las corrompe ni los ladrones las roban. Allí la corona sería incorruptible; el peso de la gloria sería eminente y eterno, y la fe le invitaba a apartar la mirada hacia un cielo invisible si sus ojos se deslumbraban con el oro egipcio.
La fe dijo a Moisés que la aflicción y el sufrimiento no son verdaderos males. Son la escuela de Dios, en la que él adiestra a los hijos de la gracia para la gloria; las medicinas, necesarias para purificar nuestros corazones corrompidos; el horno, que debe quemar nuestra escoria; el cuchillo, que debe cortar los lazos que nos unen al mundo.
La fe dijo a Moisés que los despreciados israelitas eran el pueblo escogido de Dios. Creía que a ellos pertenecían la adopción, el pacto, las promesas y la gloria: que de ellos nacería un día la simiente de la mujer, que heriría la cabeza de la serpiente; que la bendición especial de Dios estaba sobre ellos; que eran amables y hermosos a sus ojos, y que ¡era mejor ser portero entre el pueblo de Dios que reinar en los palacios de la maldad!
La fe dijo a Moisés que todo el oprobio y escarnio derramado sobre él era «el oprobio de Cristo», que era honorable ser escarnecido y despreciado por amor a Cristo; que quien perseguía al pueblo de Cristo perseguía a Cristo mismo; y que el día debía venir en que sus enemigos se inclinarían ante él y lamerían el polvo. Todo esto, y mucho más que no puedo detallar, Moisés lo vio por fe. Estas fueron las cosas que creyó, y creyendo hizo lo que hizo.
Estuvo persuadido de ellas y las abrazó; las tuvo por certezas; las consideró como verdades sustanciales; las tuvo por tan seguras como si las hubiera visto con sus propios ojos; actuó con ellas como realidades, y esto le hizo el hombre que fue. Tenía fe. Creía.
No nos maravillemos de que rechazara grandeza, riquezas y placer. Miró lejos hacia adelante. Vio con el ojo de la fe reinos desmoronándose en polvo, riquezas haciéndose alas y huyendo, placeres conduciendo a la muerte y al juicio, y a Cristo solo y a su pequeño rebaño perdurando para siempre.
No nos asombremos de que eligiera aflicción, un pueblo despreciado y oprobio. Miró por debajo de la superficie. Vio con el ojo de la fe la aflicción durando solo por un momento, el oprobio quitado de en medio y terminando en honra eterna, y al despreciado pueblo de Dios reinando como reyes con Cristo en gloria.
¿Y no tenía razón? ¿No nos habla aunque está muerto, en este mismo día? El nombre de la hija de Faraón ha perecido, o al menos es sumamente dudoso. La ciudad donde reinó Faraón no se conoce. Los tesoros de Egipto se han ido. Pero el nombre de Moisés se conoce dondequiera que se lee la Biblia, y sigue siendo un testigo permanente de que «quien vive por fe, ¡dichoso él!».
4. Algunas LECCIONES PRÁCTICAS
«¿Qué tiene todo esto que ver con nosotros?», dirán algunos. «Nosotros no vivimos en Egipto, no hemos visto milagros, no somos israelitas, estamos cansados del tema».
Y, sin embargo, nuestro tema es considerable y de gran peso, del que no deberíamos despedirnos a la ligera. Es particularmente relevante para todo aquel que anhela la salvación, por muchas razones.
1. Si alguna vez quiere ser salvo, debe hacer la elección que Moisés hizo: debe elegir a Dios antes que al mundo.
Tengan bien presente lo que digo. No pasen por alto esto, aunque se olvide todo lo demás. No digo que el estadista deba abandonar su cargo, ni que el rico renuncie a su propiedad. Que nadie imagine que quiero decir esto. Pero digo que, si un hombre quiere ser salvo, sea cual sea su rango en la vida, debe estar preparado para la tribulación. Debe decidirse a elegir mucho de lo que parece mal y a renunciar y rechazar mucho de lo que parece bien.
Me atrevo a decir que esto suena a lenguaje extraño para algunos que leen estas páginas. Sé bien que pueden tener cierta forma de religión y no encontrar dificultad en su camino. Hay un tipo común y mundano de cristianismo en nuestros días, que muchos tienen: un cristianismo barato que a nadie ofende, que no requiere sacrificio, que no cuesta nada... ¡y que no vale nada! No hablo de la religión de esa clase.
Pero si realmente hablan en serio con su alma, si su religión es algo más que un mero abrigo de domingo a la moda, si están decididos a vivir según la Biblia, si están resueltos a ser cristianos del Nuevo Testamento, entonces pronto descubrirán que tienen que llevar una cruz. Tendrán que soportar cosas difíciles; tendrán que sufrir por su alma, como Moisés hizo, o no podrán ser salvos.
