¡Qué declaración tan bendita y cuán inefablemente dulces son estas palabras! Habiendo terminado su obra, habiendo puesto fin al pecado, habiendo traído una justicia eterna, habiendo resucitado del sepulcro y ascendido a lo alto, Cristo se ha sentado a la diestra de Dios, reposando en la plena satisfacción, gloria y expectativa de su obra redentora. ¿Y con qué propósito se le presenta así ante el ojo de la fe? Para que la iglesia de Dios tenga siempre y visiblemente delante un Cristo resucitado y vivo. Con cuánta constancia el Señor nos enseña que solo un Ser puede satisfacer nuestra necesidad, y solo un Objeto puede reclamar supremamente los afectos de nuestra alma: un Salvador resucitado. Tenemos tentaciones diversas, pruebas que el mundo no conoce, cruces que ni los que más nos aman sospechan; pues a menudo la pena más aguda del corazón es la menos visible en la superficie.
Pero aquí está nuestra gran misericordia: Cristo vive. Aunque seamos desconocidos, probados, tentados y tristes, tenemos un Salvador resucitado al cual acudir, que, como dice Rutherford, suspira cuando yo suspiro, llora cuando yo lloro, y cuando yo levanto la mirada él se regocija. ¿Cómo puedo carecer de simpatía teniendo un Cristo resucitado? ¿Cómo puedo sentirme solo y triste teniendo la compañía y el consuelo de un Jesús vivo y siempre presente, que me ama, conoce todas mis circunstancias y todos mis sentimientos, y tiene su dedo sobre cada uno de mis pulsos? Él ve todas mis lágrimas, oye todos mis suspiros y registra todos mis pensamientos; acuda a él cuando acuda, y con lo que acuda, nunca me dirá que no, ni me despedirá sin bendición. Vive, está exaltado y sentado a la diestra de su Padre y mi Padre, de su Dios y mi Dios, para administrarme todas las bendiciones del pacto eterno y medir, según las necesite, las riquezas de su gracia. ¿Por qué, pues, he de desanimarme ante cualquier circunstancia, desesperar ante cualquier emergencia o hundirme bajo cualquier prueba, teniendo un Cristo resucitado y vivo? La comunión con el Padre celestial, el caminar cerca de Dios, una vida de fe en Cristo, vivir en lo alto, no solo de la plenitud de Cristo sino del mismo Cristo, anticipando gozosamente la gloria y la inmortalidad: estos son los frutos preciosos que florecen alrededor del sepulcro de Jesús. Entonces el alma exclama arrobada: ¿A quién tengo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra, mi Redentor resucitado, vivo y glorioso.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: Evening Thoughts - February 24
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.