"David, después de haber servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió." Hechos 13:36
Da dignidad y también sagrada solemnidad a nuestra vida pensar que estamos sirviendo a nuestra generación. Toda persona de corazón verdadero, al comprender esta verdad, procurará encarnar el pensamiento de Dios en su propio carácter y vida. Desde luego, no podemos hacer esto de manera perfecta, porque nada humano es perfecto. El artista no logra plasmar toda su visión en su cuadro.
En toda nuestra vida hacemos, aun en lo mejor, solo una pequeña parte de la hermosa obra que pretendemos y planeamos. Tropezamos y vacilamos en nuestros más santos esfuerzos. Nuestras manos torpes estropean los ideales sublimes que nuestra alma concibe. Salimos por la mañana con altos propósitos, pero nuestras confesiones vespertinas relatan mucha falta. Nunca vivimos ningún día tan bien como sabemos que deberíamos vivirlo.
Sin embargo, hay un sentido en el cual, sin alcanzar la perfección, un cristiano puede cumplir el plan de Dios para sí mismo. Una de las ilustraciones más interesantes de tal vida es la de David. El Señor dice: "He hallado a David, hijo de Isaí, un hombre conforme a mi corazón, que hará toda mi voluntad." Entonces, en otra frase, sorprendemos el secreto de esta vida tan completa. Se nos dice que él "sirvió a su propia generación según la voluntad de Dios." Vale la pena mirar de cerca esta descripción inspirada de una vida que agradó tanto a Dios, a fin de que aprendamos cómo cumplir el pensamiento divino para nosotros mismos.
Hay varias palabras luminosas en esta breve frase, que hacen muy claro su sentido. La palabra "sirvió" es una de ellas. David sirvió. Esta no es una palabra favorita. Naturalmente nos resistimos a la idea de servir. Parece tener un sentido innoble. Pero en realidad, es una de las más nobles de las palabras. Quien no ha comenzado a servir, no ha comenzado a vivir una vida piadosa. Dios nunca hizo una vida para el egoísmo. Jesús vino a mostrarnos el ideal divino perfecto de la vida humana, y Él sirvió hasta el extremo. "No vine para ser servido, sino para servir," fue su propia declaración del pensamiento y propósito central de su vida. Cuando le preguntaron quién era el mayor en su reino, dijo: "El que sirve." Hemos de vivir no para recibir, sino para dar; no para ser ayudados, sino para ayudar; no para recibir, sino para dispensar.
Otra fase del pensamiento se halla en la frase más plena: David sirvió a su propia generación. Es un dicho grande. ¿Cuál era la generación de David? En general, era el número total de las personas que vivían cuando él vivía. Nuestra generación es la familia humana entera que vive hoy sobre la tierra. ¿Cómo puede cualquier hombre servir a toda su propia generación? Hay cientos de millones de personas que él jamás verá; ¿cómo puede hacer algo por ellas? Una manera de servir a nuestra propia generación es llenar bien el pequeño lugar que se nos ha asignado en la providencia de Dios. Esta es la respuesta a la pregunta para la mayoría de nosotros. Podemos hacer más para bendecir al mundo en general siendo una verdadera bendición para el pequeño círculo en medio del cual estamos colocados.
Otra manera en que podemos servir a nuestra generación es dándole algo que la enriquezca, que añada a su felicidad y a su bien, que la haga mejor, más pura. Tenemos una ilustración de esto en la historia de la vida de David. Él dio mucho a su generación. Comenzó de una manera muy humilde. Era un muchacho pastor, que guardaba las ovejas de su padre. Sin duda, aun entonces hacía bien su humilde trabajo. Además, aunque sin saberlo, estaba entonces en entrenamiento para sus deberes más grandes, y aprendía con aptitud. No pasó mucho tiempo hasta que su vida comenzó a ser una bendición.
