Así dice Bernardo: «Pues lo que tengo, si te es ofrecido, sin mí mismo no te agrada; así también, oh Señor, los bienes que de ti recibimos, aunque nos refrigeran, no nos satisfacen sin ti mismo. Señor, estoy dispuesto a morir para tener un descubrimiento más pleno de ti».
Y así dice Agustín: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que vuelva a ti».
Y así, cuando Modesto, lugarteniente del emperador, amenazó con matar a Basilio, este respondió: «Si solo es eso, no temo. No puedes complacerme más que enviándome a mi Padre celestial, para quien ahora vivo y a quien deseo apresurarme».
Y dice Agustín: «Rodeenme todos los demonios del infierno, macere el ayuno mi cuerpo, opriman las penas mi mente, consuman los dolores mi carne, enjuguenme las vigilias, o el calor me abrase, o el frío me hiele; que todo esto, y cuanto más pueda sobrevenirme, me acontezca con tal de gozar de mi Salvador».
Agustín, deseando haber visto tres cosas: a Roma floreciente, a Pablo predicando y a Cristo conversando con los hombres sobre la tierra, viene Beda después, y corrigiendo este último deseo, dice: «Sí, pero dejadme ver al Rey en su hermosura, a Cristo en su reino celestial».
Por todos estos ejemplos veis que no es una presencia espiritual, sino la presencia gloriosa de Dios y de Cristo en el cielo, lo que puede satisfacer las almas de los santos. Fue gran misericordia que Cristo estuviera con Pablo en la tierra; pero fue mayor misericordia, y más satisfactoria, que Pablo estuviera con Cristo en el cielo (Filipenses 1:23). Mucho gozan quienes gozan de la presencia de Dios en la tierra, pero más gozan quienes gozan de la presencia de Dios en el cielo. Ninguna presencia inferior a esta puede satisfacer a un alma creyente. Pero,
Fuente y atribución
Autor original: Thomas Brooks
Título original: Heaven the Presence of God and Christ — parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Thomas Brooks, publicado originalmente en Grace Gems.