Resulta interesante escuchar lo que el Señor Jesús dijo a la multitud en sus discursos públicos; pero es aún más interesante escuchar lo que dijo a sus discípulos en sus conversaciones privadas. En esas escenas retiradas contemplamos y admiramos no solo su sabiduría, sino también su paciencia.
¡Cuán desagradable debió ser al Señor, mientras hablaba de sus padecimientos, saber que sus discípulos, que le acompañaban por el camino, disputaban sobre quién sería el mayor! Sin embargo, esperó pacientemente una ocasión propicia para reprenderlos.
Cuando entró en la casa les preguntó: «¿Qué disputabais entre vosotros por el camino?». Su propia conciencia les decía que habían obrado mal, y se avergonzaban de reconocer su falta ante el Maestro. ¡Qué dignidad conservó el Señor aun entre sus amigos más íntimos! Aunque manso y condescendiente, les hacía sentir vergüenza del pecado.
Sentado entre sus discípulos, como un padre entre sus hijos, comenzó a explicarles su error. ¿Qué desaprobaba? El sentimiento del que nacía la disputa: el deseo de ser el primero. Eva comió del fruto con el deseo de ser como Dios. Nosotros, sus hijos, heredamos este mal deseo. Solo la gracia de Dios puede arrancarlo de nuestros corazones.
Para impresionar más vivamente el ánimo de los discípulos, el Señor tomó a un niño y lo puso en medio de ellos como ejemplo de humildad. Un niño muy pequeño no tiene entendimiento bastante para desear ser el primero; el pensamiento jamás entra en su mente. Sigue a su madre de un lugar a otro, sin importarle si ella es reina o campesina. Nunca busca admiración y rehúye la atención de todos, excepto la de sus amados padres y cuidadores. El cristiano también debe ser indiferente a las distinciones terrenales. Es, en realidad, un criminal perdonado, y debería estar demasiado arrepentido de sus transgresiones contra su Señor como para desear honores entre sus semejantes.
Observad el afecto que Cristo mostró al niño. Lo tomó en sus brazos y, mientras sostenía a la pequeña criatura en su abrazo, habló así a sus discípulos: «Cualquiera que reciba a uno de estos niños en mi nombre, me recibe a mí». Los humildes, los contritos y los arrepentidos son tales niños. Si deseamos agradar a nuestro Señor, mostraremos gran ternura a sus discípulos humildes. Cualquiera que hayan sido sus crímenes en el pasado, los olvidaremos, porque la sangre de Cristo los ha borrado. No son aquellos que han cometido menos pecados manifiestos los que Dios más ama, sino los que son los menores a sus propios ojos; estos son sus hijos más queridos. Es nuestro honor que se nos permita consolarlos.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ teaches humility by the example of a child
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.