Atardeceres sobre los montes hebreos

Simeón y el Consuelo que abre las puertas del mundo

Guiado por el Espíritu, el anciano Simeón encuentra en el Templo al Salvador en brazos de una madre, y con él en sus brazos abraza ya la esperanza de las naciones y la paz de una partida serena.

Le sería fácil a Dios dar una respuesta inmediata a las oraciones de su pueblo; romper de una vez toda cadena de pecado o de sufrimiento, e introducirlos en la gloriosa libertad de sus hijos. Pero quiere que aprendan una lección de dependencia de Él, de confianza y sumisión, de resignación y paciencia. Quiere que el "llanto" y la "espera" "duren por la noche", para que valoren tanto más "el gozo" que con toda certeza vendrá "por la mañana". Sí, su tiempo de espera aquí, aunque sin duda a menudo un tiempo de prueba, será, a la luz de la eternidad, visto y confesado como un tiempo precioso; una parte bondadosa de la cruz, que en el caso de todo redimido hijo de Dios debe preceder a la corona. ¡Y cómo no será acrecentada la bienaventuranza de aquel mundo de reposo ininterrumpido, por las pruebas y luchas, las tempestades y tribulaciones que lo precedieron; cuando el mar tempestuoso de la vida, en el que la fe y la paciencia estuvieron a menudo a punto de naufragar, sea cambiado por aquel puerto de paz, donde jamás ha de rodar de nuevo ni una sola ola de afán!

IV. Notemos cómo Simeón fue traído en esta ocasión al Templo.

Vino "por el Espíritu". Leemos, en el versículo anterior, que "el Espíritu Santo estaba sobre él"; y sin las influencias del Espíritu, ninguna de estas excelsas gracias cristianas habría podido ser suyas. Al entrar en sus atrios, ¿qué encuentra allí? Una mujer humilde con un niño recién nacido. No hay estrella mística, ni hueste angelical allí, para proclamar su gloria. Sin embargo, el Espíritu Santo abre los ojos del anciano santo y le dice que contemple en aquel Niño indefenso al Salvador de la humanidad.

Las ordenanzas de Dios son el Templo al cual los creyentes son aún convocados para contemplar a su Señor. La casa de oración es tal Templo. El poder y la gloria de Dios han, en la experiencia de su pueblo de todas las edades, sido "vistos en el santuario". "Jehová ama las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob" (Sal. 87:2); y es su propia declaración bondadosa: "los traeré a mi santo monte, y los haré alegrar en mi casa de oración" (Isa. 56:7).

La Biblia es tal Templo. A diferencia de aquel en que Simeón se hallaba, cuyos atrios más sagrados estaban abiertos solo a unos pocos favorecidos, está abierta a todo adorador. ¡Glorioso templo es! Las propias palabras de Dios son sus piedras vivas; sus inmutables promesas, sus columnas; su juramento y pacto, sus cimientos; sus muros, salvación; sus puertas, alabanza; Jesucristo, su piedra angular; profetas, apóstoles y santos, sus sumos sacerdotes, dando las respuestas de la Deidad.

Pero de qué nos servirán todas las glorias de uno y otro templo, si, como Simeón, no somos llevados allí por el Espíritu Santo? Sin su influencia, hallaremos un santuario desierto. Podemos tener el nombre de Jesús en nuestros labios y sus alabanzas en nuestra lengua; pero sin el Espíritu de Dios, no habrá en Él "hermosura que deseemos" (Isa. 53:2). Sin duda había muchos otros adoradores en el templo de Jerusalén cuando Simeón entró, y que miraron con él al Niño recién nacido; pero fue él solo, salido de la comunión con su Dios y sobre quien el Espíritu estaba, quien "contempló su gloria, la gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Juan 1:14).

Sea nuestra la oración de Moisés antes de entrar en el sagrado terreno de las ordenanzas: "Si tu presencia", ¡oh Espíritu de Dios!, "no va con nosotros, no nos saques de aquí" (Éx. 33:15). Recordemos que "nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo" (1 Cor. 12:3).

V. Observemos a continuación LA CONSUMACIÓN DE SU FE: "Entonces él lo tomó en sus brazos".

¡Qué momento de éxtasis fue este! El día en que sus esperanzas, deseos y oraciones se habían centrado por largo tiempo había llegado al fin. Aquel de quien Isaías cantó como "la Esperanza de Israel", era ahora su "Consolación". "Mis ojos han visto tu salvación". El tiempo de espera del santo ha llegado a su fin; y con el Niño prometido en su abrazo, puede mirar hacia una partida serena. ¡Qué emociones encendidas, en esta hora de gozo, debieron haberse despertado en su corazón! Aquel gran "misterio de la piedad", del que cantaron los videntes, el tema de los tipos, las profecías, las esperanzas y los anhelos de edades, "la simiente de la mujer", el prometido "Siloh", "el Cetro de Judá", "el escondedero contra la tempestad", "el Vástago" cuyas "hojas eran para la sanidad de las naciones", "la fuente abierta para la casa de David", "el Deseado de todas las naciones", "el Príncipe de Paz", está ahora plegado en sus brazos.

