Quienes nada conocen de su propio corazón, de sus propias flaquezas, de sus propias fragilidades, de sus deslices y retrocesos internos o externos, nada saben del secreto de la gracia que sobreabunda, nada del secreto de la sangre expiatoria, nada del secreto del testimonio interior del Espíritu. No pueden saberlo. Solo en la medida en que somos vaciados del yo en todas sus diversas formas, somos llenados de la plenitud de aquel que todo lo llena en todos.
Ahora tú, quizá —me dirijo personalmente a algún pobre hijo de Dios tentado, para que al tocar a uno toque a otros—, eres una pobre criatura tentada; y tu tristeza diaria, tu continua turbación, es que eres vencido tan pronto; que tu temperamento, tus concupiscencias, tu orgullo, tu mundanalidad, tu corazón carnal y corrupto se enseñorean de ti perpetuamente. Y de ello sacas a veces amargas conclusiones. Dices, en lo profundo de tu corazón: «¿Puedo ser hijo de Dios y estar así? ¿Qué marca y testimonio tengo de hallarme en el favor de Dios cuando soy tan fácil y tan continuamente vencido?»
Quiero que mires al fin. ¿Cuál es el resultado de estas derrotas? Recuerda, es una verdad solemne, y que aprendemos muy lentamente, que debemos ser vencidos para poder vencer. No se trata de partir con una provisión de fuerza, añadiéndole cada día, aumentándola cada semana, y luego obtener la victoria por nuestras propias resoluciones y nuestra fuerza innata. Tal santidad fingida puede vestirse con ropaje de evangelio y lucir una apariencia hermosa; pero solo oculta mejor la podredumbre de la carne. Recuerda, pues, que para alcanzar la victoria debemos conocer nuestra debilidad; y solo podemos conocerla cuando nos es abierta experimentalmente en la conciencia. No podemos aprenderlo de otros; debemos aprenderlo en nuestra propia alma, y muchas veces de manera muy dolorosa. Pero estas sensaciones dolorosas en una conciencia tierna conducen al hombre más humilde, más sensible y más creyentemente al Señor de la vida y de la gloria, para recibir de su plenitud. Así, cada derrota solo conduce y asegura la victoria al fin. Dice el apóstol: «En todas estas cosas somos más que vencedores.» ¿Cómo? ¿Por nuestras resoluciones, por nuestra sabiduría? No; «por medio de aquel que nos amó.» No hay, pues, otra manera de vencer sino por la «fuerza de Jesús perfeccionada en nuestra debilidad».
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: September 10
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.