Un día llegó una oportunidad notable para este joven de servir a su pueblo y a su país. Un gran gigante se paseaba delante de las líneas del ejército hebreo, desafiando al rey y a sus guerreros. Por combate singular había de decidirse la cuestión. Pero no había nadie en el ejército de Saúl que aceptara el desafío y se enfrentara al gigante. Día tras día se repetía la escena de burla. Entonces David llegó al campo, en un recado sencillo para sus hermanos, y su mano derribó al soberbio gigante en el polvo. Con esta victoria sirvió a su nación, sirvió a su generación.
Luego siguió un largo período de amarga prueba, cuando la envidia y el odio de Saúl convirtieron a David en un desterrado. Era perseguido entre los collados por el rey y sus hombres ¡como si hubiera sido una fiera! Su vida estaba continuamente en peligro. Sufrió injuria y agravio. Pero aun en aquellos días, estaba sirviendo a su propia generación. Lo hizo por su noble comportamiento bajo la injuria y la persecución. Nunca resentía la ira del rey ni la injusticia del trato que recibía. Lo soportó todo con dulzura. En dos ocasiones, cuando tuvo al rey Saúl en su poder, no quiso hacerle daño, sino devolver bondad por odio asesino. David sirvió a su generación con mayor eficacia durante aquellos años oscuros, dándole tal ejemplo de vida verdadera y hermosa.
Decimos que quien pinta un buen cuadro sirve a su generación. Pone ante los ojos de los hombres un fragmento de belleza, que es una bendición para cuantos lo ven, dejando en los corazones humanos un nuevo pensamiento de ternura, una nueva visión de vida noble, un sentimiento que hace las vidas más verdaderas, más ricas, más divinas. Así sirve cada uno a su generación, quien le muestra un fragmento de vida piadosa: paciencia bajo la prueba, pureza y rectitud bajo la tentación, amor y mansedumbre bajo la injuria y el agravio. La bendición del comportamiento de David mientras era perseguido por Saúl ha permanecido todos estos siglos en el mundo, como una influencia purificadora, elevadora y enriquecedora.
David también sirvió a su generación como rey. Saúl había fracasado. No era un buen rey. No hacía bien su obra. Entonces Dios lo quitó y llamó a David al trono. En muchas maneras, el reinado de David fue una bendición. Conquistó a los enemigos de su pueblo y tomó posesión de toda la tierra prometida. Su obra fue en gran parte de conquista. Deseó edificar un templo para el Señor, pero no se le permitió hacerlo, porque esto no estaba en el plan de Dios para él; esta era la misión de otro hombre. Sin embargo, el templo fue en cierto sentido suyo. El pensamiento de él fue suyo. Él compró el sitio para él. Reunió vastos tesoros para su edificación. Así sirvió a su generación, por lo que hizo para el honor del nombre de Dios.
Cualquiera que ponga el nombre de Dios ante los hombres en luz más clara, de modo que su gloria resplandezca más ampliamente y su influencia toque más corazones y vidas, ha realizado un servicio a la humanidad. El mundo entero quedó mejor por el reinado de David como rey de Israel. La luz de su obra benéfica alcanzó todas las tierras, y resplandece aún por todos los países.
David sirvió a su generación también por los Salmos que escribió. Él fue el primero en dar a la música sagrada un lugar en la adoración a Dios. Organizó el gran coro que después cantó en el templo. Entonces escribió los primeros himnos que fueron cantados en la adoración a Dios. Nadie puede estimar el valor para su generación de esta sola parte del servicio de David. Quien escribe una dulce canción que eleva los corazones de los hombres hacia Dios, que enciende alabanza y devoción, que inspira gozo y esperanza en la tristeza, que da nuevos impulsos a la vida santa, ha hecho uno de los más nobles servicios a sus semejantes que a un mortal le es permitido hacer en esta tierra.
Pero el ministerio del arpa de David no fue solo para su propia generación; fue para todas las generaciones posteriores. Los Salmos de David se han cantado ahora por casi tres mil años. Se han convertido en una parte importante del himnario de la iglesia cristiana. Ni siquiera los Evangelios son leídos más en las devociones del pueblo cristiano que algunos Salmos de David. ¿Quién podrá jamás estimar el servicio al mundo de Salmos singulares como el veintitrés y el cincuenta y uno? ¿Cuántos corazones han sido consolados, cuántos temores apaciguados, cuántos pies temblorosos afirmados al entrar en el valle de muerte; cuántas lágrimas de enlutados enjugadas, por la lectura y el canto del Salmo del pastor? ¿Cuántas almas pecadoras han sido conducidas de vuelta a Dios por los senderos del arrepentimiento, por el Salmo de la penitencia?