El mundo del siglo diecinueve es lo que siempre ha sido. Los corazones de los hombres siguen siendo los mismos. La ofensa de la cruz no ha cesado. El verdadero pueblo de Dios sigue siendo un pequeño rebaño despreciado. La verdadera religión evangélica sigue trayendo consigo oprobio y escarnio. Un verdadero siervo de Dios seguirá siendo considerado un entusiasta y un necio por muchos.
Pero el asunto se reduce a esto: ¿desean que su alma sea salva? Entonces recuerden, deben elegir a quién servirán. No pueden servir a Dios y a las riquezas. No pueden estar en dos bandos a la vez. No pueden ser amigo de Cristo y amigo del mundo al mismo tiempo. Tienen que salir de entre los hijos de este mundo y ser separados. Tendrán que soportar mucho ridículo, dificultad y oposición, o se perderán para siempre. Tendrán que estar dispuestos a pensar y hacer cosas que el mundo considera necias y a sostener opiniones que solo unos pocos comparten. Les costará algo. La corriente es fuerte, y tienen que remontarla. El camino es estrecho y empinado, y de nada sirve decir que no lo es. Pero, créanlo, no puede haber religión que salve sin sacrificios y sin negación propia.
Ahora bien, ¿están haciendo algún sacrificio? ¿Les cuesta algo su religión? Se lo planteo a su conciencia con toda ternura y afecto. ¿Están ustedes, como Moisés, prefiriendo a Dios antes que al mundo, o no? Les ruego que no se refugien bajo esa peligrosa palabra «nosotros»: «debemos», «esperamos», «queremos decir» y similares. Les pregunto con claridad: ¿qué están haciendo ustedes mismos? ¿Están dispuestos a renunciar a cuanto les aparta de Dios, o se aferran al Egipto del mundo y se dicen a sí mismos: «¡Lo necesito, lo necesito! ¡No puedo arrancarme de ello!»?
¿Hay alguna cruz en su cristianismo? ¿Hay alguna arista viva en su religión, algo que alguna vez roce y entre en colisión con la mentalidad mundana que les rodea? ¿O todo es liso, redondeado y cómodamente adaptado a la costumbre y la moda? ¿Conocen algo de las aflicciones del evangelio? ¿Son su fe y su práctica objeto de escarnio y oprobio? ¿Les tienen por necio alguien a causa de su alma? ¿Han dejado a la hija de Faraón y se han unido de corazón al pueblo de Dios? ¿Están arriesgándolo todo por Cristo? ¡Examinen y vean!
Estas son indagaciones duras y preguntas ásperas. No puedo evitarlo. Creo que están fundadas en verdades de la Escritura. Recuerdo que está escrito: «Iban con él grandes multitudes; y volviéndose, les dijo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y a su madre, y a su mujer, y a sus hijos, y a sus hermanos, y a sus hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14:25-27). Muchos, me temo, querrían la gloria sin desear la gracia. Con gusto tendrían el salario, pero no el trabajo; la cosecha, pero no el trabajo; la siega, pero no la siembra; la recompensa, pero no la batalla.
¡Pero no puede ser! Como dice Bunyan: «Lo amargo debe ir antes que lo dulce». Si no hay cruz, ¡no habrá corona!
2. Nada jamás le permitirá elegir a Dios antes que al mundo, sino la fe.
Solo la fe le capacita, nada más, ya tenga conocimiento, sienta fuertes emociones, practique el uso regular de formas externas o tenga buenos compañeros. La religión sin fe hace algo, pero no es suficiente; es un reloj sin muelles ni pesas; su esfera puede ser hermosa, puede girar sus manecillas, pero no andará. La religión de sustancia que permanece tiene como fundamento la firmeza de la fe.
Tiene que haber una creencia real y sincera de que las promesas de Dios son seguras y dignas de confianza: una creencia real de que todo lo que Dios dice en la Biblia es verdad, y que toda doctrina contraria es falsa, diga quien diga. Tiene que haber una creencia real de que todas las palabras de Dios deben recibirse, por duras y desagradables que sean a la carne y a la sangre, y de que su camino es el correcto y todos los demás son erróneos. Esto tiene que existir, o nunca saldrá del mundo, tomará la cruz, seguirá a Cristo y será salvo.
Debe aprender a creer: que las promesas son mejores que las posesiones, las cosas no vistas mejores que las vistas, las cosas del cielo fuera de la vista mejores que las de la tierra ante los ojos, y la alabanza del Dios invisible mejor que la del hombre visible.