Pero el anciano israelita, en estos momentos de exultación, es llevado por inspiración a lo largo de la perspectiva de los siglos venideros; y nuevas visiones de gloria se agolupan desde el futuro. La estrechez nacional no encuentra lugar en un corazón que rebosa como el suyo. Él no conoce distinción entre judío y gentil. Con el verdadero espíritu cristiano y expansivo del alba de la dispensación del evangelio, mira hacia el tiempo en que hombres de toda nación, tribu, pueblo y lengua besen el cetro de este Niño ungido y le confiesen "Rey de reyes y Señor de señores": "Mis ojos han visto tu salvación, la cual has preparado delante de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel" (Luc. 2:30-32).

Forma un cuadro hermoso contemplar el resplandor del atardecer, las últimas visiones que se agolpan y se demoran en torno al ocaso de los días de este anciano. Está de pie en los bordes del sepulcro. La tierra parece alejarse, y el cielo a la vista. Pero ¿dónde están sus pensamientos? No en sí mismo, sino en la "Luz del mundo", en aquel día en que el Sol de Justicia habría de nacer sobre las naciones con "sanidad en sus alas", y cuando "los gentiles caminarán a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento" (Isa.).

Es una oración misionera la que forma los últimos alientos del santo que parte. Nos recuerda el cántico final que se elevó del arpa del real Salmista de Israel. Fue un magnífico himno sobre un mundo regenerado: una oración, no por Israel, sino por la humanidad. "Y toda la tierra sea llena de su gloria"; entonces, solo entonces, pudo cerrar los fervientes anhelos de su alma; entonces, solo entonces, cuando había encomendado a Dios la causa de UN MUNDO, pudo añadir: "Aquí terminan las oraciones de David hijo de Jesé" (Sal. 72:19, 20).

Así fue con Simeón. Él sostiene al Mesías en alto, en sus brazos marchitos, por una acción simbólica, ante todo el mundo. Como si dijera: "¡Tomadlo, vosotras las naciones! La gloria de Israel ha de declinar ahora. La misión del pueblo escogido ha terminado. Las puertas de la antigua economía se cerrarán ahora, después de haber estado abiertas por dos mil años. ¡El pórtico del ancho mundo se abrirá ahora! ¡Gentiles, salid a su encuentro con vuestros hosannas! ¡Venid, Saba y Sebá, y ofrecedle vuestros dones! ¡Venid, Etiopía, desata tus cadenas de hierro, y extiende tus manos a Dios! ¡Lejanas islas del océano, preparad su diadema: "coronadle Señor de todo". ¡Naves de Tarsis, desplegad vuestras velas para una carga más preciosa y una misión más noble: llevando apóstoles de orilla en orilla con "las inescrutables riquezas de Cristo"! ¡Que los reinos de la tierra "le canten alabanzas a este Rey"; porque aquella santa Iglesia, que ahora es pisada por mis pasos vacilantes, será en adelante hecha por Él "casa de oración para TODAS las naciones"!".

Aquello que formó la consumación de la fe de Simeón, es también la consumación de la nuestra: ¡tomar a Jesús en nuestros brazos! Más dichosa no puede estar el alma que cuando es capacitada para asir a Cristo como "toda su salvación". Simeón, habiendo visto a su Señor, sus esperanzas no podían ir más lejos. La tierra no podía darle más, y el anciano no busca más. Y así con el creyente aún hoy. Cuando obtiene a Cristo como su porción, no necesita otra; no busca otra. Su lenguaje es: "¿A quién tengo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti no deseo nada en la tierra"; pues, en realidad, al apropiarse así por la fe del Salvador, todo lo que merezca llamarse porción llega a ser suyo: "el mundo", "la vida", "la muerte", "las cosas presentes", "las venideras", la luz del rostro de Dios, las dulzuras de su amistad, la sonrisa de su amor: seguranzas que superan la riqueza de los mundos.

Observemos, finalmente, que Simeón, habiendo visto y abrazado a Cristo, está PREPARADO PARA MORIR. "Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra".

No es que se hubiera cansado de la vida. Si Dios lo hubiera querido, habría permanecido con gusto para compartir con Cristo sus sufrimientos antes de ser partícipe de su corona. Pero la promesa divina, de que la muerte no le cerraría los ojos hasta que hubiera visto al Salvador, se cumplió. Ya no tenía más seguridad de vida prolongada, y podía quedarse dormido siempre que su fiel Señor dispusiera llevarlo.

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: SIMEON — Parte 3

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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