¡Cuán a menudo lucha también la codicia por predominar en esta época de la vida! ¡Cuántos temores perturban la mente de los ancianos, no sea que, durante el breve lapso de vida que les queda, suceda algo que les prive de sus bienes o los exponga a la pobreza! ¡Cómo olvidan a veces la Providencia que siempre les ha asistido, y actúan como si creyeran estar destinados a vivir muchos años, como si hubiera muchas necesidades que suplir, y como si esa misma benigna Providencia no cuidara de ellos cuando de nuevo queden reducidos a aquel estado en que no puedan valerse por sí mismos!
Estas cosas hieren con demasiada frecuencia el ánimo de muchos; y de ahí surge aquella tibieza que se advierte en algunos ancianos profesantes. Es triste, sin embargo, contemplar a cristianos que declinan a medida que se acercan a la tumba. Pues estar afanoso por el mundo cuando vamos a dejarlo, indica un corazón poco influido por la gracia; y es tan incongruente como que un hombre se atavíe con oro y plata justo cuando se va a acostar. Si bien las infirmidades naturales de los ancianos demandan ternura y despiertan nuestra simpatía, no podemos sino lamentar y deplorar el caso de quienes se quejan, se entregan a la avaricia y embeben un espíritu mundano.
Los cristianos ancianos, por lo general, sin embargo, no han aprendado así a Cristo. Sienten, es cierto, estos males contender dentro de ellos, mientras a menudo se detienen y dejan caer una lágrima al pensar que quienes están en los umbrales del cielo deban sentirse en algún momento vivos para el mundo. No es su elemento. Buscan una patria mejor; desean entrar en aquel reposo que les está preparado arriba. Sí, damos gracias de que la iglesia cristiana produzca tantas muestras, monumentos duraderos de la gracia divina, que han sido preservados a pesar de los crudos embates de la oposición y de las pruebas de fuego a que han sido expuestos; y que, bendito sea Dios, aún permanecerán, inamovibles, a través de la muerte y de las edades eternas.
Pasemos ahora a considerar lo que es más característico de la experiencia del cristiano anciano.
Y, en primer lugar, podemos observar en el cristiano anciano aquella sabiduría y aquel conocimiento que no se hallan por lo general en los de menores años. «Los días hablan, y la multitud de los años enseña sabiduría.» Job 32:7. Los ancianos han aprendido mucho por su experiencia; la prolongación de su tiempo en el mundo les ha enseñado el conocimiento. ¡Qué revoluciones han presenciado en el mundo! ¡Qué cambios en las familias! ¡Qué vicisitudes en todo cuanto les rodea! ¡Qué diferentes aspectos han asumido los objetos circundantes! ¡Qué sucesos extraños han acontecido! ¡En cuán distintas circunstancias, acaso, se contemplan a sí mismos, comparadas con aquellas en que antes se hallaban! Como han andado largo tiempo por el camino estrecho, ¡qué multitud de objetos se han presentado a su vista! ¡Cómo han sido probados por su propio corazón! ¡Cuán a menudo han sido arrastrados por sus propias corrupciones! ¡Por qué triste experiencia han llegado al conocimiento de sí mismos! ¡Cuán severo ha sido a veces el conflicto con el enemigo de las almas! ¡Cómo han sido engañados por sus insidiosas trampas! ¡Con cuánta constancia se han visto hostigados por sus ataques! ¡Cuán rendidos y agotados se han sentido por sus ardientes tentaciones! ¡Qué han sufrido del mundo, de sus ceños, de sus sonrisas, de sus cuidados, de sus vínculos, de sus seducciones! ¡Qué oscuras providencias, qué afliciones inesperadas y acumuladas han sido llamados a soportar en el curso de su larga peregrinación!
¿Y no han ganado nada con la contemplación y la experiencia de todas estas circunstancias? Sí, en verdad. ¡Cuánto ha dilatado ellas su mente! ¡Qué idea distinta tienen ahora de las cosas comparada con la que antes tenían! La vanidad del mundo, la mutabilidad de la criatura, las transiciones súbitas del dolor al placer, de la dignidad al desprecio, de la amistad a la enemistad, de la calma a la tempestad —que con tanta frecuencia han presenciado en este mundo— los hacen moderados en sus goces, prudentes en sus resoluciones, cautos en sus empresas, y desconfiados de aquella seguridad que el mundo promete brindar.
Fuente y atribución
Autor original: Charles Buck
Título original: The Aged Christian — parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Buck, publicado originalmente en Grace Gems.