La vida de Cristo para cada día

Un destello de gloria en el monte de la transfiguración

Cristo dejó brillar su gloria divina a través de su tabernáculo terreno y dio un vislumbre de lo que aguarda a los santos. Moisés y Elías conversaron con Él sobre su muerte, y Pedro anheló permanecer en aquella luz.

Recientemente leímos acerca de Jesús conversando con sus discípulos respecto a sus sufrimientos. Ahora leemos acerca de su desvelamiento de su gloria. El profeta Isaías anunció que su rostro sería más desfigurado que el de cualquier hombre (Is. 52:14). Sin duda, pues, solía mostrar un semblante de cuidado y tristeza; pero en esta ocasión permitió que las glorias de su naturaleza divina resplandecieran a través de su frágil tabernáculo terrenal. Así nos dio un atisbo de la gloria que aguarda a todos los santos, pues cuando le vean tal como Él es, serán semejantes a Él, y sus cuerpos viles serán transformados a la semejanza de su cuerpo glorioso.

El monte donde se verificó este cambio en el aspecto del Señor se supone que es el monte Tabor, en Galilea. Este monte se yergue aislado, y su cima no es puntiaguda como la de la mayoría, sino ancha y plana, y por tanto bien apta para descansar. Su altura no es grande; en una hora puede ascenderse. En este lugar retirado y ameno nuestro Salvador oraba, como nos informa Lucas, con tres de sus discípulos, cuando su figura experimentó una alteración gloriosísima. ¿No han experimentado muchos de sus siervos, en todas las épocas, un cambio semejante en sus sentimientos al ocuparse en la oración? ¿No se ha disipado la tristeza que los oprimía al comenzar a derramar su alma ante Dios, sucedida por la luz del día celestial?

El Salvador fue atendido en el monte por dos visitantes celestiales, Moisés y Elías. Como su Señor, ambos varones santos, cuando estaban en la tierra, habían ayunado cuarenta días en el desierto. Pero todos sus sufrimientos habían pasado, mientras que los más amargos sufrimientos de Jesús estaban aún por venir. Estos profetas estaban bien preparados, por lo que ellos mismos habían soportado, para consolar a su Señor ante la perspectiva de su muerte agonizante. Esa muerte fue el tema de su conversación. El Salvador no podía obtener consuelo de sus apóstoles; sus mentes seguían deslumbradas por esperanzas de gloria terrenal; pero sí pudo hallar la más tierna simpatía en el coloquio de sus siervos glorificados.

La aparición de aquellos santos difuntos en el monte está calculada para consolarnos también ante la perspectiva de la muerte. ¿No se nos lleva desde este hecho, como desde tantos otros, a creer que los espíritus de los santos pasan inmediatamente a la gloria, y que no esperan la resurrección general para ser introducidos en la presencia de Cristo? ¿Cómo supo Pedro que los varones gloriosos que contemplaba eran Moisés y Elías? No se nos informa por qué medios se hizo el descubrimiento. Pero ¿no da esta circunstancia motivo para creer que reconoceremos a los santos en la gloria, no solo a nuestros propios amigos a quienes amamos en la tierra, sino a todos los santos? ¡Cuán deleitoso es el prospecto! ¡Cuáles serán los arrobos de comunión con tal compañía! Y, con todo, este será uno de los menores goces del cielo, porque la presencia de Jesús será el principal.

Pedro quedó encantado con la escena y deseó que nunca se interrumpiera. En el calor de sus sentimientos formuló una petición poco sabia: pidió permiso para preparar tres tiendas para la morada de Cristo y sus profetas. Fue poco sabia porque el propio Pedro no era apto para permanecer en tal escena; la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios; todos, por tanto, debemos ser transformados, y esto mortal debe revestirse de inmortalidad. Además, Pedro olvidó las verdades incómodas que su Maestro había revelado poco antes: olvidó que Cristo debía ser ofrecido como sacrificio por el pecado antes de entrar en su gloria, y que sus discípulos debían participar de sus sufrimientos antes de participar de su gloria. Pero aunque la petición delataba una mente ignorante, mostraba un corazón afectuoso. Si el corazón de Pedro no hubiera estado lleno de amor a su Señor, no habría juzgado tan sumo gocho contemplar a Cristo y a sus santos y oír su conversación. Ningún hombre impío se sentiría satisfecho en tal compañía; ansiaría escapar hacia sus deleites terrenales y su sociedad afín. No diría: Bueno es para nosotros estar aquí. Es señal de que hemos dado un paso en la religión cuando realmente preferimos la sociedad de los piadosos a cualquier otro placer. Con todo, puede haber aún mucho de débil y vacilante en nuestros corazones, como lo había en el de Pedro. Es difícil alcanzar los sentimientos de Pablo cuando dijo: Pues tengo por cierto que las aflicciones de este tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse (Rom. 8:18).

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The Transfiguration

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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