Así como sin una revelación de la doctrina de la salvación no sabríamos cómo un pecador puede ser salvo, y por tanto no podríamos glorificar a Dios con nuestra fe, así también sin una revelación del precepto no sabríamos cómo servir a Dios, y por tanto no podríamos glorificarlo con nuestra obediencia. Considera esto, hijo de Dios que crees. Anhelas glorificar a Dios en tu cuerpo y en tu espíritu, que son suyos; deseas, ya comas o bebas, o hagas cualquier cosa, hacerlo todo para la gloria de Dios. Hay tiempos y estaciones en que suspiras y te lamentas por tu corazón estéril e infructuoso, y anhelas pensar, hablar y obrar para honra de quien tanto ha hecho por ti en providencia y gracia. Al menos, si no tienes tales deseos, no eres cristiano, y en el mejor de los casos eres un pobre profesor mundano y muerto.
¿Cuándo, pues, y hasta qué punto vives para la gloria de Dios? Solo entonces, y solo en la medida en que tu vida, tu conducta y tu andar se ajustan a los preceptos de su Palabra y se guían por ellos. Solo podemos glorificar a Dios exteriormente haciendo su voluntad, y solo conocemos esa voluntad, en cuanto a la obediencia práctica, por la revelación expresa que él nos ha dado, la cual se halla en su Palabra y principalmente en su parte preceptiva. Por eso ella es «lámpara a nuestros pies y luz a nuestro camino». Por ello David clamaba: «Ordena mis pasos en tu palabra», «Hazme caminar por la senda de tus mandamientos», «¡Oh, que mis caminos sean dirigidos para guardar tus estatutos!», sintiendo que solo caminando en la Palabra y por la Palabra podía agradar a Dios y vivir para su alabanza.
Hallamos a miles que, a su parecer, sirven a Dios con planes e invenciones propios, envaneciéndose de sus buenas obras. Pero de todos estos deberes y quehaceres podemos decir lo que Agustín dijo de las virtudes de los antiguos romanos: que no son sino «espléndidos pecados»; o, en palabras de la Iglesia de Inglaterra sobre las obras antes de la justificación, «puesto que no se hacen como Dios ha querido y mandado que se hagan, no dudamos que tienen naturaleza de pecado».
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: May 17
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.