A veces aflige para hacer manifiestas sus gracias. Dios afligió a Job en sus bienes, en su persona, para que la verdad de su fe y su paciencia se viera en medio de sus sufrimientos, para alabanza de Dios. No envía pruebas sino cuando hay necesidad de ellas, y para que la prueba de la fe sea hallada para alabanza y honra, 1 Pedro 1.6, 7.
Los padres a menudo usan su arbitrariedad, y no su sabiduría. Las aflicciones de Dios son actos soberanos, pero no separados de intenciones sabias y llenas de gracia. Pero el apóstol explica el provecho particular que Dios persigue: «para que seamos partícipes de su santidad». Es decir, refinar su escoria y purificarlos para sí mismo, y hacerlos aptos para el lugar donde no habita nada que sea impuro. Los padres terrenales corrigen a sus hijos para que aprendan artes y modales útiles en el mundo—el provecho externo es principalmente lo que persiguen; y a veces corrigen para que sus vicios sean imitados. Dios corrige para que su santidad sea comunicada aquí, y la bienaventuranza en lo venidero.
Esto parece ser una exposición de lo que quiso decir con viviremos en el versículo anterior. Esto nos preserva y nos hace partícipes de su santidad; la santidad que él aprueba, que él manda, y que guarda cierta semejanza y conformidad con la suya propia.
En el mismo sentido se dice que somos partícipes de la naturaleza divina, 2 Pedro 1.4, por lo cual tenemos un retrato de la naturaleza y santidad de Dios trazado en nuestras almas por el Espíritu. No es para que poseamos la santidad de Dios, sino para que participemos de la santidad de Dios. Los lineamientos de su imagen, formados en nosotros por el evangelio y por las aflicciones, son como los rayos y chispas de su santidad. El original está en Dios; el retrato de él, en el creyente; como la luz está en el sol, pero algún resplandor de ella en el cristal sobre el cual brilla.
Esto lo obra Dios por medio de las aflicciones, por las cuales nos hace ejercitarnos más en el arrepentimiento; nos desteta de la carne, que nos apartaría de Dios; nos hace unirnos más a Cristo por la fe, que es el manantial de la santidad; nos hace desear más ardientemente beber de la fuente y buscar aquellas cosas que son celestiales.
Los padres corrigen a sus hijos para llevarlos a la imitación de sus modales. Dios corrige a los suyos para llevarlos a la imitación de su santidad. Ellos castigan para hacer a sus hijos semejantes a ellos. Dios castiga para que sus hijos se conformen a él.
(1.) Los castigos de Dios no siempre son puniciones; no se infligen como pago por el pecado. Dios busca nuestro provecho. Un juez no atiende al provecho del criminal cuando lo condena al castigo, sino únicamente al honor de la ley; y a reparar la ofensa hecha a la ley por su violación, y a satisfacer aquella justicia que ha sido quebrantada. Pero Dios busca la ventaja de los creyentes que sufren, y los hace padecer para hacerlos llenos de gracia y gloriosos, para comunicarles la más alta excelencia de la que una criatura es capaz.
(2.) Este es un gran argumento para amar a Dios incluso por las aflicciones. «En todo dad gracias», dice el apóstol. En los castigos de Dios hay gran razón para dar gracias, en atención a su fruto. Un padre terrenal transmite su herencia a su hijo, pero no sus dotes internos; pero Dios comunica su santidad a sus hijos por estos medios.
(3.) ¡Cuán pacientemente deberíamos soportar los castigos de Dios! La majestad de Dios, por encima de los padres terrenales, y su propósito lleno de gracia y su sabia dirección de ellos nos obligan a este deber. Él nunca hiere sino con razón. Nunca hiere a sus hijos sino para su bien. Los golpes santos deben recibirse sin murmuración. Bienvenida es el arma que trae más bálsamo que dolor, espada bendita la que abre el absceso. Aquello que no solo es provechoso, sino necesario, no solo exige nuestra paciencia, sino nuestro abrazo voluntario cuando Dios lo inflige con sabiduría.
Además, nuestras aflicciones son breves; no duran más que esta vida. Razón habría para quejarnos mucho si fuera un dolor eterno, pero es solo por un breve tiempo.
(4.) Debemos procurar corresponder a la intención de Dios, formándonos en aquella santidad que él persigue, y abrazar todo movimiento del Espíritu en nuestras aflicciones. Para ese fin, la vara tiene una voz; el Espíritu tiene una voz; a ambos ha de escucharse.
Fuente y atribución
Autor original: Stephen Charnock
Título original: A Discourse on Afflictions — parte 8
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Stephen Charnock, publicado originalmente en Grace Gems.