Hay gran ruido entre los hombres instruidos de nuestros días acerca de cómo Dios ha de ser visto y sentido, por así decirlo, en sus obras. ¡Verdad es, oh Señor! Estás cerca en todo lo que me rodea, pero más cerca en tu Hijo. En tus cielos contemplo tu sabiduría; pero en tu Ungido veo tu gracia y participo de tu amor. Estás cerca en tu sol, tu luna y tus estrellas, para convencer a los ateos; pero más cerca en tu palabra de gracia, para convertir a los pecadores y consolar a los santos. Mi razón me dice que aquel que formó el ojo, plantó el oído y puso entendimiento en el corazón, debe ver, oír y entender todas las cosas; pero se te ve en vistas más nobles y ensalzadas, en aquellas gracias que son infundidas por tu Espíritu Santo en mi alma. Sentido y razón concuerdan en que Dios hizo, gobierna y juzgará al mundo. Se te ha de reconocer en cada respiración como el Dios de mi vida; pero de un modo más glorioso, en cada acto de fe y aspiración celestial, como la vida de mi alma.
La filosofía humana ensalza la «naturaleza» como el mejor espejo para ver en él la gloria de Dios; y, ciertamente, en ella él es muy glorioso, pues los cielos declaran la gloria de Dios y el firmamento pregona su obra. Pero la revelación de las Escrituras, que es la más sublime filosofía, declara que el «rostro de Jesús» es el espejo más resplandeciente en el que puede verse la gloria de Dios, pues allí aparece con un brillo permanente y transformador. En la creación del mundo se admiran su poder y su sabiduría; pero en la redención del mundo se adoran su amor y su compasión.
Que otros se complazcan en las visiones filosóficas de la creación; pero yo, sin despreciarlas, recorreré el volumen de la revelación, leeré la página divina y me detendré en el plan del amor redentor, donde la gloriosa Trinidad aparece en la grandiosa obra de la redención del hombre, y donde todos los atributos y perfecciones de Dios resplandecen con una radiancia y una belleza que no pueden traslucirse a través de la creación más grosera, y que es aun demasiado brillante para que los ojos de los serafines la fijen en ella. ¡Aquí, pues, comenzaré a estudiar para la eternidad, y a aprender para el mundo venidero!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: More of God seen in Christ, than in all the creation
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.