Leemos que cuando el Salvador tenía ocho días fue circuncidado y recibió el nombre de Jesús. No era necesario que lo llevaran a Jerusalén para eso, pero al cumplirse los cuarenta días, cuando tenía casi seis semanas, fue llevado a Jerusalén con dos propósitos. Su madre fue entonces admitida por primera vez, tras el nacimiento de su hijo, en el templo, y fue con una ofrenda de acción de gracias. Si hubiera podido, habría traído un cordero de un año; pero siendo muy pobre, presentó dos tórtolas o palomas (véase Levítico 12). En segundo lugar, Jesús, como hijo primogénito, fue presentado al Señor, pues desde la muerte de los primogénitos de Egipto y el paso sobre los primogénitos de Israel, Dios había reclamado todos los primogénitos como suyos (Éxodo 13).
María vino, pues, al templo para presentar a su primogénito al Señor. ¡Cuándo se habrá ofrecido al Padre un don tan aceptable! Su único Hijo amado fue llevado a la casa de su Padre y entregado en su seno. El sacerdote suponía que era redimido con dinero, pero este santo niño no podía ser redimido con dinero: era un Cordero sin mancha, y sobre el altar de la cruz pronto sería puesto como sacrificio suficiente y voluntario por los pecados de todo el mundo.
Cuando María llevó a su niño al templo ocurrió un suceso muy interesante. Un profeta anciano se presentó y reconoció al Salvador niño como su Señor. Dios le había informado que no moriría hasta que viniera el Cristo, y también le había dado a conocer el momento preciso en que los padres habían introducido al divino niño en el templo. Simeón entró y halló a José y a María haciendo con su hijo según la costumbre de la ley, presentándolo al Señor delante del sacerdote. En aquel momento solemne, el anciano creyente contempló por primera vez a su Salvador, lo tomó en sus brazos y lo bendijo, porque su fe era tan firme que pudo creer que el niño de la pobre mujer que veía era el Señor de la gloria. Llamó a Jesús «su salvación»: «Mis ojos han visto tu salvación». Se regocijó también al pensar que otros hombres serían salvos por Jesús, tanto judíos como gentiles, pues dijo que Dios lo había dado a todos los pueblos, como luz para iluminar a las naciones y como gloria de Israel. ¡Cuán feliz es ver a Jesús por la fe antes de morir! Entonces también nosotros lo contemplaremos algún día con nuestros propios ojos, porque aunque muramos sin esa vista, resucitaremos para mirar a nuestro glorioso Redentor viniendo en las nubes del cielo.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The Song of Simeon
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.