Entonces, y solo entonces, hará una elección como la de Moisés y preferirá a Dios antes que al mundo.
Ahora se plantea la pregunta principal: ¿Tiene usted esta fe? Si la tiene, le será posible rechazar el bien aparente y elegir el mal aparente. No tendrá en nada las pérdidas de hoy con la esperanza de las ganancias de mañana. Seguirá a Cristo en la oscuridad y permanecerá a su lado hasta el final. Si no la tiene, le advierto: nunca librará buena batalla ni «correrá de tal manera que obtenga». Pronto se ofenderá y volverá al mundo.
Por encima de todo esto, debe haber una fe real y permanente en el Señor Jesucristo. La vida que usted vive en la carne debe vivirla por la fe en el Hijo de Dios. Debe haber un hábito establecido de apoyarse continuamente en Jesús, de mirar a Jesús, de sacar de Jesús y de usarle como el maná de su alma.
Debe esforzarse por poder decir: «Para mí el vivir es Cristo». «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 1:21; 4:13).
Esta fue la fe por la cual los antiguos santos alcanzaron buen testimonio. Esta fue el arma con la que vencieron al mundo. Esta los hizo lo que fueron.
Esta fue la fe que hizo que Noé siguiera construyendo su arca mientras el mundo miraba y se burlaba; que Abraham cediera a Lot la elección de la tierra y habitara tranquilamente en tiendas; que Rut se uniera a Noemí y se apartara de su tierra y sus dioses; que Daniel perseverara en oración aunque sabía que estaba preparado el foso de los leones; que los tres jóvenes hebreos se negaran a adorar ídolos aunque el horno ardiente estaba ante sus ojos; y que Moisés dejara Egipto sin temer la ira de Faraón.
Todos estos actuaron como lo hicieron porque creían. Vieron las dificultades y los problemas de ese camino. Pero vieron a Jesús por fe y por encima de todo, y siguieron adelante. Bien puede el apóstol Pedro hablar de la fe como «fe preciosa» (2 Pedro 1:1).
3. La verdadera razón de que tantos sean personas mundanas e impías es que no tienen fe. Debemos ser conscientes de que multitudes de cristianos profesantes no pensarían ni por un momento en hacer lo que Moisés hizo. Es inútil hablar cosas agradables y cerrar los ojos ante los hechos. Ese hombre debe ser ciego que no ve a miles a su alrededor que a diario prefieren el mundo a Dios; que colocan las cosas del tiempo antes que las de la eternidad, y las del cuerpo antes que las del alma. Puede que no nos guste admitirlo, y nos esforzamos por ignorar el hecho. Pero así es.
¿Y por qué lo hacen? Sin duda todos nos darán razones y excusas. Algunos hablarán de las trampas del mundo, otros de la falta de tiempo, otros de las dificultades peculiares de su posición, otros de los cuidados y ansiedades de la vida, otros de la fuerza de la tentación, otros del poder de las pasiones, otros de la influencia de los malos compañeros.
Pero, ¿a qué se reduce todo al final? Hay un modo mucho más breve de explicar el estado de sus almas: ¡no creen de verdad! Una sola frase, como la vara de Aarón, devorará todas sus excusas: ¡no tienen fe!
No piensan de verdad que lo que Dios dice sea cierto. En secreto se lisonjean con la idea: «Seguramente no se cumplirá. Seguramente debe haber algún otro camino al cielo además del que los ministros predican. No puede haber tanto peligro de perderse». En resumen, no ponen su confianza implícita en las palabras que Dios ha escrito y hablado, y por eso no actúan según ellas. No creen a fondo en el infierno, y por eso no huyen de él; ni en el cielo, y por eso no lo buscan; ni en la culpa del pecado, y por eso no se apartan de él; ni en la santidad de Dios, y por eso no le temen; ni en su necesidad de Cristo, y por eso no confían en él ni le aman.
No sienten confianza en Dios, y por eso no arriesgan nada por él. Como el muchacho Pasión, en El progreso del peregrino, quieren sus cosas buenas ahora. No confían en Dios, y por eso no pueden esperar.
Ahora bien, ¿cómo estamos nosotros mismos? ¿Creemos toda la Biblia? Hagámonos esa pregunta. Créanlo: es algo mucho más grande creer toda la Biblia de lo que muchos suponen. Dichoso el hombre que puede poner la mano sobre su corazón y decir: «Soy creyente».
