El camino del cristiano

Sirviendo al Señor con amor sincero y obediencia

Nuestro amor a Cristo se prueba por la obediencia y la entrega a su servicio. Aun los más pequeños pueden glorificar su nombre con fidelidad y consagración.

Probar la sinceridad de nuestro amor al Señor Jesús es algo de suma importancia. Tales como somos en cuanto a nuestros sentimientos hacia Él, tales somos en cuanto a nuestra aceptación en la alta corte del cielo. Sin amor a Cristo no podemos ser amigos de Cristo; y si no somos sus amigos, somos sus enemigos, y viene el día en que se dirá con una voz más fuerte que diez mil truenos: "¡A aquellos enemigos míos que no querían que yo reinara sobre ellos, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia!"

Es mediante la obediencia a sus mandamientos y un espíritu de consagración a su servicio que hemos de demostrar que somos sus verdaderos amigos y seguidores. "Si me aman, guarden mis mandamientos." En relación con todo lo que Él ordena, debemos procurar tener un espíritu de obediencia alegre, sin reservas y universal. Cuando Él nos llama, nuestro lenguaje debe ser: "Habla, Señor, que tu siervo escucha." Si nos mandara salir, aun hasta los confines más remotos de la tierra, esta debería ser nuestra respuesta inmediata: "Aquí estoy, Señor; ¡envíame a mí!" Si llegara incluso a exigir nuestras vidas como ofrenda; si pidiera que la sangre de nuestro corazón fuera derramada como libación a sus pies, deberíamos esforzarnos por decir, con su siervo de antaño: "Sí, y si soy ofrecido sobre el sacrificio y servicio de su fe, me regocijo." Tal será, sin duda, el verdadero amor a Cristo en su tendencia; y, sostenido por una gracia todopoderosa, tal será, si fuere necesario, en su ejercicio real. Nos hará mártires en espíritu, aun cuando no seamos llamados a ser mártires en hecho.

En general, sin embargo, los requerimientos del Salvador no son difíciles de cumplir; y sin ser misioneros ni mártires, podemos promover su causa y glorificar su adorable nombre. Podemos servir sinceramente al Señor Cristo sin movernos en una esfera extensa ni ocupar ningún puesto prominente y público. Lo que necesitamos es un espíritu que nos lleve a entregarnos a su servicio, según las oportunidades de que disfrutamos. Todos los verdaderos cristianos harán algo, aun los más pobres y los más jóvenes. A menudo sucede que la influencia de muchos es muy grande, cuando parecen tener poca o ninguna. "Ese niño", dijo Pericles, señalando a su hijo que jugaba, "gobierna el mundo; y", añadió, "les diré cómo: gobierna a su madre; su madre me gobierna a mí; yo gobierno a los atenienses; los atenienses gobiernan a Grecia; y Grecia gobierna al mundo." Tal era el poder, para bien o para mal, que aquel pequeño poseía. Sí, los más débiles y los más insignificantes pueden hacer algo, más en general, mucho más de lo que ellos mismos imaginan.

Pero, cualquiera que sea la medida de nuestra capacidad, es cierto que el Salvador merece lo máximo de nuestros servicios. Cuando pensamos en lo que Él ha hecho por nosotros, y en lo que nosotros hemos hecho por Él, la vergüenza y la confusión del rostro deberían sentirse aun por los más activos y entregados. Cuán apropiada es la pregunta, y cuán digna de ser considerada seriamente:

"¿Y es esto todo lo que puedes hacer,

por Aquel que hizo tanto por ti?"

¿Quién puede pensar en los sacrificios que Cristo hizo, en los sufrimientos que soportó, y en la muerte cruel que padeció, sin consagrar talentos, oportunidades, riquezas, influencia, todas las facultades de nuestras almas y todos los miembros de nuestros cuerpos, al servicio de Aquel que mostró un amor tan asombroso, tan divino; amor que originó toda la intervención de misericordia en nuestro favor; amor que aún arde en su pecho, sin enfriarse por la distancia, y sin disminuir por los esplendores incomparables que ahora lo rodean; amor respecto al cual, cuando la imaginación se cansa y todo lenguaje queda del todo agotado, podemos afirmar verdaderamente que es tan antiguo como la eternidad, tan inmenso como la eternidad, tan sin fin como la eternidad!

"¡La eternidad, demasiado breve para proclamar su alabanza,

o sondear este abismo de amor por el hombre!"

Fuente y atribución

Autor original: John MacDuff

Título original: Serving the Lord

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.

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