Estos son apenas sugerencias de la manera en que David sirvió a su generación. Lo hizo simplemente siendo fiel en el lugar del deber presente. No fue por un solo acto que bendijo a su generación. Desde luego, hubo grandes actos singulares cuya influencia se extendió ampliamente, pero todos estos actos formaban parte de una sola vida.
La vida de pastor de David parecía humilde y oscura. ¿Cómo estaba sirviendo entonces a su generación? No podría haber dado muerte a Goliat ni librado a los ejércitos de su país del terror del campeón filisteo, si, como muchacho pastor, no hubiera llegado a ser diestro en el uso de la honda. Ni podría haber escrito el Salmo veintitrés en su vejez, insuflándole los preciosos pensamientos que lo han hecho tal bendición para millones, si no hubiera sido pastor él mismo en su juventud, guiando sus ovejas por los verdes pastos, junto a las aguas de reposo, por sendas de justicia, por valles profundos y oscuros. Los recuerdos de su juventud viven en cada línea de aquel maravilloso Salmo de la vejez.
Así aun su niñez tuvo su lugar en su vida de servicio. Cada período lo preparaba para el siguiente. En todos sus caminos fue fiel. Vivió para servir, para servir a Dios y para servir a su generación. Al hacerlo, sirvió a todas las generaciones después de la suya, hasta el fin de los tiempos. El mundo es hoy mejor, más dulce, más rico, más puro, más luminoso, porque David vivió, sirvió, sufrió, reinó y cantó.
Sin duda, la de David fue una vida singular. Pocos otros hombres en la historia del mundo han sido de tal servicio a su propia generación y a las posteriores como él lo fue. Aun entre los grandes y los buenos, la influencia de pocos alcanza más allá de sus propios tiempos, excepto en cuanto que toda palabra y toda obra piadosa viven, siendo inmortales. Además, solo pocos hombres en una generación tienen poder para alcanzar, tocar e impresionar a toda una generación. De modo que lo que David hizo puede parecer no tener lección para nosotros. No podemos ser reyes. No podemos planear templos. No podemos escribir Salmos ni himnos que vivan mil años. Somos gente pequeña, y podemos llenar solo un pequeño lugar. No podemos servir a nuestra generación de la misma manera grandiosa en que David sirvió a la suya. Sin embargo, cada vida individual tiene su propio lugar distintivo en el pensamiento de Dios, y cada una puede llenar su propio diseño.
Aun la vida más pequeña, bien vivida, bendice al mundo. Solo tenemos que ser fieles a Dios y al amor, la ley de la vida, y nuestras más pequeñas palabras y obras harán, al menos en alguna medida, mejor a toda la humanidad. Cada palabra piadosa que hablamos añade algo a la suma de bondad en el mundo. Cada obra piadosa que hacemos hace un poco más fácil para otros el hacer obras piadosas, y eleva un poco más alto el nivel de vida entre los hombres. Hacer a una persona un poco más feliz cada día, aliviar una carga, hacer más valiente y fuerte un corazón, consolar una tristeza, guiar a un alma perpleja hacia la paz, mostrar a un niño confundido el camino correcto, hablar la palabra que ayuda a una persona tentada a vencer el pecado: un solo servicio así basta para rescatar una vida de la inutilidad y hacer de ella una bendición para toda una generación.
Muchas personas están oprimidas y desalentadas por la aparente pequeñez e insignificancia de su vida. "No puedo ser de ninguna utilidad en este gran mundo," dicen, "soy solo una hoja en todos los bosques; una flor en todos los jardines y campos." Muy desalentador es el efecto de este sentimiento de pequeñez en esta vida grande y multitudinaria.