Hablamos a veces de los infieles como si fueran las personas más raras del mundo. Y reconozco que la infidelidad abierta y declarada, afortunadamente, no es muy común hoy. Pero hay a nuestro alrededor una gran cantidad de infidelidad práctica, sin embargo, tan peligrosa al final como los principios de Voltaire y Paine. Hay muchos que domingo tras domingo repiten el credo y se preocupan de declarar su creencia en todo lo que este contiene. Y, sin embargo, estas mismas personas viven toda la semana como si Cristo nunca hubiera muerto, como si no hubiera juicio, ni resurrección de los muertos, ni vida eterna. Hay muchos que dirán: «Oh, lo sabemos todo», cuando se les habla de las cosas eternas y del valor de sus almas. Y, sin embargo, sus vidas muestran claramente que no saben nada como debieran saber; ¡y lo más triste de su estado es que piensan que sí!
Es una verdad terrible y digna de toda consideración que el conocimiento bíblico que no se pone en práctica no es solo inútil e infructuoso: es mucho peor que eso. ¡Aumentará nuestra condenación y agravará nuestra culpa en el día del juicio! Una fe que no influye en la conducta de un hombre no es digna de tal nombre. Solo hay dos clases en la iglesia de Cristo: los que creen y los que no. La diferencia entre el verdadero cristiano y el mero profesante externo reside en una sola palabra: el verdadero cristiano es como Moisés: «tiene fe»; el mero profesante externo no la tiene. El verdadero cristiano cree, y por eso vive como vive; el mero profesante no cree, y por eso es lo que es. ¡Oh, dónde está nuestra fe! No seamos incrédulos, sino creyentes.
4. El verdadero secreto de hacer grandes cosas para Dios es tener gran fe.
Creo que todos somos propensos a equivocarnos en este punto. Pensamos y hablamos demasiado sobre gracias, dones y logros, y no recordamos suficientemente que la fe es la raíz y la madre de todos ellos. En el caminar con Dios, un hombre llegará tan lejos como crea, y no más allá. Su vida siempre será proporcional a su fe. Su paz, su paciencia, su valor, su celo, sus obras: todo será según su fe.
Leen las vidas de cristianos eminentes, hombres como Wesley, Whitefield, Venn, Martyn, Bickersteth, Simeon o M'Cheyne. Y están dispuestos a decir: «¡Qué dones y gracias tan maravillosos tenían estos hombres!». Yo respondo: más bien deberían dar honor a la gracia madre que Dios pone de relieve en el capítulo once de la Epístola a los Hebreos; deberían dar honor a su fe. Créanlo, la fe fue el resorte principal en el carácter de cada uno de ellos.
Puedo imaginar a alguien diciendo: «Eran tan dados a la oración, eso los hizo lo que fueron». Respondo: ¿por qué oraban mucho? Simplemente porque tenían mucha fe. ¿Qué es la oración sino fe hablando a Dios?
Otro dirá quizá: «Eran tan diligentes y laboriosos, eso explica su éxito». Respondo: ¿por qué eran tan diligentes? Simplemente porque tenían fe. ¿Qué es la diligencia cristiana sino fe trabajando?
Otro me dirá: «Eran tan valientes, eso los hizo tan útiles». Respondo: ¿por qué eran tan valientes? Simplemente porque tenían mucha fe. ¿Qué es el valor cristiano sino la fe cumpliendo honestamente su deber?
Y otro exclamará: «Fueron su santidad y su espiritualidad lo que les dio peso». Por última vez respondo: ¿qué los hizo santos? Nada sino un espíritu vivo y real de fe. ¿Qué es la santidad sino fe visible y fe encarnada?
Si quiere usted ser como Moisés, dejando tan claro como el mediodía que ha elegido a Dios antes que al mundo, ¿qué pide Cristo de usted? ¿Desea llevar mucho fruto? ¿Quiere ser eminentemente santo y útil? Me atrevo a estar seguro de que todo creyente respondería con un rotundo: «¡Sí! ¡Ese es mi deseo!».
Entonces acepte el consejo que le doy hoy: vaya y clame al Señor Jesucristo, como los discípulos: «¡Señor, acrecienta nuestra fe!». La fe es la raíz del carácter de un verdadero cristiano. Deje que la raíz esté sana, y pronto el fruto abundará. Su prosperidad espiritual será siempre según su fe. El que cree no solo será salvo, sino que nunca tendrá sed, vencerá, será confirmado, caminará con firmeza sobre las aguas de este mundo y ¡hará grandes obras!
Lector, si cree lo contenido en este escrito y desea ser un hombre del todo santo, comience a actuar según su fe. Tome a Moisés por ejemplo. Camine en sus pasos. Vaya y haga lo mismo.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Ryle
Título original: Holiness — Moses, an Example
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Ryle, publicado originalmente en Grace Gems.