Pero vivimos como individuos. Dios nos conoce y nos llama por nombre. Cada vida es una individualidad distinta. No sabemos qué es pequeño ni qué es grande. Cada uno de nuestros actos más pequeños desencadena influencias que jamás dejarán de sentirse en el universo. Los poetas nos dicen cómo el guijarro lanzado al mar inicia onditas que se rompen en todas las costas de la tierra; y cómo la palabra pronunciada en el aire pone en movimiento reverberaciones que van y dan vueltas alrededor de la esfera. Al menos sabemos que ningún acto ni palabra de amor, por pequeños que sean, se perderá jamás.
Gran parte de la vida son solo fragmentos: cosas sin terminar, frases rotas, esfuerzos interrumpidos, cuadros dejados incompletos, esculturas apenas esbozadas, cartas solo parcialmente escritas, canciones apenas comenzadas y ahogadas en lágrimas. Pero ni uno solo de estos fragmentos se pierde, si lleva en sí la vida bendita del amor.
Dios recoge los fragmentos; no se pierden. Entonces permanecen en otras vidas, haciendo el mundo mejor, más dulce, más rico. ¿Llamaremos a esto una cosa pequeña? Aun la vida más humilde puede así servir a su generación y a todas las generaciones posteriores. Puedes comenzar algo hermoso hoy, que bendiga al mundo hasta sus edades más remotas.
Hay aún otra palabra en este epitafio de David, que se necesita para completar nuestra lección.
"David sirvió a su propia generación según la voluntad de Dios." Es decir, la voluntad de Dios fue la guía de su vida. Dios tenía un plan para su vida. No somos cosas casuales en este mundo; somos pensamientos de Dios. La pregunta práctica es: "¿Cómo podemos hallar y cumplir el plan de Dios para nuestra vida?" Sabemos que es posible perderlo por completo. El rey Saúl perdió el plan de Dios para su vida. Él podría haber servido a su generación de tal modo que la bendijera y bendijera a todo el mundo, dejando un nombre de honor y una influencia de bien para todas las edades venideras. Judas perdió el plan de Dios para su vida. Él podría haber sido un apóstol de la gracia de Cristo, su nombre como fragancia; pero en cambio, su retrato está vuelto hacia la pared, y una vergüenza horrenda se agolpa en torno a su nombre. Miles más han dejado de hallar y cumplir el pensamiento de Dios para su vida. Miles hacen lo mismo cada día.
¿Cómo lo pierden? Al no aceptar la voluntad de Dios para ellos. Saúl comenzó casi de inmediato a seguir su propio camino en lugar del de Dios. Obedeció solo en parte, o no obedeció en absoluto. Judas resistió las enseñanzas del Maestro. Dejó entrar al mundo en su corazón. Cedió ante el diablo. Perdió la gloria y obtuvo vergüenza y eterno desprecio. La lección es muy solemne. Podemos fracasar en la belleza y el bien de nuestra vida, y perder la hermosa lozanía que Dios ha planeado para nosotros. Ciertamente fracasaremos y lo perderemos todo, si nos negamos a modelar nuestra vida conforme a la voluntad de Dios.
Por otro lado, podemos hallar el plan de Dios para nuestra vida. David lo halló y lo cumplió. Miles más lo han hallado. El más alto de todos los ejemplos fue Jesucristo. Él vivió perfectamente el propósito divino. En todos los casos, la voluntad de Dios fue la única ley de su vida. A cada paso encontramos a Jesús refiriéndose a la voluntad de su Padre. Entonces, al fin, pudo decir: "Padre, he acabado la obra que me diste que haga." Si hacemos la voluntad de Dios día tras día, serviremos a nuestra propia generación y llenaremos el diseño de vida trazado para nosotros por el gran Maestro de todas las vidas.
Entonces el fin será bendito. "David, después de haber servido a su propia generación, durmió." Eso estuvo bien. Su obra estaba hecha. El descanso es dulce cuando las tareas están terminadas. Él durmió, pero su vida continúa aún. Dios la aceptó y la consagró. Las canciones que él cantó, nosotros las cantamos hoy.
"He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venido." 2 Timoteo 4:7-8
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Serving Our Generation
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.